– Soy Galen, abrid.
Frost observó por la mirilla, con una cuarenta y cuatro niquelada en la mano.
– Es él y Rhys.
Doyle asintió, bajando la pistola pero sin soltarla. El nivel de tensión era alto, muy alto. Creo que todos estábamos esperando otro ataque de Cel y compañía. Yo sin duda lo esperaba, y estaba paranoica por necesidad. Los guardias eran paranoicos de profesión.
Kitto entró detrás de los dos guardias. Iba vestido con vaqueros, un polo amarillo claro con un cocodrilo en el pecho y zapatos blancos de sport. Todo parecía nuevo, recién comprado.
Galen se fijó en los periódicos y luego me miró.
– Lo siento mucho, Merry.
Doyle dejó que me apartara de detrás de él, para poder reunirme con Galen. Enterré mi cara en su pecho, coloqué los brazos en su cintura y lo abracé. Me sentía segura con Doyle, apasionada con Frost, pero eran los brazos de Galen los que me reconfortaban.
Quería quedarme con él, cerrar los ojos y simplemente quedarme pegada a él. Pero se había convocado una conferencia de prensa y la reina nos había llamado a la corte para que todos pudiésemos discutir la versión de la verdad que íbamos a comunicar a los medios. Había asistido a conferencias de prensa desde que era niña y nunca había estado en ninguna en la que se contara la verdad, toda la verdad. No había manera de limpiar lo que Griffin había ensuciado. Podía ser castigado, pero los artículos y las fotos ya estaban en la calle, y nada cambiaría eso. Todavía no tenía ni idea de qué versión podría explicar las fotos de Frost, Kitto y yo desnudos en la cama. Eso sí, si había alguien capaz de inventarse una mentira que lo explicará, ésa era sin duda mi tía. Andais, Reina del Aire y la Oscuridad, podía darle la vuelta a cualquier escándalo. Ofuscados por sus encantos, los periodistas tendían a escribir lo que ella les pedía que escribieran, aunque limpiar este escándalo en particular iba a poner a prueba su talento. Siempre había soñado con ver fracasar a mi tía, pero en ese momento deseaba con todas mis fuerzas que obtuviera un éxito brillante. ¿Era un actitud hipócrita? Quizá sí, o quizá simplemente práctica.
A medianoche ya se habían marchado todos los periodistas, bien cargados de vino añejo, entrantes caros y todas las mentiras de mi tía. Pero Andais lo había preparado con estilo. Se había vestido con un traje chaqueta negro sin blusa, marcando la línea de su escote. Estaba ilusionada por el hecho de que yo estuviera de nuevo en casa, contenta de que por fin hubiera decidido sentar la cabeza con algunos sidhe afortunados. También se sentía entristecida por la traición de Griffin. Un reportero le había preguntado sobre el pretendido afrodisíaco feérico que había estado a punto de causar una revuelta en una comisarla de policía de Los Ángeles. Andais aseguró no tener conocimiento de él, y no estaba dispuesta a que nadie más contestara a las preguntas. No estoy segura de que confiara en lo que yo pudiera decir. Los hombres formaban parte de la decoración y nunca llegaron a hablar.
Cel se sentó a su derecha, y yo me senté a su izquierda. Nos sonreímos mutuamente. Los tres posamos para las fotos. Él con su traje monocromo de diseño, negro sobre negro; yo con un vestido también negro y una chaquetilla con cientos de cuentas de azabache, Andais con su traje chaqueta. Parecía que fuéramos a un funeral muy elegante. Si alguna vez consigo ser reina, daré a la corte otras tonalidades. Lo que sea, excepto negro.
La corte estaba muy tranquila esa noche. Cel había sido conducido a otro lugar para ser preparado para el castigo. La reina había recogido a Doyle y a Frost en sus habitaciones para que le presentasen sus informes. Galen cojeaba al concluir la conferencia de prensa, de manera que Fflur se lo había llevado para ponerle una pomada que acelerara su curación. Quedaron Rhys, Kitto y Pasco, para protegerme. Pasco había llegado al hotel la noche anterior, pero había dormido en la segunda habitación. Su largo cabello de color rosa le caía hasta las rodillas en una cortina pálida. Sin duda, el negro no le favorecía. Le daba a su piel una tonalidad púrpura y su cabello se veía prácticamente marrón. Con los colores adecuados, Pasco centelleaba, pero no esa noche. El negro le sentaba mejor a Rhys, pero lo que más sobresalía era la camisa azul, del color de sus ojos, que la reina le permitía llevar.
Rhys y Pasco caminaban detrás de mí como buenos guardaespaldas. Kitto permanecía a mi lado como un perro fiel. No se le había permitido colocarse ante las cámaras durante la conferencia de prensa. El prejuicio sobre los trasgos es notable en las cortes. Kitto era el único a quien se le había permitido conservar los vaqueros y la camiseta. Esa noche nos quedaríamos en la corte porque era la única zona sin prensa en cien kilómetros a la redonda. Nadie rompería las ventanas de la reina ni tomaría fotos en aquel promontorio de los elfos.
Intentaba encontrar mis antiguas habitaciones, pero había una puerta en medio del pasillo, una gran puerta de madera y bronce. Detrás de la puerta se encontraba el Abismo de la Desesperación. La última vez que había visto esa sala había sido cerca del Salón de la Mortalidad; es decir, la cámara de torturas. Se decía que el Abismo no tenía fondo, lo cual era imposible si hubiese sido puramente físico, pero no era puramente físico. Uno de nuestros peores castigos era ser arrojado al Abismo y caer por él eternamente, sin envejecer nunca, sin morir nunca, atrapado en una caída libre por toda la eternidad.
Me detuve en medio del pasillo, dejando que Pasco y Rhys me alcanzaran. Kitto se colocó a un lado, en un movimiento instintivo para situarse lejos del alcance de Rhys. Rhys no le había puesto la mano encima, se había limitado a mirarlo, pero viera lo que viese Kitto en aquel único ojo azul sobre azul, la verdad es que le asustaba.
– ¿Qué ocurre? -preguntó Rhys.
– ¿Qué hace esto aquí?
Rhys examinó la puerta, frunciendo el entrecejo.
– Es la puerta del Abismo.
– Exacto. Debería estar tres tramos de escalera más abajo, como mínimo. ¿Qué hace en el piso principal?
– Lo dices como si el sithen funcionara con lógica -intervino Pasco-. El sithen ha decidido colocar el Abismo en el piso superior. Otras veces hace reestructuraciones más importantes.
Miré a Rhys y éste asintió.
– Sí, a veces.
– ¿Qué quieres decir con a veces? -pregunté.
– Cada milenio, más o menos -aclaró Rhys.
– Me gusta tratar con gente cuya noción de a veces es cada mil años -dije.
Pasco puso la mano sobre el picaporte de bronce de la puerta.
– Permíteme, princesa.
La puerta se abrió lentamente, demostrando sin lugar a dudas que se trataba de una puerta muy pesada. Pasco era como la mayoría de los de la corte, en el sentido de que habría podido levantar una casa si hubiese encontrado el punto de apoyo adecuado. Sin embargo, abría esa puerta como si pesara mucho.
La sala era completamente gris, parecía que las luces que había en el resto del sithen no funcionaran bien allí. Entré en la oscuridad con Kitto pegado a los talones, manteniéndose apartado de Rhys, como un perro temeroso de que le suelten una patada. La estancia era tal como la recordaba. Un enorme cuarto de piedra con un agujero redondo en el centro del suelo y una pequeña verja alrededor de él, una verja hecha de huesos y alambre de plata, y magia. La verja brillaba con su propio encanto. Algunos decían que estaba hechizada para evitar que el Abismo se desbordara por el suelo y se tragase el mundo. La verja estaba hechizada para impedir que la gente saltara sobre ella, para que nadie se suicidara o cayera accidentalmente. Sólo había una manera de saltar la verja, y era que te tirasen.
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