Robert Heinlein - Viernes

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Viernes: краткое содержание, описание и аннотация

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Viernes es su nombre. Es una mujer. Y es un mensajero secreto. Está empleada por un hombre al que únicamente conoce como "Jefe". Operando desde y a través de una Tierra de un futuro próximo, en la cual Norteamérica ha sido balcanizada en docenas de estados independientes, en donde la cultura ha sido extrañamente vulgarizada y el caos es la norma feliz, se enfrenta a una sorprendente misión que la hace ir de un lado para otro bajo unas órdenes aparentemente absurdas. De Nueva Zelanda al Canadá, de uno a otro de los nuevos estados desunidos de América, mantiene ingeniosamente su equilibrio con rápidas y expeditivas soluciones, de una calamidad y embrollo a otro. Desesperada por la identidad y las relaciones humanas, nunca está segura si se halla un paso por delante, o un paso por detrás, del definitivo destino de la raza humana. Porque Viernes es una Persona Artificial… la mayor gloria de la ingeniería genética.
Una de las mejores obras de Heinlein, lo cual es lo mismo que decir una de las mejores de toda la ciencia ficción…

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— ¿De veras lo hice?

— Tú y el doctor Perreault. Saliendo del Canadá Británico como el capitán y la señora Tormey, y usando sus tarjetas de crédito y solicitando cartas de turista con sus nombres.

Los dos dejasteis un rastro que «probaba» que los Tormey habían salido del país inmediatamente después de que el teniente Dickey desapareciera. Esto funcionó tan bien que la policía perdió varios días intentando rastrear a los sospechosos en la Confederación de California… y acusando de ineficiencia a sus colegas de la Confederación por su falta de éxito. Pero en cierto modo me siento sorprendido de que los Tormey no fueran arrestados en su propia casa, puesto que mi agente no tuvo grandes dificultades en entrevistarse con ellos allí.

(Yo no. Si se presenta algún policía… ¡zas! al Agujero. Si no es un policía y satisface a Ian, todo está bien…).

— Jefe, ¿mencionó tu agente en Winnipeg mi nombre? Mi nombre «Marjorie Baldwin», quiero decir.

— Sí. Sin ese nombre y una foto tuya, la señora Tormey nunca lo hubiera dejado entrar.

Sin los Tormey yo no hubiera tenido los datos necesarios para seguir tu más bien elusivo rastro. Nos beneficiamos mutuamente. Ellos te ayudaron a escapar; nosotros les ayudamos a escapar, después de decirles… después de que mi agente les dijera… que estaban siendo buscados activamente. Un final feliz.

— ¿Cómo los localizaste?

— Viernes, ¿deseas realmente saberlo?

— Hum, no. — (¿Por qué debería saberlo? Si el Jefe hubiera deseado revelarme el método, me lo hubiera dicho. «Quien gobierna descuidadamente hunde su barco». El Jefe no es de esos).

El Jefe salió de detrás de su escritorio… y me quedé asombrada. Normalmente no se mueve de allá, y en su antiguo despacho su ubicuo servicio de té estaba a su alcance en el escritorio. Ahora salió rodando de él. Nada de bastones. Una silla de ruedas motorizada. La condujo hasta una mesita auxiliar, empezó a trastear con el servicio del té.

Me puse en pie.

— ¿Puedo ayudar?

— Gracias, Viernes. Sí. — Se apartó de la mesita auxiliar, rodó de vuelta a su lugar detrás del escritorio. Yo me hice cargo, dándole la espalda… lo cual era precisamente lo que necesitaba.

No hay ninguna razón para sentirse sorprendida cuando un impedido decide sustituir unos bastones por una silla de ruedas a motor… es simple eficiencia. Excepto que él era el Jefe. Si los egipcios de Gizeh se despertaran una mañana y descubrieran las pirámides vueltas boca abajo y la esfinge con una nueva nariz, no se sentirían más asombrados que yo en aquel momento. Se supone que algunas cosas — y alguna gente — no cambian nunca.

Tras servirle el té — leche caliente, dos terrones — y ponerme el mío, me senté de nuevo, recuperando la compostura. El Jefe utiliza lo más avanzado de la tecnología junto con unas costumbres completamente pasadas de moda; nunca le he visto pedirle a una mujer que haga algo por él, pero si hay una mujer presente y se ofrece a servir el té, por supuesto que aceptará encantado y convertirá el incidente en una pequeña ceremonia.

Charlamos de otros asuntos hasta que los dos terminamos nuestras tazas. Volví a llenar la suya, yo no tomé más; seguimos con lo nuestro.

— Viernes, cambiaste de nombre y de tarjetas de crédito tantas veces que siempre estábamos un salto detrás de ti. No hubiéramos podido seguirte la pista hasta Vicksburg de no habernos sugerido tus avances algo de tu plan. Aunque mi práctica es no interferir con un agente no importa cuán de cerca esté siendo observado, te hubiera impedido ir río arriba… sabiendo que aquella expedición estaba condenada…

— Jefe, ¿qué era esa expedición? Nunca me creí ni la letra ni la música.

— Un golpe de estado. Un torpe golpe de estado. El Imperio había tenido tres Presidentes en dos semanas… y el último no era mejor ni tenía más posibilidades de sobrevivir que los otros. Viernes, una tiranía bien llevada es una base mejor para mi trabajo que cualquier forma de gobierno libre. Pero una tiranía bien llevada es algo tan escaso como una democracia eficiente. Para resumir… te escapaste de nosotros en Vicksburg porque te movías sin ninguna vacilación. Estabas a bordo de aquel ejército de pacotilla y te habías ido antes de que nuestro agente en Vicksburg supiera que te habías enrolado. Se sintió vejado por ello. Tanto, que aún no he tomado medidas disciplinarias contra él. Es mejor esperar.

— No hay ninguna razón para tomar medidas disciplinarias contra él, Jefe. Yo me movía aprisa. A menos que me echara al aliento al cuello, de lo cual siempre me doy cuenta y tomo las medidas pertinentes, no hubiera podido atraparme.

— Sí, sí, conozco tus técnicas. Pero creo que estarás de acuerdo conmigo en que me sentía comprensiblemente irritado cuando se me informó que nuestro hombre en Vicksburg te había perdido físicamente de vista… y veinticuatro horas más tarde informa de tu muerte.

— Quizá, quizá no. Un hombre se me acercó demasiado a los talones yendo a Nairobi a principios de este año… me echó el aliento al cuello, y fue su último aliento. Si me haces seguir de nuevo, mejor advierte a tus agentes.

— No acostumbro a seguirte, Viernes. Contigo, los puntos de control funcionan mejor.

Afortunadamente para todos nosotros tu muerte fue una falsa alarma. Aunque todos los terminales de mis agentes de contacto en Saint Louis fueron intervenidos por el gobierno, seguí haciendo algún uso de ellos. Cuando tú intentaste ponerte en comunicación tres veces sin conseguirlo, lo supe inmediatamente y deduje que tenías que ser tú, y lo supe con seguridad cuando alcanzaste Fargo.

— ¿Por qué en Fargo? ¿El artista en transformaciones?

El Jefe hizo como que no había oído.

— Viernes, debo volver al trabajo. Completa tu informe. Hazlo brevemente.

— Sí, señor. Abandoné ese barco de excursionistas cuando entramos en el Imperio, seguí hasta Saint Louis, encontré tus códigos de contacto intervenidos, visité Fargo como has dicho, crucé al Canadá Británico a veintiséis kilómetros al este de Pembina, crucé hasta Vancouver y de vuelta a Bellingham hoy, luego me puse en contacto contigo aquí.

— ¿Algún problema?

— No, señor.

— ¿Algunos nuevos aspectos de interés profesional?

— No, señor.

— A tu conveniencia, graba un informe detallado para posterior análisis. Puedes suprimir los hechos que no creas pertinentes. Enviaré a buscarte en cualquier momento dentro de las próximas dos o tres semanas. Empezarás la escuela mañana por la mañana. A las nueve en punto.

— ¿Huh?

— No gruñas; no es adecuado en una mujer joven. Viernes, tu trabajo ha sido satisfactorio pero ya es tiempo que entres en tu auténtica profesión. Tu auténtica profesión en este estadio, debería decir quizá. Eres lamentablemente ignorante. Vamos a cambiar eso. A las nueve en punto, mañana.

— Sí, señor — (Ignorante, ¿eh? Arrogante viejo sinvergüenza. Dios, me alegra tanto verle.

Pero aquella silla de ruedas me daba escalofríos).

22

Pájaro Sands había sido un hotel de vacaciones. Está situado en un lugar en ninguna parte en la bahía de Monterrey, en las afueras de una ciudad en ninguna parte, Watsonville. Watsonville es uno de los grandes puertos exportadores petrolíferos del mundo y tiene todo el encanto de las tortas frías sin melaza. La diversión más próxima está en los casinos y casas de mala nota de Carmel, a cincuenta kilómetros de distancia.

Pero yo no juego ni estoy interesada en el sexo de alquiler, ni siquiera del tipo exótico que hay en California. No mucha gente del cuartel general del Jefe frecuenta Carmel, porque está demasiado lejos para ir a caballo más que para un fin de semana, no hay ninguna cápsula directa, y, aunque California es liberal autorizando vehículos a motor, el Jefe no permite que se empleen sus VMAs más que para el trabajo.

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