Oí que su respiración se aceleraba, que sus embates se apresuraban, se hacían más vigorosos, más rápidos, hasta que me puse a gritar, y aun así no paró. Sentí que cambiaba el ritmo de su cuerpo, un estremecimiento le recorrió, y yo ya no pude más. Aquel calor hinchado se derramó en mi interior, a través de mí, presionando profundamente dentro de mi cuerpo, haciendo que se contrajera, que se sacudiera, incapaz de controlarlo, sólo sus manos me mantenían quieta, entera. Pero si mi cuerpo no se podía mover, el placer tenía que manifestarse de alguna manera; salía de mi boca en forma de gritos, gritos profundos, incontrolados, más y más, tan rápido como podía respirar.
Frost gritó más alto que yo, lanzó sus gritos en pos de los míos. Se apoyó en el lavabo, con una mano a cada lado de mi cuerpo y la cabeza baja. Su cabello se derramaba sobre mi piel como seda caliente. Yo no me movía, todavía aprisionada debajo de él, intentando aprender de nuevo a respirar.
Pudo hablar, aunque fue un murmullo confuso.
– Gracias.
Si hubiese tenido suficiente aire, me habría reído, pero tenía la garganta tan seca que mi voz sonaba rígida.
– Créeme, Frost, ha sido un placer.
Se inclinó y me besó en la mejilla.
– Trataré de hacerlo mejor la próxima vez.
Apartó sus manos de mí para permitir que me moviera, pero se quedó en mi interior, como si le costara dejarme libre.
Lo miré, pensando que estaba bromeando, pero su cara estaba extremadamente seria.
– ¿Puedes hacerlo mejor? -pregunté.
Asintió solemnemente.
– Oh, sí.
– La reina estaba loca -dije en voz baja.
Entonces sonrió.
– Siempre lo he pensado.
Me desperté con un mechón de pelo plateado en la nariz. Moví la cabeza, y el pelo me recorrió la cara como una telaraña brillante. Frost estaba tumbado boca abajo, con el rostro vuelto hacia otro lado. Las sábanas estaban enredadas por su cintura, dejando su torso al descubierto. Su cabello descansaba a un lado, como un segundo cuerpo tumbado entre nosotros, y en parte sobre mí.
Claro que había un segundo cuerpo en la cama, o quizá debería decir un tercer cuerpo. Kitto dormía a mi otro lado. Estaba acurrucado, dándome la espalda, ovillado, como si se escondiera de algo en sueños. O quizás era simplemente que tenía frío, porque estaba desnudo. Su piel era pálida, como una muñequita de porcelana china. Nunca había estado tan cerca de un hombre que me evocara semejantes analogías. El hombro me dolía donde había grabado su marca: el molde perfecto de su dentadura. Me había dejado un moretón en torno a la herida, casi caliente al tacto. No era veneno, sólo un mordisco verdaderamente profundo. Me quedaría una cicatriz, y de eso se trataba.
En algún momento durante el tercer o cuarto encuentro con Frost invité a Kitto a nuestra cama. Había esperado hasta que el cuerpo de Frost me llevó a un punto en el que se fundían dolor y placer, y había dejado a Kitto escoger su trozo de carne. No me hizo daño cuando me mordió, lo cual indica lo lejos que había llegado esa noche. Cuando finalmente nos dormimos, me empezaba a doler y al despertarme esa mañana, me dolía más. No era lo único que me dolía. Todo mi cuerpo se quejaba, dándome a entender que había abusado de él durante la noche, o mejor dicho que había dejado a Frost abusar de él.
Me deleitaba con los pequeños dolores, me estiraba para explorar qué era exactamente lo que me hacía daño. Me sentía como después de una sesión de entrenamiento con pesas y carreras, con la diferencia de que el dolor muscular se localizaba en otros sitios. No lograba recordar la última vez que me había levantado con la sensación de que el sexo había dejado en mi cuerpo una quemadura de seda. Hacía mucho tiempo.
Kitto se sentía honrado de que le hubiese permitido marcarme para que todo el mundo supiera que yo era su amante. No sé si se dio cuenta de que nunca iba a tener relaciones sexuales conmigo, pero no me lo había preguntado. En realidad, había estado sumamente dócil, haciendo sólo aquello a lo que se le invitaba, o se le pedía, pero sin entrometerse en ningún momento. Era el público ideal, porque no decía nada hasta que se le llamaba, y luego seguía las instrucciones mejor que ningún hombre con el que hubiera estado.
A1 incorporarme sentí el roce del cabello de Frost como algo vivo. Acaricié mi propio cabello, deplorablemente corto. Una vez identificada como la princesa Meredith, ya nada me impedía dejármelo crecer otra vez. Las muñecas me dolían cuando me tocaba el pelo, y no tenía nada que ver con el sexo. Las vendas no habían sobrevivido al baño de la última noche, y no me había puesto otras. Sin embargo, las marcas de las espinas se habían secado, casi curado, como si tuvieran una semana o más, en lugar de horas. Pasé los dedos por las heridas. Nunca me había restablecido tan rápidamente con anterioridad. Y eso que Kitto me había mordido después de la cuarta vez, de otro modo se me habría curado más. Suponiendo, claro está, que el sexo era lo que me curaba, porque todavía no lo sabíamos con certeza.
Sólo conservaba para mí una esquina de la sábana: Frost era un acaparador de mantas. Hacía frío en la habitación. Tiré de las mantas, pero lo único que conseguí fue arrancarle una protesta. Entonces contemplé su ancha espalda desnuda y se me ocurrió una idea para quitárselas.
Bajé la lengua por su espalda, y dejó escapar un suspiro. Me apoyé en él, dibujando una línea húmeda a lo largo de su columna vertebral.
Frost levantó la cabeza de la almohada, despacio, como un hombre que despierta de un sueño profundo y oscuro. Su mirada estaba ligeramente desenfocada, pero cuando me miró sus labios se curvaron lentamente en una sonrisa complacida.
– ¿No has tenido suficiente?
Me tumbé desnuda sobre su espalda, aunque las mantas nos impedían tocarnos por debajo de la cintura.
– Nunca tengo suficiente -dije.
Rió, con una risita grave y alegre. Rodó hacia un lado y se apoyó en un codo para mirarme. También había soltado las mantas. Cubrí con ellas a Kitto, que todavía parecía estar profundamente dormido.
El brazo de Frost ceñía mi cintura y me empujaba de nuevo hacia la cama. Yo me recosté en las almohadas, y él se inclinó para darme un delicado beso en los labios. Mis manos se desplazaron por su hombro, su espalda, apretándolo contra mí.
Deslizó la rodilla entre mis piernas, y ya había iniciado un movimiento de caderas para colocarse encima de mí, cuando se quedó paralizado, y su expresión cambió por completo. Se puso alerta.
– ¿Qué pasa, Frost?
– Tranquila.
Estaba tranquila. Era mi guardaespaldas. ¿Se trataba de la gente de Cel? Ése era el último día que tenían para matarme sin que ello le costara la vida al príncipe. Frost rodó al suelo para agarrar la espada, Beso de Invierno, y cruzó la habitación hasta las ventanas en un movimiento ágil, como un relámpago plateado.
Cogí la pistola de debajo de las almohadas. Kitto estaba despierto, mirando a su alrededor con los ojos desorbitados.
Frost apartó las cortinas de la ventana, y su espada avanzaba hacia el cristal, cuando se quedó paralizado a medio movimiento. Al otro lado de la ventana había un hombre con una cámara. Lo vi por un instante mientras levantaba la cara, asustado. Acto seguido, el puño de Frost atravesó la ventana y agarró al periodista por el cuello.
– Frost ,no, ¡no le mates!
Corrí desnuda por la habitación, todavía empuñando la pistola. La puerta se abrió de golpe detrás de nosotros, y me volví, apuntando con la pistola, ya con el seguro quitado. Doyle estaba en el pasillo, blandiendo una espada. Hubo un momento de contacto visual en el que él vio el arma en mi mano. Bajé la pistola, y él entró en la habitación y cerró la puerta de una patada. No envainó la espada, pero la tiró a la cama mientras se dirigía hacia Frost.
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