Robert Heinlein - Viernes

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Viernes: краткое содержание, описание и аннотация

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Viernes es su nombre. Es una mujer. Y es un mensajero secreto. Está empleada por un hombre al que únicamente conoce como "Jefe". Operando desde y a través de una Tierra de un futuro próximo, en la cual Norteamérica ha sido balcanizada en docenas de estados independientes, en donde la cultura ha sido extrañamente vulgarizada y el caos es la norma feliz, se enfrenta a una sorprendente misión que la hace ir de un lado para otro bajo unas órdenes aparentemente absurdas. De Nueva Zelanda al Canadá, de uno a otro de los nuevos estados desunidos de América, mantiene ingeniosamente su equilibrio con rápidas y expeditivas soluciones, de una calamidad y embrollo a otro. Desesperada por la identidad y las relaciones humanas, nunca está segura si se halla un paso por delante, o un paso por detrás, del definitivo destino de la raza humana. Porque Viernes es una Persona Artificial… la mayor gloria de la ingeniería genética.
Una de las mejores obras de Heinlein, lo cual es lo mismo que decir una de las mejores de toda la ciencia ficción…

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El espectáculo era de aficionados pero alegre… algunas sátiras pero casi todo grupos cantando: Tie Me Kangaroo Down, Waltzing Matilda, Botany Bay, y, por supuesto, The Walloping Window Blind. Me gustó, pero no hubiera pensado nada más al respecto de no ser por un hombre en la segunda hilera del grupo de cantantes, un hombre que me pareció familiar.

Lo miré y pensé: Viernes, ¿te has vuelto del tipo de mujeres descuidadas y desordenadas que no pueden recordar si han dormido con un hombre o no?

Me recordaba al profesor Federico Farnese. Pero este hombre llevaba una tupida barba, mientras que Freddie se afeitaba cada día… lo cual no prueba nada puesto que había transcurrido tiempo suficiente para que a un hombre le pudiera crecer una barba y casi todos los hombres se sienten presas de la manía de dejarse crecer la barba en una u otra ocasión de sus vidas. Pero me resultaba imposible asegurarlo simplemente mirándolo. Aquel hombre no cantaba ningún solo, así que la voz tampoco ayudaba.

El olor corporal… a una distancia de treinta metros no había forma de distinguirlo de entre varias docenas.

Me sentí grandemente tentada de no ser una dama… de levantarme, caminar directamente hacia el escenario a través de la pista de baile, y enfrentarme a él: «¿Es usted Freddie? ¿No me llevó usted a la cama en Auckland el mayo pasado?» ¿Y si decía que no?

Soy una cobarde. Lo que hice fue decirle al capitán que creía haber descubierto a un antiguo conocido de Sydney entre los emigrantes y, ¿cómo podía comprobarlo? Aquello dio como resultado que escribí el nombre de «Federico Farnese» en un programa y el capitán se lo pasó al sobrecargo, el cual se lo pasó a uno de sus ayudantes, que se marchó y regresó al cabo de poco con el informe de que había varios hombres italianos entre los emigrantes pero ningún nombre, italiano o de los otros, que se pareciera vagamente a «Farnese».

Le di las gracias, y le di las gracias al sobrecargo, y le di las gracias al Capitán… y pensé en preguntar por los nombres de «Tormey» y «Perreault», pero decidí que era una locura; evidentemente no había visto ni a Betty ni a Janet… y ellas no podían dejarse barba. Había visto un rostro detrás de una tupida barba… lo cual quería decir que no había visto ningún rostro. Pon una barba tupida a un hombre, y todo lo que verás serán pelos.

Decidí que todos los cuentos de viejas acerca de las mujeres embarazadas eran probablemente ciertos.

32

Eran las dos de la madrugada, tiempo de la nave. La salida al espacio normal se había producido a su debido tiempo, aproximadamente a las once de la mañana, y las cifras de aproximación habían sido tan buenas que la Adelantado se esperaba que completara su órbita estacionaria en torno a Botany Bay a las siete y cuarenta y dos, varías horas antes de lo estimado antes de salir del hiperespacio. Aquello no me gustó porque una partida de las naves de aterrizaje a primera hora de la mañana incrementaba las posibilidades (creía yo) de que la gente estuviera merodeando por los corredores en las horas tranquilas de la noche.

No había elección. Los acontecimientos se precipitaban, no habría segunda oportunidad. Terminé los preparativos de último minuto, le di a Tilly el beso de adiós, le hice una seña con un dedo para que no hiciera ruido, y me deslicé fuera de la cabina BB.

Tenía que ir hacia proa y bajar tres cubiertas. En dos ocasiones tuve que pararme y esconderme para evitar las guardias nocturnas haciendo su ronda. En otra ocasión tuve que meterme por un corredor lateral para evitar a un pasajero, seguir hacia popa por el siguiente pasillo paralelo al eje de la nave, luego regresar hacia estribor. Finalmente alcancé el corto pasillo sin salida que desembocaba en la compuerta estanca de pasajeros de la nave de aterrizaje de estribor.

Descubrí a Mac-Pete-Percival aguardando allí.

Avancé rápidamente hacia él, sonriendo, apliqué un dedo a mis labios reclamando silencio, y le golpeé debajo del oído.

Se derrumbó al suelo, lo aparté de en medio, y me dediqué a la cerradura de combinación…..y descubrí que era casi imposible leer las marcas en el dial, ni siquiera con mi visión nocturna perfeccionada. No había ninguna luz excepto los pilotos en los pasillos, y aquel corto pasillo sin salida no tenía ninguna. Dos veces fallé la combinación.

Me detuve y pensé en el asunto. ¿Volver a la cabina BB en busca de una linterna? Yo no tenía ninguna, pero quizá Tilly si tuviera. Si no, ¿debía aguardar hasta que se encendieran las luces matutinas? Eso sería hilar demasiado fino; la gente estaría levantándose. ¿Pero tenía alguna otra elección?

Comprobé a Pete: aún sin sentido, pero su corazón latía fuerte… afortunadamente para ti, Pete; si me hubiera disparado completamente, estarías muerto. Lo registré.

Descubrí, sin excesiva sorpresa, una pluma linterna en él… su trabajo (seguirme los pasos) podía necesitar del auxilio de una linterna, mientras que la Señorita Mucho Dinero no tenía por qué preocuparse por esas cosas.

Unos segundos más tarde tenía la puerta abierta.

Arrastré a Pete a su través, cerré y aseguré la puerta, haciendo girar la rueda tanto en sentido de las manecillas del reloj como en sentido contrario. Me di la vuelta, noté que los párpados de Pete aleteaban… le di otro golpe.

Entonces siguió una tarea realmente espantosa. Pete debe pesar como unos ochenta y cinco kilos, no demasiado para un hombre. Pero son veinte kilos más que yo, y es mucho más grande. Sabía por Tom que los ingenieros estaban manteniendo la gravedad artificial a 0’97 para igualarla a la de Botany Bay. En ese momento hubiera deseado caída libre o un mecanismo antigrav, puesto que no podía dejar a Pete detrás, ni vivo ni muerto.

Conseguí echármelo encima del hombro, entonces descubrí que la mejor forma para mí de ver hacia adelante y al mismo tiempo tener una mano libre para manejar puertas y hacer frente a cualquier sorpresa que pudiera presentarse era sujetar la linterna pluma de Pete con la boca, como un cigarro. Realmente necesitaba esa luz… pero, de tener que escoger, hubiera preferido encontrar mi camino en la oscuridad, sin el inconsciente cuerpo a cuestas.

Con sólo una vuelta en falso llegué finalmente a aquella enorme cala de carga… que parecía aún más enorme con sólo el rayo de la linterna pluma cortando la total oscuridad.

No había anticipado una oscuridad total; había visualizado la nave de aterrizaje débilmente iluminada con pilotos nocturnos como la propia nave, desde la medianoche hasta las seis.

Finalmente alcancé el escondite que había detectado el día antes: el gigantesco turbogenerador Westinghouse.

Suponía que aquella enorme masa funcionaria con gas o algo parecido, o quizá a vapor… ciertamente no parecía preparada para Shipstones. Hay un montón de ingeniería obsoleta que aún resulta útil en las colonias, pero ya no es usada en ningún lugar donde las Shipstones estén disponibles. Nada de aquello me resultaba familiar pero no estaba preocupada por como funcionaba la cosa; mi interés residía en el hecho de que la mitad de aquel conjunto era algo parecido a un tronco de un cono gigantesco colocado de lado… y aquello formaba un espacio en el medio bajo la parte más estrecha del tronco de cono, un espacio de aproximadamente un metro de alto. Lo suficientemente grande para un cuerpo. El mío. Incluso para dos, afortunadamente, puesto que traía conmigo ese huésped indeseado al que no podía matar ni dejar atrás.

Aquel espacio había sido hecho aún más acogedor puesto que los hombres de la carga habían echado por encima de aquel monstruo una enorme lona embreada antes de atarlo y asegurarlo. Tuve que deslizarme entre las cuerdas de sujeción y culebrear un poco para meterme, luego sudé a chorros para arrastrar a Pete detrás de mí. Me dejé algo de su piel por el camino.

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