Bob se echó hacia atrás en el asiento para seguir pensando. Su meditación fué fructífera, ero esta vez no pudo comunicarle sus ideas al Cazador pues oyó los pases del doctor en el porche de la entrada. Bob se levantó. Estaba muy nervioso. Apenas el doctor atravesó la puerta, le dijo:
—¡Puede permitirle a Carlos viajar mañana! Además, creo que también podemos descartar al Pelirrojo.
CAPITULO 18 — ELIMINACIÓN
El doctor se detuvo al escuchar el tono excitado de la voz de Bob; luego, terminó de cerrar la puerta detrás de él y se dirigió hacia su asiento acostumbrado.
—Me alegro de saberlo —dijo—. Yo también tengo algunas noticias. Pero primero quisiera escuchar algunos detalles. ¿Acaso el Cazador ha realizado investigaciones por su cuenta?
—No. Son comprobaciones mías… Algo que vi. Sólo ahora comprendo su significado. Carlos y el Pelirrojo tuvieron una pelea cerca del tanque nuevo. Comenzó cuando el Pelirrojo se burló de él, al enterarse de que había postergado su partida… Supongo que acababa de salir de su consultorio. Se enredaron con todas sus ganas. No escatimaron golpes; Rice quedó con los ojos en compota y, cuando los separaron, les chorreaba sangre de las narices a más no poder.
—¿Y tú atribuyes semejante despliegue de magulladuras a la ausencia del simbiota? Yo creía que ya habíamos dado por sentado que el fugitivo se refrenaría en casos como éste y dejaría correr la sangre para no traicionarse. En tal caso, tu historia no probaría absolutamente nada.
—No me ha comprendido, doctor. Ya sé que una cortadura o un rasguño podrían probar algo en ese sentido pero ¿no acierta a ver la diferencia que existe entre ese tipo de heridas y una hemorragia por la nariz?. En una hemorragia no existe una herida exterior, visible; no sería raro que a un individuo le dieran un sopapo en la nariz y luego no perdiera sangre. Estos dos muchachos eran verdaderas canillas. ¡Si el fugitivo estaba dentro de uno de ellos, debía haber detenido la hemorragia!
Se produjo un silencio. El doctor consideraba esta última hipótesis.
—Sin embargo, aún puede hacerse una objeción —dijo finalmente—. ¿Y si el enemigo ignorara que un golpe en la nariz no produce, necesariamente, una hemorragia? Después de todo, él carece de la experiencia humana suficiente como para saberlo.
—También lo pensé —contestó Bob triunfante—. ¿Cómo es posible que sea tal cual es y se encuentre tan bien escondido si no sabe estas cosas? No hay duda que conoce perfectamente las causas de una hemorragia nasal. Aún no he conversado de esto con el Cazador pero parece bastante probable. ¿Qué opinas, Cazador?
Aguardaba la respuesta, al principio completamente confiado y luego algo dudoso, al ver que el simbiota pensaba demasiado en las palabras con que le contestaría.
—Creo que tienes razón —replicó finalmente.
Yo no había considerado una posibilidad semejante y, probablemente, nuestro enemigo tampoco; pero aun en ese caso debería haber comprobado que no había peligro alguno en detener la hemorragia en cualquier momento. A los muchachos que disputaron, la hemorragia les duró bastante tiempo y no cedía, a pesar del agua fría que les aplicaron y de los demás remedios. Bien pensado, Bob. Por mi parte, yo descartaría a esos dos.
Bob repitió estas palabras al doctor Seever, quien recibió la información con un grave movimiento de cabeza.
—También tengo un candidato para ser eliminado —contestó—. Dime, Bob, ayer Ken Malmstrom te llamó la, atención, ¿verdad?
—Si… Un poco. Parecía desganado para trabajar en el arreglo del bote, pero supuse que sería a causa de la partida de Carlos.
—¿Cómo estaba hoy?
—No sé. No lo he visto desde que salimos del colegio.
—Claro que no lo viste —dijo Seever secamente—. Tampoco fué a la escuela. Esperó tener una fiebre altísima para decir a sus padres que no se sentía bien.
—¿Qué…?
—Tu amigo tiene malaria y quisiera saber adónde diablos se la contagió.
El doctor fijaba su mirada en Bob, como si éste fuera el responsable.
—Hay muchos mosquitos en la isla —observó el joven, incómodo ante esa mirada.
—Ya lo sé, aunque hasta ahora nos defendemos bastante bien… Pero ¿dónde se habrán infectado esos insectos? Siempre reviso a todas las personas que se van de la isla o que llegan; la tripulación del buque-tanque… algunos de ellos bajan a la isla y pasan aquí cortos lapsos. Pero tengo la seguridad que no son ellos los portadores: conozco perfectamente sus historias clínicas. Tú has permanecido fuera de la isla un tiempo suficientemente largo como para contagiarte la enfermedad, pero tampoco eres tú el contaminador… a menos que el Cazador esté cultivando los microbios— en tu sangre para divertirse un poco.
—¿Es una infección producida por un virus? —preguntó el Cazador.
—No. Es causada por un flagelado… un protozoario. Mire estas microfotografías —dijo el médico abriendo un libro—. Quiero que me diga, Cazador, si en la sangre de Roberto hay organismos semejantes.
La repuesta fué muy rápida.
—En este momento no los hay, pero ya no recuerdo todos los tipos de microorganismos que destruí hace algunos meses. Usted debe saber si Bob tuvo alguna vez síntomas de la enfermedad. Su propia sangre, doctor, contiene innumerables microbios que tienen un aspecto parecido al de estas figuras. Pude comprobarlo ayer, cuando entré en contacto con usted. Pero las fotografías no bastan para asegurar si eran o no idénticos. Me agradaría mucho prestarle una ayuda más activa si mi propio problema no fuera tan apremiante.
—Bob —dijo el doctor, después de recibir el mensaje—, si tú no vas, junto con tu invisible amigo, a la Facultad de Medicina, una vez que él haya resuelto su problema, serás un traidor a la civilización. No me gusta nada lo que acaba de insinuar el Cazador, pero no puedo negar nada sin realizar los ensayos pertinentes. En eso consiste mi trabajo. Lo que yo quería decir era que el fugitivo no puede hallarse en el cuerpo de Malmstrom; todo lo que has dicho acerca de la hemorragia nasal vale doblemente para las enfermedades infecciosas. No es posible sospechar de una persona porque no se encuentre enferma; el amigo de ustedes debe saberlo.
Después que el médico hubo pronunciado esta última frase, se produjo un silencio que denotaba amplia aceptación. Fué Bob quien lo rompió diciendo:
—Quiere decir que ahora los que encabezan nuestra lista de sospechosos son Norman y Hugh. Esta tarde hubiera dicho que era Norman; pero ahora no estoy seguro.
—¿Por qué no?
El joven repitió las palabras que el Cazador le dijera minutos antes. El doctor se, encogió de hombros.
—Si tiene sus propias ideas y no nos las comunica Cazador, es porque sólo desea que trabajemos en base a nuestras hipótesis —dijo.
—Exactamente —observó el detective—. Ustedes dos tienen tendencia a considerarse como un sabelotodo en éste asunto. Y eso no es verdad. Estamos en el mundo de ustedes entre sus congéneres. Yo desarrollaré y pondré a prueba mis ideas, con la ayuda de ustedes si fuera necesario, pero quiero que procedan del mismo modo con las suyas. Si se dejarán influir por mis opiniones, no lo lograrían.
—Estoy de acuerdo —opinó Seever—. Muy bien, tanto Bob como yo deseamos que usted realice una comprobación personal en Norman Hay, cuanto antes. El otro candidato de nuestra lista siempre parece el menos probable. Si esto fuera una novela policial, le aconsejaría que se ocupara de él en primer lugar. Roberto puede conducirlo hasta la cercanía de la casa de Hay, tal como planeamos anteriormente, para que usted investigara esta noche.
—Olvida su propia objeción: que debo estar preparado para actuar, en caso de que encuentre allí a nuestro enemigo —respondió el detective—. Creo que será mejor continuar los experimentos con las drogas mientras Roberto, usted y yo, seguimos alertas.
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