No estamos discutiendo colonias de artefactos vivientes o de cyborgs. Se trata de colonos de Dallas o Tashkent).
Frontera apenas justifica todo esto. Su relación es pobre. El oxígeno al nivel del mar es tan escaso que una tiene que caminar lentamente, como en la cima de una montaña. Está tan lejos de su estrella que tiene dos tipos de clima, frío y helado. Su eje se mantiene casi derecho; sus estaciones provienen de la excentricidad de su órbita… así que no se vayan ustedes al sur durante el invierno porque el invierno llega hasta usted, esté donde esté.
Hay una especie de estación estival aproximadamente en unos veinte grados a cada lado del ecuador, pero el invierno es mucho más largo que el verano… por supuesto. Ese «por supuesto» se refiere a las leyes de Kepler, aquella acerca de los vectores de radio y áreas iguales. (He tomado todo esto del periódico de a bordo). Cuando fueron dados los premios, Frontera estaba detrás de la puerta.
Pero yo me sentía frenéticamente ansiosa por verlo.
¿Por qué? Porque nunca había ido más lejos de casa que la Luna… y la Luna es casi el propio hogar. Frontera está a más de cuarenta años luz de la Tierra. ¿Saben ustedes cuántos kilómetros es esto? (Yo tampoco). Ahí están.
300.000 x 40’7 x 31.557.600= 385.318.296.000.000 kilómetros.
Redondeemos. Cuatrocientos millones de millones de kilómetros.
El tiempo de la nave nos indicaba que completaríamos nuestra órbita estacionaria (22’1 horas de período orbital, esta es la duración del día en Frontera) a las dos cuarenta y siete, y las nave de desembarco saldría de estribor a primera hora de la mañana («mañana» tiempo de la nave) a las tres en punto. No se apuntaron muchos a la excursión — en realidad ningún pasajero parecía tener el menor interés en poner el pie en aquel suelo —, tal vez debido a que la media guardia no es una hora muy popular para la mayoría de nuestros pasajeros.
Pero yo estaba dispuesta a ir hasta el final. De modo que abandoné una buena fiesta y me fui a la cama a las veintidós, con la intención de dormir algunas horas antes del descenso. Me levanté a las dos y me metí en el cuarto de baño, cerrando con llave la puerta detrás de mí… si no la cierro con llave, Shizuko viene inmediatamente detrás; lo aprendí en mi primer día en la nave. Estaba ya levantada y vestida cuando yo me desperté.
Cerré la puerta con llave tras de mí, y vomité casi inmediatamente.
Aquello me sorprendió. No soy inmune al mareo, pero durante aquel viaje no había sentido la menor molestia. Subir y bajar por el Tallo había hecho diabluras con mi estómago y las náuseas habían durando interminables horas. Pero en la Adelantado había notado únicamente una arcada cuando penetramos en el hiperespacio, luego otra la noche pasada justo antes de cenar cuando surgimos de nuevo al espacio normal, pero el breve temblor de la nave me había prevenido.
¿Acaso la gravedad (artificial) había sufrido alguna sacudida ahora? No podía estar segura. Me sentía completamente mareada pero eso podía ser una consecuencia del haber vomitado… porque el vómito había sido tan completo como si hubiera estado subiendo y bajando por aquel maldito Tallo.
Me lavé la boca, me cepillé los dientes sin dentífrico, me lavé de nuevo la boca, y me dije a mí misma: «Viernes, ese ha sido tu desayuno; no vas a permitir que un caso inesperado de mareo del Tallo te impida ver Frontera. Además, has engordado dos kilos y ya es hora de cortar las calorías».
Habiéndome peleado así verbalmente con mi estómago, y luego empleado un poco de disciplina de control mental, salí, dejé que Tilly-Shizuko me ayudara a meterme en un grueso mono, y luego me dirigí hacia la nave de aterrizaje de estribor, con Shizuko correteando detrás, llevando gruesos abrigos para cada una de nosotras. Al principio me había sentido inclinada a mostrarme amigable con Shizuko, pero tras deducir, y luego confirmar, su auténtico papel, tendía a sentirme irritada hacia ella. Mezquina de mí. Pero se supone que un espía no merece la misma amistosa consideración que se gana siempre un sirviente. No era ruda con ella; simplemente la ignoraba la mayor parte del tiempo. Y esta mañana no me sentía sociable en absoluto.
El señor Woo, el ayudante del sobrecargo al mando de las excursiones a tierra, estaba en la compuerta estanca con una tablilla.
— Señorita Viernes, su nombre no está en mi lista.
— Le aseguro que me anoté. Pero de todos modos no tiene importancia; añádame a su lista, o llame al capitán.
— No puedo hacer eso.
— ¿No? Entonces voy a quedarme sentada aquí en medio de su compuerta estanca. No me gusta esto, señor Woo. Y si está intentando sugerirme usted que no debería estar aquí porque se ha producido algún error administrativo en su oficina, todavía me gusta menos.
— Hummm, supongo que debe tratarse de algún error administrativo. No queda mucho tiempo, así que ¿por qué no pasa, me deja que le indique su asiento, y arreglamos esto después de que haya comprobado todo lo demás?
No puso ninguna objeción a que Shizuko me siguiera. Avanzamos por un largo pasillo — incluso las naves de aterrizaje de la Adelantado eran enormes — lleno de flechas que indicaban «al puente», y llegamos a una estancia bastante grande, algo parecida al interior de un autobús VMA: controles dobles al frente, asientos para los pasajeros detrás, un enorme ventanal panorámico… y por primera vez desde que abandonamos la Tierra me hallé contemplando la «luz del sol».
La luz del sol de Frontera, por supuesto, iluminando una blanca, muy blanca, curva del planeta delante, con el negro espacio detrás. El sol en sí no estaba a la vista. Shizuko y yo nos acomodamos en un par de asientos y nos sujetamos nuestros cinturones, del mismo tipo de cinco anclajes utilizados en los SBs. Sabiendo que íbamos a viajar con antigrav tenía intención de sujetarme simplemente el cinturón del regazo. Pero mi pequeña sombra se inclinó sobre mí y los aseguró todos.
Tras un rato el señor Woo apareció mirando a todos lados, y finalmente me descubrió.
Se inclinó por encima del hombre situado entre yo y el pasillo y dijo:
— Señorita Viernes, lo lamento, pero sigue sin estar usted en la lista.
— ¿De veras? ¿Qué ha dicho el capitán al respecto?
— No he podido comunicarme con él.
— Entonces la respuesta está en sus manos. Me quedo.
— Lo siento. No.
— ¿De veras? ¿Cómo piensa sacarme de aquí? ¿Y quién es el que va a ayudarle a sacarme? Porque va a tener que sacarme chillando y pateando y, se lo aseguro, voy a chillar y a patear.
— Señorita Viernes, no podemos hacer eso.
El pasajero que estaba a mi lado dijo:
— Joven, ¿no se da cuenta de que está haciendo el idiota? Esta joven dama es un pasajero de primera clase; la he visto en el comedor… en la mesa del capitán. Ahora saque esta estúpida tablilla de delante de mi rostro y encuentre algo mejor que hacer.
Pareciendo preocupado — los sobrecargos subalternos siempre parecen preocupados —, el señor Woo se alejó. Tras un instante se encendió una luz roja, sonó una sirena, y una voz grave anunció:
— ¡Abandonamos la órbita! Prepárense para aceleración.
Fue un día miserable.
Tres horas para bajar a la superficie, dos horas en el suelo, tres horas para subir de vuelta a la órbita estacionaria… el viaje de descenso tuvo música variada con horribles parlamentos de Frontera; el viaje de vuelta tuvo únicamente música, lo cual fue mejor. Las dos horas en el suelo hubieran podido ser estupendas si hubiera podido abandonar el aparato de aterrizaje. Pero tuvimos que quedarnos a bordo. Se nos permitió soltarnos los cinturones e ir a proa, a lo que era denominado el salón pero que era tan sólo un espacio con un bar con café y bocadillos en el lado de babor y portillas transparentes en la parte de atrás. A través de ellas podíamos ver a los inmigrantes saliendo por la cubierta inferior y la nave siendo descargada.
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