Robert Heinlein - Viernes

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Viernes: краткое содержание, описание и аннотация

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Viernes es su nombre. Es una mujer. Y es un mensajero secreto. Está empleada por un hombre al que únicamente conoce como "Jefe". Operando desde y a través de una Tierra de un futuro próximo, en la cual Norteamérica ha sido balcanizada en docenas de estados independientes, en donde la cultura ha sido extrañamente vulgarizada y el caos es la norma feliz, se enfrenta a una sorprendente misión que la hace ir de un lado para otro bajo unas órdenes aparentemente absurdas. De Nueva Zelanda al Canadá, de uno a otro de los nuevos estados desunidos de América, mantiene ingeniosamente su equilibrio con rápidas y expeditivas soluciones, de una calamidad y embrollo a otro. Desesperada por la identidad y las relaciones humanas, nunca está segura si se halla un paso por delante, o un paso por detrás, del definitivo destino de la raza humana. Porque Viernes es una Persona Artificial… la mayor gloria de la ingeniería genética.
Una de las mejores obras de Heinlein, lo cual es lo mismo que decir una de las mejores de toda la ciencia ficción…

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Luego, repentinamente, en aquella mezcolanza de olores humanos, de sudor y suciedad y preocupación y miedo y almizcle y pañales sucios, un olor llegó hasta mí tan claro como el tema del Gallo Dorado en el Himno al Sol de Rimsky-Korsakov o un tema principal wagneriano en el Ciclo de los Anillos… y grité:

— ¡Janet!

Una mujer muy cargada al otro lado de la hilera se volvió y me miró, y dejó caer dos maletas y me agarró.

— ¡Marjie!

Y un hombre con una barba estaba diciendo:

— ¡Os dije que estaba en la nave! ¡Os lo dije!

E Ian dijo acusadoramente:

— ¡Estabas muerta!

Y yo extraje mi boca de la de Janet el tiempo suficiente para decir:

— No, no lo estoy. La Oficial Piloto Subalterna Pamela Heresford te envía sus más cálidos saludos.

— ¡Esa perra! — dijo Janet — Vamos, Jan — dijo Ian.

Y Betty me miró atentamente y dijo:

— Realmente es ella. Hola, chica. Dichosos los ojos. ¡Y que lo jures! — mientras Georges decía incoherencias en francés e intentaba separarme suavemente de Janet.

Naturalmente, habíamos detenido el avance de la cola. Otras personas, espantosamente cargadas y algunas de ellas quejándose, empujaron por nuestro lado, entre nosotros. Dije:

— Será mejor que avancemos de nuevo. Podemos hablar más tarde. — Miré hacia el lugar donde Pete y yo nos habíamos ocultado; no estaba. De modo que dejé de preocuparme por él; Pete es listo.

Janet parecía distinta, algo más corpulenta… hacía simplemente varios meses que no la veía. Intenté tomar una de sus maletas; no me dejó.

— Mejor ir con dos; van bien para el equilibrio.

Así que cogí una jaula para viaje con un gato dentro… Mamá Gata. Y un largo paquete de papel marrón que Ian llevaba bajo el brazo.

— Janet, ¿qué pasó con los gatitos?

— Ellos — respondió Freddie por ella — consiguieron, gracias a mi influencia, escalar excelentes posiciones con magníficas perspectivas de mejora como ingenieros de control de roedores en una gran estación ganadera en Queensland. Y ahora, Helen, por favor dinos cómo ocurre que tú, que sólo ayer, según todas las apariencias, te sentabas a la diestra del señor y dueño de una gran supernave de línea, te encuentras hoy compartiendo el destino del paisanaje en las entrañas de este cacharro.

— Más tarde, Freddie. Una vez hayamos pasado por ahí.

Miró hacia la puerta.

— ¡Oh, sí! Más tarde, con amistosas libaciones y muchas historias que contar. Mientras tanto aún nos queda pasar por Cerbero.

Dos perros guardianes, ambos armados, estaban en la puerta, uno a cada lado.

Empecé a recitar mantras mentalmente mientras charlaba tonterías de doble sentido con Freddie. Los dos maestros de armas me miraron, ambos parecieron considerar que mi apariencia no era digna de mención. Posiblemente un rostro sucio y un pelo enmarañado adquiridos durante la noche ayudaban mucho, sobre todo teniendo en cuenta que hasta entonces nunca había salido ni una sola vez de la cabina BB sin que Shizuko hubiera trabajado concienzudamente para hacerme alcanzar altos precios en la subasta social.

Cruzamos la puerta, bajamos una corta rampa, y fuimos alineados junto a una mesa situada justo al final de la rampa. Tras ella había sentados dos empleados con papeles.

Uno de ellos llamó en voz alta:

— ¡Frances, Frederick J.! ¡Adelántese!

— ¡Aquí! — respondió Federico, y avanzó junto a mí para dirigirse a la mesa. Entonces una voz detrás mío gritó:

— ¡Aquí está! — y dejé caer a Mamá Gata al suelo con excesiva brusquedad y eché a correr hacia la línea del cielo.

Fui vagamente consciente de mucha excitación detrás mío, pero no presté atención a ello. Simplemente deseaba salirme fuera del radio de acción de cualquier pistola atontadora o lazo o mortero de gases lacrimógenos lo más rápido que fuera posible. No podía superar a una pistola radar o a un rifle de proyectiles… pero esos no me preocupaban, si Pete estaba en lo cierto. Simplemente me limitaba a poner un pie delante del otro. Había un poblado a mi derecha y algunos árboles directamente delante. Por el momento llegar a los árboles parecía la mejor apuesta; seguí corriendo.

Una mirada hacia atrás me mostró que la mayor parte de mis perseguidores habían quedado atrás… lo cual no era sorprendente. Puedo recorrer mil metros en dos minutos escasos. Pero parecía que dos de ellos estaban manteniendo la distancia y posiblemente acortándola. Así que controlé mi velocidad, con la intención de golpear sus dos cabezas juntas o hacer cualquier cosa que fuera necesario.

— ¡Sigue adelante! — jadeó Pete —. Se supone que estamos intentando atraparte.

Seguí adelante. El otro corredor era Shizuko. Mi amiga Tilly.

Una vez estuve bien metida entre los árboles y fuera de la vista de la nave de aterrizaje, me detuve para vomitar. Llegaron a mi lado; Tilly me sujetó la cabeza y luego secó mi boca… intentó besarme. Aparté el rostro.

— No lo hagas, debe saber horrible. ¿Cómo conseguiste salir de la nave así? — Iba vestida con unos leotardos que la hacían parecer más alta, más esbelta, más occidental, y mucho más femenina que lo que estaba acostumbrada a ver en mi «doncella».

— No. Salí con un kimono formal con obi. Está ahí atrás, por algún sitio. Me impedía correr bien.

— Dejad de charlotear — dijo Pete irritadamente —. Tenemos que salir de aquí. — Me sujetó del pelo, me besó —. ¿Qué importa el sabor? ¡Sigamos adelante!

Así lo hicimos, permaneciendo entre los árboles y alejándonos de la nave de aterrizaje.

Pero rápidamente se hizo evidente que Tilly se había torcido un tobillo y cada vez cojeaba más. Pete gruñó de nuevo.

— Cuando tú echaste a correr, Tilly estaba apenas a medio camino del pasadizo que baja de la cubierta de primera clase. Así que saltó, e hizo un mal aterrizaje. Til, eres torpe.

— En esos malditos zapatos nipones; no proporcionan ningún apoyo. Pete, toma a la muchacha y sigue adelante; esos tipos no tienen nada contra mí.

— Y un infierno — dijo Pete amargamente —. Los tres estamos juntos en esto. ¿Correcto, señorita… correcto, Viernes?

— ¡Infiernos, sí! «¡Uno para todos, y todos para uno!» Ponte a la derecha, Pete; yo me pondré a la izquierda.

Iniciamos así una exitosa carrera a cinco piernas, no batiendo ningún récord pero sin embargo poniendo más árboles entre nosotros y nuestros perseguidores. En algún momento más tarde Pete pretendió tomar a Tilly sobre sus hombros. Nos detuvimos.

— Escucha.

Ningún sonido de persecución. Nada excepto los extraños sonidos de un extraño bosque. ¿Llamadas de pájaros? No estaba segura. El lugar era una curiosa mezcla de cosas amistosas y extravagantes… hierba que no era exactamente hierba, árboles que parecían haber sido dejados por alguna otra era geológica, clorofila fuertemente veteada de rojo… ¿o estábamos en otoño? ¿Cuánto frío haría esta noche? No parecía ser aconsejable buscar a gente durante los próximos tres días, hasta que la nave se hubiera ido definitivamente. Podíamos resistir todo este tiempo sin comida o agua… ¿pero y el frío?

— De acuerdo — dije —. A caballito. Pero nos turnaremos.

— ¡Viernes! Tú no puedes llevarme.

— Llevé a Pete la pasada noche. Díselo, Pete. ¿Crees que no puedo cargar con una pequeña muñeca japonesa como tú?

— Una muñeca japonesa, mis doloridos pies. Soy tan americana como tú.

— Más, probablemente. Porque yo no lo soy mucho. Te lo contaré más tarde. Súbete.

La llevé unos cincuenta metros, luego Pete la cargó durante unos doscientos, y así, pues esta era la noción de Pete del mitad-y-mitad. Tras una hora de esto llegamos a una carretera… simplemente un camino entre la vegetación, pero se podían ver marcas de ruedas y cascos de caballos. A la izquierda la carretera se alejaba de la nave de aterrizaje y de la ciudad, así que tomamos a la izquierda, con Shizuko caminando de nuevo pero apoyándose pesadamente en Pete.

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