Robert Heinlein - Viernes

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Viernes: краткое содержание, описание и аннотация

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Viernes es su nombre. Es una mujer. Y es un mensajero secreto. Está empleada por un hombre al que únicamente conoce como "Jefe". Operando desde y a través de una Tierra de un futuro próximo, en la cual Norteamérica ha sido balcanizada en docenas de estados independientes, en donde la cultura ha sido extrañamente vulgarizada y el caos es la norma feliz, se enfrenta a una sorprendente misión que la hace ir de un lado para otro bajo unas órdenes aparentemente absurdas. De Nueva Zelanda al Canadá, de uno a otro de los nuevos estados desunidos de América, mantiene ingeniosamente su equilibrio con rápidas y expeditivas soluciones, de una calamidad y embrollo a otro. Desesperada por la identidad y las relaciones humanas, nunca está segura si se halla un paso por delante, o un paso por detrás, del definitivo destino de la raza humana. Porque Viernes es una Persona Artificial… la mayor gloria de la ingeniería genética.
Una de las mejores obras de Heinlein, lo cual es lo mismo que decir una de las mejores de toda la ciencia ficción…

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Colinas bajas cubiertas de nieve… una especie de plantas a media distancia… cerca de la nave edificios bajos conectados con cobertizos cubiertos de nieve. Los inmigrantes iban todos bien arropados pero no perdieron tiempo en apresurarse hacia los edificios. La carga estaba siendo retirada en una hilera de carromatos planos tirados por una máquina de algún tipo que exhalaba nubes de humo negro… ¡exactamente el tipo de cosa que se puede ver pintada en los libros de historia de los niños! Pero esto no era un dibujo ni una foto.

Oí a una mujer decirle a su compañera:

— ¿Cómo puede decidir alguien instalarse aquí?

Su compañera hizo una piadosa observación sobre «la voluntad del Señor», y yo me aparté. ¿Cómo puede alguien alcanzar los setenta años de edad (esa era la edad que como mínimo tenía esa mujer) sin saber que uno no «decide» establecerse en Frontera…

excepto en el limitado sentido en que uno «decide» aceptar el transporte como una alternativa a la muerte o a la prisión de por vida?

Mi estómago aún no se sentía en forma, de modo que no me arriesgué con los bocadillos, pero pensé que una taza de café ayudaría… hasta que me llegó el olor.

Entonces corrí rápidamente a los servicios en la parte delantera del salón, y me gané el título de «Mandíbula de Hierro Viernes». Me lo gané honesta y merecidamente aunque nadie más lo sepa excepto yo… encontré todas las cabinas ocupadas y tuve que esperar… y esperé, con los músculos de la mandíbula encajados. Tras un siglo o dos una de las cabinas se desocupó y entré, y vomité de nuevo. Principalmente baba… no debía haber olido el café.

El viaje de vuelta fue interminable.

Una vez en la Adelantado llamé a mi amigo Jerry Madsen, el cirujano subalterno de la nave, y le pedí que me examinara profesionalmente. Según las reglas de la nave el departamento médico visita únicamente a las nueve de la mañana, el resto del día atiende tan sólo emergencias. Pero sabía que Jerry acudiría de buen grado a visitarme, fuera cual fuese la excusa. Le dije que no era nada serio; sólo deseaba obtener de él alguna de esas píldoras que receta a las viejas damas con problemas de vértigos… las píldoras contra el mareo. Me pidió que fuera a verle a su oficina.

En vez de tener las píldoras preparadas, me condujo a la habitación de exámenes y cerró la puerta.

— Señorita Viernes, ¿debo llamar a una enfermera? ¿O prefiere que la examine una doctora? Puedo llamar a la doctora García, pero no me gustaría despertarla; ha estado trabajando toda la noche.

— Jerry, ¿qué ocurre? — dije —. ¿Cuándo he dejado de ser Marj para usted? ¿Y por qué este remilgado protocolo? Simplemente deseo un puñado de esas píldoras contra el mareo. Esas pequeñas y rosadas.

— Siéntese, por favor. Señorita Viernes… de acuerdo, Marj… no recetamos ese medicamento o sus derivados a mujeres jóvenes… para ser preciso, a mujeres en edad fértil… sin asegurarnos de que no están embarazadas. Podrían causar defectos en el feto.

— Oh. Tranquilícese, muchacho; no estoy embarazada.

— Eso es lo que vamos a comprobar. Marj. Si lo está… tenemos otra medicación que aliviará sus molestias.

¡Oh, bueno! El muchacho estaba simplemente preocupándose por mí.

— Mire, suponga que le digo, Muchacho Explorador honorífico, que ningún hombre se me ha llevado a la cama en mis últimos dos períodos. Aunque algunos lo han intentado.

Usted entre ellos.

— Naturalmente, ahora lo que tengo que decir yo es: «Tome este frasco y tráigame una muestra de orina, y luego yo tomaré una muestra de sangre y una muestra de saliva. He tratado antes con mujeres a las que nadie se ha llevado a la cama».

— Es usted un cínico, Jerry.

— Estoy intentando cuidar de usted, querida.

— Sé que lo está haciendo. De acuerdo, seguiré con las tonterías. Si el ratón chilla…

— Es un jerbo.

— Si el jerbo dice que sí, entonces puede usted notificar al Papa en el Exilio que por fin ha ocurrido, y yo compraré una botella de champán. Ha sido la explicación más tonta de mi vida.

Jerry tomó sus muestras e hizo diecinueve otras cosas, y me dio una píldora azul para que la tomara antes de cenar y una píldora amarilla para dormir y otra píldora azul para tomar antes del desayuno.

— Esas no tienen la fuerza de las que usted había pedido, pero servirán, y no harán que un futuro bebé pueda nacer con los pies al revés o algo así. Le llamaré mañana por la mañana tan pronto como sean horas de oficina — Creía que los tests de embarazo eran hoy en día un servicio mientras-usted-espera.

— Oh, vamos. Su bisabuela utilizaba el método de esperar a que la cintura se le ensanchara. Está usted muy mimada. Desee solamente que yo no tenga que repetir el test.

De modo que le di las gracias y le besé, lo cual pretendió evitar pero sin demasiada insistencia. Jerry es un inocente.

Las píldoras azules me permitieron cenar y luego desayunar.

Me quedé en mi cabina hasta después del desayuno. Jerry llamó a su debido tiempo.

— Felicidades, Marj. Me debe una botella de champán.

— ¿Qué? — Me dominé por Tilly —. Jerry, está usted rematadamente loco. Fuera de sus cabales.

— Por supuesto — admitió —. Pero eso no es ningún handicap en este asunto. Venga a verme y discutiremos un régimen para usted. ¿Digamos a las catorce?

— Digamos ahora mismo. Deseo hablar con ese jerbo.

Jerry me convenció. Enumeró los detalles, mostrándome cómo se había realizado cada uno de los tests. Los milagros ocurren y yo estaba demostrablemente embarazada… de modo que era por eso por lo que mis pechos se habían puesto algo blandos últimamente.

Tenía un pequeño folleto para mí, diciéndome lo que tenía que hacer, lo que tenía que comer, cómo debía bañarme, qué tenía que evitar, qué esperar, y cosas así de aburridas.

Le di las gracias, lo tomé y me fui. Ninguno de los dos mencionó la posibilidad de un aborto, y él no hizo comentarios chistosos acerca de las mujeres «que no se han llevado a nadie a la cama».

Sólo que yo no lo había hecho. Burt había sido el último, y eso había sido dos períodos atrás, y de todos modos yo había sido esterilizada quirúrgicamente en la menarquía y nunca había utilizado anticonceptivos de ninguna clase en toda mi ajetreada vida social.

Todos esos centenares y centenares de veces, ¡y ahora él me dice que estoy embarazada!

No soy totalmente estúpida. Una vez aceptado el hecho, la vieja regla de Sherlock Holmes me dijo cuándo y dónde y cómo había ocurrido. Una vez de vuelta en la cabina BB me dirigí al cuarto de baño, cerré la puerta con llave, me quité las ropas, y me tendí en el suelo… apreté ambas manos en torno a mi ombligo, tensé mis músculos, y empujé.

Una pequeña esfera de nailon salió fuera, y la cogí.

La examiné cuidadosamente. No había la menor duda; era la misma pequeña bola que había llevado allí desde que me había sido practicado el truco quirúrgico, la que había llevado siempre excepto cuando transportaba algún mensaje. No era un contenedor para un óvalo en estasis, no era un contenedor para nada… sólo una pequeña, lisa, translúcida esfera. La miré de nuevo, y volví a introducirla en su sitio.

Así que me habían mentido. Me había sorprendido en su momento lo de la «estasis» a temperatura corporal debido a que la única estasis para tejidos vivos de la que había oído hablar implicaba temperaturas criogénicas, nitrógeno liquido o más bajo aún.

Pero eso era problema del señor Sikmaa y yo no pretendía ser una biofísica… si él tenía confianza en sus científicos, no era misión mía discutir. Yo era un correo; mi única responsabilidad era entregar el paquete.

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