Los chicos, que formaban la mayor parte del público, aplaudían a los dos contrincantes sin discriminación; pero las personas mayores que se abrían camino entre los pequeños espectadores no demostraban el mismo entusiasmo. El señor Rice, entre ellos, denotaba en su rostro algo que habría removido los más recónditos sentimientos de rectitud de su hijo.
El hijo, por su parte, no ofrecía un espectáculo muy agradable a la vista. Las contusiones comenzaban a teñirse de un color violáceo subido, que formaba un brillante contraste con la tonalidad rojiza de sus cabellos, mientras la nariz sangraba copiosamente. Las magulladuras del adversario estaban en su mayor parte ocultas por la camisa, pero él también ostentaba una nariz hemorrágica que hablaba a favor de la habilidad boxística de Rice. Rice, el adulto, de pie ante su retoño, lo miró largamente en silencio ante la muchedumbre expectante que apagaba sordamente los últimos comentarios. Nada más lejos de su ánimo que hacer saber a algún otro lo que bullía en su mente, con excepción del destinatario. Después de unos minutos dijo, simplemente:
—Kenneth, es mejor que te laves la cara y las manchas más visibles de la camisa antes de presentarte ante tu madre. Hablaremos luego.
Se dió vuelta:
—Carlos, si vas con él y sigues el mismo consejo, sabré apreciarlo. Tengo el mayor interés en conocer la causa de todo este desquicio.
Los jóvenes no replicaron, pero se dirigieron hacia la laguna, sintiéndose ahora arrepentidos. Bob, Norman y Hugh los siguieron. Bob y Hugh habían preámbulos del combate, pero no tenían la intención de hablar ni una palabra hasta que los actores principales hubieran decidido lo que los había que decir.
El señor Kinnaird conocía suficientemente a su hijo y a sus amigos como para adivinarlo, por eso se mantuvo sereno mientras caminaba alrededor del tanque, acercándose a los espectadores del incidente.
—Tengo en el jeep un pan de jabón les dijo; si alguno de ustedes me hace el favor de llevar esta cuchilla circular al aserradero voy a traerlo. —Sopesó el instrumento que tenía en sus manos y se lo alcanzó a Colby quien, inadvertido, se apartó automáticamente hacia un costado. Pero éste se recobró al instante, introdujo un dedo en el hueco que había en el centro del filoso acero y se encaminó hacia lo en alto de la colina mientras el señor Kinnaird doblaba la esquina en dirección a su coche. Los muchachos aceptaron el jabón con agradecimiento, particularmente Rice, que había estado imaginando la reacción de su madre si veía las manchas de sangre de su camisa.
Media hora después imaginaba su reacción cuando viera sus ojos rodeados de un círculo negro. Sus dientes continuaban milagrosamente adheridos a las encías, pero Norman y Roberto, que le prestaban los primeros auxilios, estaban de acuerdo en que pasaría bastante tiempo antes de que la gente dejara de preguntarle qué le había pasado. Bajo ese aspecto…Teroa se hallaba en mejores condiciones; su rostro había recibido un solo impacto y la hinchazón desaparecería en un par de días.
Toda animosidad se había desvanecido entre los combatientes; mientras se limpiaban y curaban las heridas se pedían mutuamente disculpas. Hasta Norman y Roberto se divertían al verlos descender amistosamente al encuentro del señor Rice.
Hay comentó, finalmente:
—Le dijimos al Pelirrojo que se la había buscado.
Espero que todo esto no lo perjudique demasiado. Los curiosos tardarán en olvidar el espectáculo, desgraciadamente.
Roberto coincidía:
—Le salió mal la intromisión. Y el pobre Carlos parecía tan apabullado.
—Yo no oí el cambio de palabras. ¿Así que Carlos no se embarca? ¡Qué fastidiado estará!
Roberto pensó que era preferible ignorar lo acaecido.
—Las cosas pasaron demasiado rápido —dijo— no hubo tiempo para explicaciones. Y no me, parece bien tocar el tema por ahora. ¿Volvemos y esperamos?
—¿Para qué?. Además, mi acuario está sin enrejado, todavía. He perdido mucho tiempo con nuestro bote. ¿Vayamos, más bien, a ocuparnos de esto? No necesitamos el bote, por el momento; mi enrejado ya está hecho y ahora podemos nadar desde la playa.
—Roberto dudaba. Prefería ir al consultorio y ponerse otra inyección —aunque no era demasiado optimista y más bien esperaba un fracaso—, pero no sabía cómo hacer para desembarazarse de su amigo sin despertar sus sospechas.
—¿Qué hay de Hugh? —preguntó—. Fué a entregar la cuchilla al aserradero y no regresó todavía. Quizá tenga ganas de venir con nosotros.
—Habrá encontrado algo que hacer por allá arriba. Si no quieres acompañarme al acuario, iré solo. ¿Tienes algún compromiso?
—Acabo de acordarme de algo. Es mejor que me ocupe de ello.
—Perfectamente. Te veré luego.
Hay descendió por el camino, detrás de los protagonistas de la pelea que aún se hallaban al alcance de la vista, sin echar una sola mirada hacia atrás; Roberto, en cambio, desconfiando de los otros, se dirigió por la costa hacia el muelle principal. Caminaba despacio, reflexionando; pero no profería una palabra y el Cazador se guardaba de molestarlo. O, quizá, se entregaba a sus propios pensamientos.
Contornearon la ruta que pasaba delante de la casa de Teroa y en esa esquina doblaron para ir a reunirse con el médico. Aquí sus planes sufrieron una interrupción: el doctor había dejado aviso de que se hallaba ausente por motivos profesionales.
La puerta nunca estaba cerrada con llave y Roberto lo sabía. Después de considerarlo un momento, la abrió y se introdujo en el consultorio. El podía esperar y el doctor estaba moralmente obligado a volver sin tardanza. Estaban, además, los libros que no había estudiado y podían ser de gran interés y utilidad para él. Recorrió los estantes de la biblioteca escogió algunos títulos prometedores y se preparo para la lectura.
La ocupación no era nada sencilla: se veía ante una acumulación de términos técnicos para uso de profesionales. Roberto no tenía nada de estúpido; carecía, simplemente, de los conocimientos indispensables para interpretar la mayor parte de lo que allí se decía. Su mente fantaseaba y se iba lejos de lo que el material impreso le brindaba.
Naturalmente, sus pensamientos convergían en los inusitados acontecimientos de esa tarde. Muchos de ellos tenían que ver con su problema. No le había preguntado formalmente al Cazador cuáles eran sus conclusiones después de la noche transcurrida y qué opinaba de las fuertes sospechas que él y Seever abrigaban sobre Hay y Rice. Aprovechó la ocasión para interrogarlo.
—He evitado criticar tus esfuerzos —replicó el Cazador—, ya que considero que debes tener razones para llegar a esas conclusiones. Prefiero no decirte lo que pienso de Rice y Hay, ni de los otros muchachos; tú podrías desmoralizarte si tus ideas no coinciden con las mías y, en tal caso, tendrías derecho a pensar que debo arreglármelas solo.
Hablaba en forma indirecta, pero Bob sospechó que el simbiota no estaba de acuerdo con sus ideas. No podía darse cuenta por qué diferían, ya que el razonamiento lógico seguido —por el doctor y por él parecía correcto; pero tenía, por otra parte, la seguridad de que el Cazador conocía la criatura que se hallaban buscando, con mucha más profundidad que ellos, aunque pasaran sus vidas dedicados a aprender todo lo relacionado con la raza del simbiota.
—¿Dónde estaría el error?. En realidad, no habían extraído verdaderas conclusiones… ellos conocían sus limitaciones y sólo hablaron de probabilidades. Si el Cazador hacía objeciones a las mismas, sería porque estaba ya seguro de algunas cosas.
—No tengo ninguna seguridad —fué la respuesta, cuando Bob expuso sus conjeturas al detective.
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