Laurell Hamilton - Besos Oscuros

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Soy la princesa Meredith, heredera del trono de mi país si soy capaz de mantenerme con vida para reclamarlo. Mi primo, el príncipe Cel, está determinado a que no lo consiga. Mientras los dos vivamos, deberemos competir por la corona. El primero de nosotros que tenga descendencia será el que consiga el trono. Así que ahora, los hombres de mi guardia real, temibles guerreros hábiles con las armas y los hechizos, se han convertido en mis amantes, en una placentera carrera para conseguir ser el futuro rey y padre de mi hijo. Además, deben protegerme contra los intentos de asesinato, porque a diferencia de la mayoría de los sidhe, soy humana en parte, y muy mortal.

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Se colocó suficientemente cerca para que sus piernas rozaran las mías. Acarició mis brazos desnudos. Me tocaba con timidez, como si tuviese miedo.

– Si te inclinas hacia adelante, te desabrocharé el vestido.

Hice lo que pedía, apoyé la cabeza contra su pecho. La tela de su camisa raspaba un poco, pero sus manos desabrochaban el vestido lenta y delicadamente. Las yemas de sus dedos se deslizaron en el vestido abierto, dibujando círculos en la suave piel de mi espalda. Intenté sacarle la camisa de dentro de los pantalones, pero no se movía:

– No te puedo sacar la camisa.

– Está abrochada para que caiga con gracia -dijo.

– ¿Abrochada? -pregunté.

– Tendría que quitarme los pantalones para quitarme la camisa.

Se había ruborizado, su piel mostraba un maravillo color rosa rojizo.

– ¿Qué pasa, Frost?

El grifo de la bañera se cerró. Kitto dijo:

– El baño está listo, señora.

– Gracias, Kitto. -Miré a Frost-. Contéstame, Frost. ¿Qué pasa?

Bajó la cabeza, con todo su brillante cabello actuando como una cortina. Se apartó de mí para fijar la mirada en la pared opuesta, de manera que ni tan siquiera el trasgo podía verle la cara.

– Frost, por favor no me obligues a saltar del lavabo para mirarte. Lo único que me falta es torcerme otro tobillo.

Frost habló sin volver la cabeza.

– No confío en mí mismo contigo.

– ¿En qué sentido? -pregunté.

– En el sentido de un hombre con una mujer.

Todavía no le comprendía.

– No lo entiendo, Frost.

Se volvió de golpe para mirarme; sus pupilas eran del color de las nubes de tormenta.

– Quiero caer sobre ti como una bestia voraz. No quiero ser dulce. Simplemente quiero.

– Estás diciendo que no confías en ti en que no… -Buscaba una palabra mejor, pero no la encontré-: ¿Me violarás?

Asintió.

No pude contener la risa. Sabía que no le gustaría, pero sencillamente no podía evitarlo.

Su cara se endureció, se mostró más arrogante, distante, con los ojos fríos pero todavía enfadado.

– ¿Qué quieres de mí, Meredith?

– Frost, perdóname, pero no puedes violar a quien se te ofrece.

Torció el gesto.

– Quiero tener relaciones sexuales contigo esta noche. Éste es el plan. ¿Cómo puede ser violación esto?

Negó con la cabeza y su cabello trazó un círculo de luz.

– No lo entiendes. No confío en que pueda controlarme.

– ¿En qué sentido?

– ¡En ningún sentido! -Se apartó de nuevo.

Finalmente empecé a intuir lo que trataba de decirme.

– ¿Te preocupa no durar lo suficiente para darme placer?

– Eso y…

– ¿Qué, Frost, qué?

– Quiere follarte -dijo Kitto.

Los dos miramos al trasgo, que permanecía de rodillas.

– Eso ya lo sé -dije.

Kitto sacudió la cabeza.

– Nada de sexo, sólo follar. Hace tanto tiempo que no lo hace, que simplemente quiere hacerlo.

Frost estaba rehuyendo mi mirada.

– ¿Es eso lo que quieres?

Echó la cabeza para atrás, escondiéndose detrás de todo aquel cabello.

– Quiero romperte las bragas, ponerte encima del lavabo y penetrarte. No me siento delicado esta noche, Meredith. Me siento medio loco.

– Entonces hazlo -dije.

Se volvió y me miró.

– ¿Qué has dicho?

– Hazlo como quieras. Ochocientos años te dan derecho a una pequeña fantasía.

Torció el gesto.

– Pero no te gustará.

– Deja que sea yo quien me preocupe de esto. Olvidas que desciendo de diosas de la fertilidad. Tantas veces como penetres en mi interior, te puedo hacer volver a sentir la necesidad tocándote con la mano. Es una pequeña utilidad de mi poder. Que empecemos la noche en el cuarto de baño no significa que tengamos que acabarla también aquí.

– ¿Me dejarías hacerlo?

Lo miré, allí plantado con sus anchos hombros, su pecho robusto asomando entre aquel cabello glorioso, la estrecha cintura, la cadera ceñida por aquellos pantalones tan ajustados. Pensé en cómo se los quitaría, en verlo desnudo por primera vez, en que penetrara en mi interior, con urgencia, tan lleno de necesidad que no tocaría nada, no haría nada excepto empujar en mi interior. Tuve que suspirar antes de responder.

– Sí.

Cruzó el cuarto de baño en dos zancadas, alzándome del lavabo y colocándome en el suelo. Me apoyé en el tobillo malo, pero no me dio tiempo para protestar. Me quitó el vestido de mis brazos en un movimiento abrupto. Tuve que agarrarme del lavabo para no caerme. Arrojó el vestido al suelo, dejándolo alrededor de mis pies. Luego tiró con fuerza de mis bragas de satén negro y las dejó también en el suelo.

Veía a Kitto en el espejo empañado. Lo miraba todo con ojos ansiosos, en silencio, como si no quisiera romper el hechizo.

Frost tuvo que desabrocharse los pantalones, y eso llevaba tiempo. Un pequeño gemido escapó del fondo de su garganta cuando ya se los había bajado. Llevaba la camisa sujetada a la altura de la ingle. Rasgó la tela. Su miembro era largo, y estaba duro y más que preparado. Lo vi por encima del hombro, y cuando me di cuenta, ya tenía sus manos en mi cintura, dándome la vuelta hacia el espejo empañado.

Hubo un momento en el que sentí que se deslizaba hacia mí y a continuación, lo sentí en mi interior. Empujaba contra mi cuerpo, forzándose a entrar en mí. Le había dado permiso, lo deseaba, pero, sin ninguna estimulación previa, el dolor se mezclaba con el placer. Una presión abrasadora, casi desgarradora, me hizo gemir de dolor y deseo. Cuando estuvo dentro de mí, tanto como podía, murmuró:

– Estás cerrada todavía, pero estás mojada.

Mi voz salía en un jadeo.

– Ya lo sé.

Se retiro un poco para volver a entrar, y después de eso ya no hubo nada más que su cuerpo dentro del mío. Su necesidad era grande y feroz y él también lo era. Se metió en mi interior con toda su fuerza y rapidez. El sonido de la carne golpeando a la carne acompañaba cada embate de su cuerpo. Esa fuerza en estado puro arrancaba gemidos de mi garganta y me hacía vibrar cuando se movía dentro de mí, sobre mí, a través de mí. Mi cuerpo se le abrió, y ya no estaba cerrada, sólo húmeda.

Utilizó las manos para obligarme a apoyar los pechos en el lavabo, y después me levantó, con lo cual la mayor parte de mi cuerpo quedó sobre el lavabo. Mis pies ya no tocaban el suelo. Se metió en mí, como si estuviese tratando de abrirse camino, no sólo en mi cuerpo sino hasta el otro lado. Me tensé muy lentamente y la respiración se me aceleró. Carne contra carne, tan duro y tan deprisa, con tanta fuerza que danzaba sobre esa delgada línea entre el placer y el dolor. Continué esperando que pusiera fin a su necesidad con un empuje glorioso, pero no lo hizo. Dudaba y utilizó sus manos grandes y fuertes para mover mis caderas encima del lavabo, un pequeño ajuste como si estuviera buscando el lugar adecuado, después llegó el embate hacia mi interior en un movimiento largo y poderoso, y me puse a chillar. Frost había encontrado el lugar adecuado de mi cuerpo, y se deslizaba por él, una y otra vez, tan poderosa y rápidamente como antes, pero ahora me hacía jadear. La tensión aumentó, un calor crecía en mi interior, se hinchaba. Se hizo más y más grande, derramándose por mi piel como si me cayeran encima mil plumas para hacerme temblar, estremecer, para arrancar de mi boca gritos sin palabras, sin pensamientos, sin formas. Era la canción de la carne, no de amor, ni tan siquiera de deseo, sino algo más primitivo, más primario.

Miré al espejo y vi que mi piel brillaba y mis ojos centelleaban con un fuego verde y dorado. Vi a Frost en el espejo, esculpido en marfil y alabastro; la luz blanca jugueteaba en su piel como si el poder brotara desde su interior. Me sorprendió mirándole en el espejo, y aquellos ojos grises, brillantes como nubes iluminadas por el claro de luna, se llenaron de preocupación. Me tapo la cara para que no pudiera mirarle. Dejó su mano allí, aguantándome, con su otra mano en mi espalda y su cuerpo apretando el mío. No me podía mover, no me podía apartar, no podía detenerle. No quería, pero lo entendí. Era importante para él no ceder el control, decir cuándo y cómo, e incluso el hecho de que yo lo mirase era una intrusión. Éste era su momento, y yo era sólo la carne a la que él se entregaba. Necesitaba que yo no fuera nada ni nadie, excepto la herramienta para colmar su necesidad.

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