Laurell Hamilton - Besos Oscuros

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Soy la princesa Meredith, heredera del trono de mi país si soy capaz de mantenerme con vida para reclamarlo. Mi primo, el príncipe Cel, está determinado a que no lo consiga. Mientras los dos vivamos, deberemos competir por la corona. El primero de nosotros que tenga descendencia será el que consiga el trono. Así que ahora, los hombres de mi guardia real, temibles guerreros hábiles con las armas y los hechizos, se han convertido en mis amantes, en una placentera carrera para conseguir ser el futuro rey y padre de mi hijo. Además, deben protegerme contra los intentos de asesinato, porque a diferencia de la mayoría de los sidhe, soy humana en parte, y muy mortal.

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La cara del periodista había adquirido aquella tonalidad amoratada que indicaba que no podía respirar. El rostro de Frost era irreconocible, desgarrado por la rabia.

– Frost, lo vas a matar.

Doyle se colocó a su lado.

– Frost, si matas a este periodista, la reina te castigará por ello.

Frost no parecía escuchar a nadie, como si estuviese en algún lugar remoto y todo lo que le quedase allí de él fuera su mano en la garganta de aquel hombre.

Doyle le pegó a Frost una patada en los riñones que hizo caer a éste hacia delante. El cristal se rompió todavía más, pero Frost soltó por fin al periodista. Cuando se volvió, chorreaba sangre de su mano y su mirada era la de un animal enfurecido.

Doyle había adoptado una posición de pelea, sin ningún arma en sus manos. Frost tiró su espada al suelo y adoptó una postura idéntica. Kitto, acurrucado en la cama, observaba la escena con los ojos como platos.

Corrí hacia las cortinas, con la intención de cerrarlas, y vi a una nube de periodistas corriendo hacia nosotros como una jauría. Algunos tomaban fotos mientras corrían, otros gritaban:

– ¡Princesa, princesa Meredith!

Corrí las cortinas, así que no había lugar por el que pudiesen mirar, pero eso no duraría mucho. Teníamos que entrar en la habitación contigua, donde habían dormido Galen y los otros. Ajusté la mira de la pistola a la cabecera de la cama, a un lado de los dos guardias. Kitto me miró y se tiró al suelo por el otro lado.

Disparé una sola vez, y el disparo atronó en la habitación. Los dos hombres se volvieron y me observaron con ojos desorbitados. Apunté el arma hacia el techo.

– Hay casi cien reporteros a punto de echarse sobre nosotros. Tenemos que ir a la otra habitación. ¡Ahora!

Nadie discutió conmigo. Frost, Kitto y yo cogimos sábanas y ropa y pasamos a la otra habitación antes de que los periodistas empezaran a colarse por la ventana rota. Doyle se situó en la retaguardia con las armas. Él, Galen y Rhys se fueron a buscar las maletas. Llamé a la policía y denuncié a los periodistas por entrar ilegalmente en nuestra habitación.

Los tres que estábamos desnudos nos vestimos por turnos en el cuarto de baño, no por pudor, sino porque allí no había ventanas. Cuando salí del cuarto de baño cargada de toallas, Doyle y Frost estaban sentados en las dos únicas sillas de la habitación. No había nadie más. Los dos tenían su cara típica de guardia, ilegible, inescrutable. Pero había algo raro en su comportamiento.

– ¿Qué ha sucedido? -pregunté.

Caminaba con normalidad: había olvidado que me había torcido el tobillo hasta que Galen me lo hizo notar. Ninguno de los dos jefes de la Guardia hablaba, y esto me ponía nerviosa.

Los hombres se miraron uno al otro. Doyle se puso de pie. Se había puesto unos vaqueros negros. Éstos cubrían unas botas cortas del mismo color, que bien podían pasar por zapatos para alguien que no supiera qué estaba mirando. La camisa, de seda negra y con largas mangas, destacaba por su brillo en la piel oscura del capitán de la Guardia. La pistolera del hombro era asimismo negra y también el arma, una Beretta de diez milímetros, del modelo antiguo.

Daba la impresión de que llevaba el pelo muy corto, porque ocultaba su cabellera en la coleta habitual, que le caía por la espalda y se perdía bajo sus vaqueros negros. En sus orejas puntiagudas brillaban unos pendientes de plata. Éstas y un pequeño cinturón, también plateado, eran lo único que distraía de la total monocromía de su aspecto. Había completado su atuendo poniéndose en una oreja una cadena de plata, al extremo de la cual pendía un pequeño rubí.

– Tenemos un problema -dijo.

– Te refieres a un periodista fotografiándonos a Frost y a mí juntos en la cama. Sí, diría que tenemos un problema.

– No se trata sólo de un periodista -dijo Frost.

– Los he visto, como un montón de tiburones que han olido sangre. -Empecé a colocar un montón de toallas en la maleta abierta que esperaba en la cama-. He sido objetivo de la prensa, pero nunca así.

Frost cruzó las piernas. Llevaba pantalones grises y mocasines del mismo color, pero sin calcetines. Frost nunca llevaría pantalones lo bastante cortos para dejar a la vista los calcetines, era algo pasado de moda. En un bolsillo de la chaqueta, confeccionada a medida y a juego con los pantalones, lucía un pequeño pañuelo celeste. Una camisa blanca con corbata gris perla y alfiler plateado completaba su atuendo. Se había recogido el pelo en una cola de caballo, de manera que resaltaban los rasgos marcados de su rostro. Sin la distracción del cabello llamaba poderosamente la atención la deslumbrante belleza de su rostro. Tenía un aspecto tranquilo, perfecto, completamente distinto del hombre que casi me había molido la noche anterior en el cuarto de baño. Pero sabía que el otro Frost permanecía agazapado allí debajo, esperando el permiso para salir.

Coloqué los últimos artículos de tocador en la maleta y empecé a cerrar la cremallera. Miré a los dos hombres.

– Chicos, tenéis una cara que parece que haya sucedido algo malo de verdad. Algo sobre lo que todavía no sé nada. ¿Dónde están los demás?

Frost respondió:

– Están vigilando la puerta y la ventana. Intentan apartar a los periodistas, pero es una batalla perdida, Meredith.

Doyle colocó las manos en la cómoda, con la cabeza baja. La gruesa cola de caballo se enredaba entre sus piernas como un extraño animal doméstico.

– Me estáis asustando. ¿Qué ha pasado?

Frost tocó el periódico que estaba sobre la mesilla. Un simple gesto, pero…

– ¿Es el St. Louis Post-Dispatch? – pregunté.

Doyle dirigió una mirada a Frost, y éste levantó las manos en señal de rendición.

– Ella tiene que saberlo.

– Sí -sentenció Doyle.

– Hablé con Barry Jenkins ayer -dije-. Me advirtió que publicaría que Merry Gentry era la princesa del país de los elfos. Supongo que la amenaza iba en serio.

Doyle se volvió y se recostó en la cómoda, con los brazos cruzados, de manera que su mano derecha acariciaba la pistola. Era uno de sus gestos de nerviosismo característicos. Cuando se colocaba detrás de la reina acariciando el arma se interpretaba como una amenaza, pero no era sino otro gesto de nerviosismo.

Me acerqué a la mesilla.

– ¿Qué está ocurriendo? Jenkins es un cerdo, pero nunca mentiría, ni tan siquiera en el Post.

– Léelo, y después dime que no hay nada por lo que preocuparse -dijo Doyle.

La foto de Galen y yo en el aeropuerto casi llenaba la portada. Pero fue el titular lo que me preocupó.

«La princesa Meredith vuelve a casa para encontrar marido». En letras más pequeñas, debajo de la foto: «¿Es éste el elegido?».

Me volví hacia Doyle y Frost.

– Jenkins estará haciendo conjeturas. Galen y yo sabíamos que había fotógrafos en el aeropuerto. -Los miré a los dos, y la preocupación seguía reflejada en sus rostros-. ¿Qué os pasa a vosotros dos? Todos hemos aparecido en los periódicos anteriormente.

– No así -dijo Frost.

– La cosa se pone mejor, o peor -dijo Doyle-. Lee el artículo.

Empecé a leer por encima el artículo, pero me quedé en el primer párrafo.

– Griffin concedió una entrevista a Jenkins -dije casi sin aliento, y de golpe tuve que sentarme en un extremo de la cama-. Que la Diosa nos guarde.

– Sí -confirmó Doyle.

– La reina ya se ha puesto en contacto con nosotros. Lo castigará por haber traicionado tu confianza. Ha convocado una conferencia de prensa para esta noche.

– Por favor, Meredith, lee el artículo -me instó Doyle.

Leí el artículo. Lo leí dos veces. No me preocupaba que Griffin hubiese dado detalles personales, pero sí que los hubiera dado sin mi consentimiento. Había compartido mi vida privada con todo el mundo. Los sidhe tienen reglas extrañas acerca de la intimidad. No valoramos los secretos íntimos igual que los humanos, pero no nos gusta que se espié nuestra vida privada. Espiar suele comportar la pena de muerte. Y a Griffin podía costarle la vida. La reina consideraría muy poco elegante chismorrear con un reportero.

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