— Viernes. No.
— Eso es lo que iba a decir. — Me puse en pie.
— Adiós, señor Chambers — dijo Georges.
— ¿Hay algo malo?
— Por supuesto. Su jefe le dijo que extendiera a la señorita Baldwin una tarjeta de crédito en oro con un límite de treinta kilogramos, oro fino; no le dijo que la sometiera a un interrogatorio impertinente.
— Pero este es un requisito de rutina…
— No importa. Simplemente dígale a J.B. que ha vuelto a fallarle.
Nuestro señor Chambers encendió una luz verde.
— Por favor, siéntense.
Diez minutos más tarde nos íbamos, yo con una flamante tarjeta de crédito de color dorado buena en cualquier lado (esperaba). A cambio de ella había listado mi número de apartado de correos de Saint Louis, la dirección de mi pariente más cercano (Janet), y mi número de cuenta en Luna City con instrucciones por escrito al C. & S.A. Ltd. para que pagara cuatrimestralmente la cuenta. También llevaba un confortable fajo de oseznos y otro parecido de coronas, y un recibo por mi billete de lotería.
Abandonamos el edificio, cruzamos la esquina hacia la Plaza Nacional, encontramos un banco, y nos sentamos. Eran tan sólo las dieciocho, hacia un fresco agradable, pero el sol seguía aún alto sobre las Montañas Santa Cruz.
— Querida Viernes, ¿cuáles son tus deseos ahora? — preguntó Georges.
— Estar sentada aquí un momento y ordenar mis pensamientos. Luego me gustaría invitarte a beber algo. He ganado a la lotería; eso merece celebrarse. Un brindis, como mínimo.
— Como mínimo — aceptó —. ¿Ganaste doscientos mil oseznos por… veinte oseznos?
— Un dólar — precisé —. Le regalé el cambio.
— No importa. Has ganado aproximadamente ocho mil dólares.
— Siete mil cuatrocientos siete dólares y algunos centavos.
— No es una fortuna, pero sí una respetable suma de dinero.
— Completamente respetable — admití — para una mujer que empezó el día dependiendo de la caridad de sus amigos. A menos que me merezca algo por mi «adecuada» actuación de la última noche.
— Mi hermano Ian prescribiría un labio hinchado por esa observación. Me gustaría añadir que, aunque siete mil cuatrocientos dólares es una suma respetable, me siento sobre todo impresionado por el hecho de que, sin más bienes que un billete de lotería, conseguiste persuadir a la más conservadora entidad de crédito que te extendiera una cuenta abierta por la suma de un millón de dólares, pagaderos en oro. ¿Cómo lo hiciste, querida? Sin un parpadeo. Sin ni siquiera levantar el tono de voz.
— Pero, Georges, tú hiciste que él me extendiera la tarjeta.
— No lo creo así. Oh, intenté jugar a tu mismo juego… pero tú iniciaste todos los movimientos.
— ¡Ninguno acerca de aquel horrible cuestionario! Tú me sacaste de eso.
— Oh, ese asno estúpido no tenía ninguna razón para interrogarte. Su jefe le había ordenado ya que extendiera la tarjeta.
— Tú me salvaste. Estaba a punto de perder los nervios. Georges… ¡querido Georges!…
sé que me has dicho que no debo sentirme intranquila acerca de lo que soy… y lo estoy intentando, ¡de veras lo estoy intentando!… pero verme enfrentada a un formulario que exige saber todo acerca de mis padres y de mis abuelos. ¡es desanimador!
— No esperes sentirte bien todas las noches. Seguiremos trabajando en ello. Pero no perdiste los nervios acerca de cuánto crédito pedir.
— Oh, en una ocasión oí a alguien — era el Jefe — decir que era mucho más fácil pedir un millón de dólares que diez dólares. Así que cuando me lo preguntaron, eso fue lo que dije.
No exactamente un millón de dólares britocanadientes. Novecientos sesenta y cuatro mil, aproximadamente.
— No voy a engañarte. Cuando pasamos de los novecientos mil me quedé sin oxígeno.
Adecuada, ¿sabes a cuánto se paga un profesor?
— ¿Importa algo? Por lo que sé de la profesión, un diseño completamente nuevo de un artefacto viviente que tenga éxito puede dar millones. Incluso millones de gramos, más que de dólares. ¿Has conseguido tú algún diseño de éxito? ¿O es una pregunta impertinente?
— Cambiemos de tema. ¿Dónde vamos a dormir esta noche?
— Podemos estar en San Diego en cuarenta minutos. O en Las Vegas en treinta y cinco.
Cada uno de los dos sitios tiene ventajas y desventajas para entrar en el Imperio.
Georges, ahora que tengo dinero suficiente, voy a entrar para informar, no importa cuantos fanáticos estén asesinando oficiales. Pero te prometo solemnemente que visitaré Winnipeg tan pronto como tenga algunos días libres.
— Puede que aún sea incapaz de regresar a Winnipeg.
— O vendré a visitarte a Montreal. Mira, querido, vamos a intercambiarnos todas las direcciones que poseemos; no estoy dispuesta a perderte. Tú no sólo me has asegurado que soy humana, sino que me has dicho que soy adecuada… eres bueno para mi moral.
Ahora elige, porque voy a tomar uno de los dos caminos: San Diego y hablar espanglés, o Las Vegas y contemplar hermosas damas desnudas.
Fuimos a los dos lados, y terminamos en Vicksburg.
La frontera Texas-Chicago resultó estar cerrada a todo lo largo desde ambos lados, así que decidí intentar primero la ruta del río. Por supuesto Vicksburg es todavía Texas, pero para mis propósitos su situación como el más importante puerto fluvial justo fuera del Imperio era lo que importaba… especialmente el hecho de que era el puerto principal de los contrabandistas, en ambas direcciones.
Como la antigua Galia, Vicksburg está dividida en tres partes. Está la ciudad baja, el puerto, inmediatamente sobre el agua y algunas veces inundada, y está la ciudad alta, montada sobre un risco a un centenar de metros de altura y dividida a su vez en la ciudad vieja y la ciudad nueva. La ciudad vieja está rodeada por los campos de batalla de una guerra largo tiempo olvidada (¡pero no para Vicksburg!). Esos campos de batalla son sagrados; nada puede ser edificado en ellos. Así que la ciudad nueva está fuera de ese recinto sagrado, y los enlaces entre ella y la ciudad vieja se realizan por un sistema de túneles y tubos. La ciudad alta está unida a la ciudad baja mediante escaleras mecánicas y funiculares.
Para mí, la ciudad alta es únicamente un lugar para dormir. Tecleamos nuestra inscripción en el Vicksburg Hilton (gemelo del Bellingham Hilton incluso en el Desayunos Bar en el sótano), pero mis asuntos estaban abajo en el río. Fue un momento triste-feliz, puesto que Georges sabía que yo no iba a dejarle venir hasta más lejos conmigo y había dejado de discutir al respecto. No le permití que viniera conmigo a la ciudad baja… y le advertí que cualquier día podía no volver, podía ni siquiera tener tiempo de teclearle un mensaje para que le fuera entregado en nuestra suite del hotel. Cuando llegara el momento de saltar, saltaría.
La ciudad baja de Vicksburg es un lugar sensual y libertino, tan hormigueantemente vivo como un estercolero. A la luz del día la policía de la ciudad va por parejas; de noche dejan el lugar solo. Es una ciudad de embaucadores, prostitutas, contrabandistas, traficantes de drogas, haraganes, alcahuetes, proxenetas, mercenarios militares, reclutadores, peristas, pordioseros, cirujanos clandestinos, mirlos blancos, estafadores pequeños, estafadores grandes, drogadictos, travestís, pongan el nombre que quieran, todos ellos habitan en la ciudad baja de Vicksburg. Es un lugar maravilloso, asegúrense de efectuarse un análisis de sangre después de pasar por ahí.
Es el único lugar que conozco donde un artefacto viviente, marcado con su diseño (cuatro brazos, sin piernas, ojos en la parte de atrás del cráneo, lo que quieran) puede caminar (O reptar) a un bar, pedir una cerveza, y no recibir ninguna atención especial a sus peculiaridades. En cuanto a los de mi clase, ser artificial no significa nada… no en una comunidad donde el 95 por ciento de los residentes no se atreven a subir a una de las escaleras mecánicas que conducen a la ciudad superior.
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