Oye, ¿Dios? ¿Dios? ¿Me estás escuchando, Dios?
Creo que no. Creo que te importa un bledo. Dios, creo que me has estado tomando el pelo.
La-la ~ la-ra-la-la. La música se está acabando. Armonías celestiales llenan la habitación. Todo se fusiona y se vuelve unidad. Al otro lado de la ventana los copos de nieve forman remolinos. Sigue adelante, Schoenberg, al menos cuando eras joven tú comprendiste, captaste la verdad y la escribiste en un papel. Te estoy oyendo, viejo. No hagas preguntas, me dices. Acepta. Sólo acepta, ese es el lema. Acepta. Acepta. No importa lo que te ocurra, acepta.
Judith me dice:
—Claude Guermantes me ha invitado a que esta Navidad vaya con él a Suiza a esquiar. Puedo dejar al chico con una amiga en Connecticut, pero no iré si me necesitas, Duv. ¿Estás bien? ¿Puedes arreglártelas?
—Claro que puedo. No estoy paralítico, Jude, ni tampoco he perdido la vista. Si eso es lo que quieres, vete a Suiza.
—Sólo serán ocho días.
—Sobreviviré.
—Cuando regrese, espero que te mudes de ese edificio. Deberías vivir por aquí, cerca de mi casa. Deberíamos vernos más a menudo.
—Quizá.
—Si quieres podría presentarte a algunas amigas mías. Si te interesa.
—Magnífico, Jude.
—No pareces demasiado entusiasmado.
—Conmigo hay que ir poco a poco —le digo—. No me apremies con un millón de cosas. Necesito tiempo para poner en orden mis ideas.
—De acuerdo. Es como una nueva vida, ¿verdad, Duv?
—Una nueva vida. Sí. Eso es, una nueva vida, Jude.
Ahora la tormenta es intensa. Bajo las primeras capas de blancura desaparecen los automóviles. Durante la cena el meteorólogo de la radio ha hablado de una acumulación de veinticinco a treinta centímetros antes de la mañana. Judith me ha invitado a pasar la noche aquí, en el cuarto de servicio. Bueno, ¿por qué no? ¿Por qué rechazarla justamente ahora? Me quedaré. Por la mañana llevaremos al pequeño Pauly al parque con su trineo, a la nieve nueva. Ahora está nevando de verdad. ¡Qué bonita que es la nieve! Lo cubre todo, lo limpia todo; aunque sólo sea por poco tiempo, purifica esta cansada y desgastada ciudad y a sus cansados y desgastados habitantes. No puedo apartar los ojos de ella. Mi rostro está muy cerca de la ventana. Tengo una copa de coñac en la mano, pero me olvido de ella por completo, porque la nieve me ha atrapado con su hechizo hipnótico.
—¡Bu! —grita alguien detrás de mí.
Doy un salto tan grande que el coñac de mi vaso salpica la ventana. Lleno de terror me doy la vuelta, agachado, listo para defenderme; luego el miedo instintivo desaparece y comienzo a reír. Judith también ríe.
—Es la primera vez en mi vida que te sorprendo —dice—. ¡La primera vez en treinta y un años!
—Me has dado un susto tremendo.
—Durante tres o cuatro minutos he estado parada aquí pensando cosas para ti. Esperando recibir una réplica mordaz de tu parte, pero no, no, no has reaccionado, has seguido mirando la nieve. Así que me he acercado sin hacer ningún ruido y te he gritado en la oreja. Te has asustado de verdad, Duv. No estabas fingiendo.
—¿No habrás creído que te estaba mintiendo acerca de lo que me había pasado?
—No, claro que no.
—Entonces, ¿por qué has pensado que podría estar fingiendo?
—No lo sé. Supongo que he dudado un poquito de ti. Pero ya no. ¡Ay, Duv, Duv. lo siento tanto por ti!
—Pues no lo hagas —le digo—. Por favor, Jude.
En silencio, está llorando. ¡Qué extraño me resulta ver llorar a Judith! Y nada menos que por amor hacia mí. Por amor hacia mí.
Ahora hay un gran silencio.
Afuera el mundo es blanco, adentro gris. Lo acepto. Pienso que la vida será más apacible. El silencio se convertirá en mi lengua materna. Habrá descubrimientos y revelaciones, pero ningún trastorno. Es posible que más adelante el mundo vuelva a tener algo de color para mí.
En vida nos consumimos. Al morir vivimos. Recordaré eso. Me regocijaré. Twang. Twing. Twong. Hasta que muera de nuevo, hola, hola, hola, hola.
FIN