Hal Clement - Persecución cósmica

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Persecución cósmica: краткое содержание, описание и аннотация

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Un detective alienígena sigue el rastro de un malvado asesino de su misma raza; durante su persecución, se estrella junto a una isla solitaria de la Tierra de 1949. Estos seres necesitan de otra raza para ocupar sus cuerpos, ya que no poseen uno propio. Nuestro “héroe” consigue encontrar un anfitrión: el cuerpo de un joven que vive en la isla.

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—Es perfectamente plausible —admitió el Cazador.

Roberto trasmitió este comentario, como había hecho con todos los demás y agregó una opinión personal:

—Si esta criatura penetró en el cuerpo del pelirrojo la tarde que presumimos, no estaría vinculada a los hechos que ocurrieron en el muelle unos minutos después. Primeramente, tardaría varios días para aclimatarse y poder asomarse al exterior, como ocurrió con el Cazador; y segundo, no tenía motivos para realizarlo, pues no creo que sospeche la presencia del Cazador dentro de mi organismo.

—Es posible, Roberto; pero lo sucedido en el muelle puede haber sido, en realidad, un accidente. Todas las peripecias que les están ocurriendo a ti y a tus amigos no pueden haber sido planeadas. Los conozco desde que vinieron al mundo y si alguno me hubiese comentado antes que ustedes la situación, hubiese declarado que las cosas que están sucediendo no me sorprendían en absoluto. Todos lo chicos de la isla se caen y se hacen tajos y contusiones todos los días; lo sabes tan bien como yo.

Bob tuvo que admitir este razonamiento.

—Ken hizo naufragar el bote esta vez —dijo— y no veo qué puede tener en común con nuestro problema.

—Tampoco yo, por el momento, pero lo recordaremos. Así que, en la actualidad, el joven Rice es quien concentra el mayor número de datos. ¿Qué hay de los demás? ¿De Norman Hay, por ejemplo? No se me borra de la cabeza desde que viniste a verme me hiciste aquel relato estrafalario.

—¿Qué piensa usted?

—Como tengo algo en el cerebro, ahora veo el motivo de tus averiguaciones acerca de los virus. Y se me ha ocurrido que Hay pudo tener motivos similares para consultarme; como recordarás, se llevó un de los libros que yo te hubiese prestado. Admito que su interés repentino por la biología pudo ser espontáneo, pero también pudiera haber disimulado, como tú. ¿Qué opinas?

Roberto hizo un movimiento afirmativo:

—Hay que meditarlo. Hay tenía muchas oportunidades de encontrarse con nuestro enemigo; a menudo estaba en el arrecife, ocupado en su acuario experimental. No sé hasta qué punto trabajaba desinteresadamente, pero todo puede ser. También se ofreció para investigar en mi compañía cuando imaginamos la probabilidad de descubrir gérmenes de enfermedad en su acuario.

El doctor alzó las cejas en señal de interrogación y Roberto se enfrascó en una prolija descripción de lo ocurrido.

—Roberto —dijo el médico después de escucharlo atentamente—, yo sabré más en materia de ciencia, pero reconozco que los datos registrados por tu memoria serían suficientes para esclarecer el problema si pudiese jerarquizarlos convenientemente. Lo que acabas de referir es endemoniadamente importante. Significaría, nada menos, que Norman está en comunicación con su huésped como tú lo estás con el Cazador. Lástima haberlo supuesto sin poner a prueba alguno de los factores decisivos. La criatura puede también haber fabricado una historia para conquistarse la simpatía de Hay.

Al llegar aquí se le cruzó al doctor Seever, por primera vez, el pensamiento de que el Cazador podía haber procedido de la misma manera; como Roberto, tuvo la suficiente presencia de ánimo como para no dejarlo traslucir; y, como Roberto, resolvió comprobarlo en la primera ocasión.

—Me imagino que Norman, como los otros, andaba rondando el muelle ese día, así que tuvo las mismas oportunidades que los otros —prosiguió el doctor después de una pausa imperceptible—. ¿No recuerdas nada especial acerca de él, a favor o en contra? ¿Nada por el momento? Hugh Colby pertenece al grupo de ustedes y ya lo tenemos en cuenta; pero no olvidemos que hay muchos en la isla que trabajan o van en busca de entretenimiento al arrecife.

—Descontemos a los trabajadores —dijo Bob—, y a los más chicos porque nunca están en ese lado de la isla, por lo menos con la asiduidad que vamos nosotros. Bueno, convengamos en ello por el momento, y pensemos en Colby. Yo no lo conozco suficientemente, no creo haber cambiado con él más de dos palabras. Profesionalmente nunca se ha dirigido a mí y, exceptuando la vacuna, nada he tenido que hacer con él.

—Así es Hugh, en efecto —dijo Roberto—. Nosotros le hemos oído más de dos palabras, pero no muchas más. Es lacónico y se coloca siempre en segundo plano. Sin embargo, es rápido para pensar. Se ocupó de la cabeza del pelirrojo antes de que ninguno de nosotros se diera cuenta de lo sucedido. También se hallaba en el puerto, por supuesto, pero no recuerdo nada más acerca de él. Esto no me sorprende; suele pasar inadvertido, pero es una excelente persona.

—Entonces nos dedicaremos a Rice, a Hay, y más especialmente a Carlos Teroa. No sé hasta qué punto se han aliviado tus preocupaciones, pero yo he aprendido muchas cosas. Si recuerdas algún otro dato vuelve y charlaremos nuevamente. No creía que fuéramos a vernos otra vez hoy y ya hace varias horas que te coloqué la última inyección; es muy probable que ya se haya eliminado.¿No convendría que probáramos la siguiente?

Roberto aceptó de buen grado y el experimento se repitió en la misma forma. Los resultados fueron idénticos; solamente comentó el Cazador que la nueva droga era más «sabrosa» que la anterior.

CAPITULO 17 — EL ARGUMENTO

El miércoles por la mañana Roberto partió hacia la escuela más temprano y recibió otra inyección, antes de entrar en ella. Ignoraba en qué momento se presentaría Teroa en busca de sus municiones y prefería no encontrarse con él; se demoró, pues, lo menos que pudo en el consultorio del doctor. La jornada escolar transcurrió como de costumbre —al terminar las clases, los muchachos decidieron postergar su trabajo en el bote y visitar una vez más el nuevo tanque. Malmstrom no los acompañó—, se apartó de ellos, sin mayores explicaciones, y Bob lo vió alejarse con gran curiosidad. Sintió la tentación de seguirlo pero no encontró ninguna excusa aceptable; se propuso entonces observar a Rice y a Hay, que encabezaban la lista de los sospechosos.

La construcción, al parecer, no avanzaba rápidamente. Las grandes paredes de hormigón no sólo no se apoyaban en la ladera, sino que, además, el piso del tanque estaba emplazado a unos cinco metros de la base de la colina. Esto obligaba a utilizar soportes de mayor longitud que los previamente calculados y era preciso, entonces, efectuar los empalmes necesarios. Además, debido a la inclinación de la ladera, cada soporte tenía una longitud diferente; y el señor Kinnaird se veía obligado a desplegar una gran energía y una constante actividad. Y se lo veía permanentemente en movimiento, dirigiéndose de uno a otro lado, llevando una regla en una de sus manos y sacando del bolsillo a cada instante una cinta para medir. Desde una pila de materiales, pesados tablones eran trasladados al pie del muro. Roberto, indiferente a las astillas, y Colby, provisto de un par de guantes de trabajo, prestaban ayuda. Hay y Rice alzaron unas llaves inglesas y el persuasivo pelirrojo obtuvo permiso para ajustar las tuercas del furgón que conducía la mezcla desde las máquinas hasta lo alto de la colina donde realizaban el emplazamiento de los moldes. Estos furgones se deslizaban sobre unos andamios y una gran parte de su recorrido transcurría a gran distancia de la tierra firme. Ninguno de los dos muchachos era sensible al vértigo y como algunos de los obreros eran propensos a sufrirlo, se dejaron reemplazar con agrado. El andamiaje era suficientemente sólido como para que el peligro de una caída quedase reducido a un mínimo.

El revestimiento de la pared que miraba al sur no había concluido aún y no se permitió a los jóvenes amigos que intervinieran en esta actividad; solamente se autorizó a Roberto para que fuese hasta el muelle en busca de una mayor cantidad de fluido protector. Este material debía mantenerse lejos del teatro de acción por su propiedad de polimerizarse a la temperatura ordinaria, aun en presencia del inhibidor. La reserva se almacenaba en una cámara refrigeradora próxima a la diminuta planta de cracking. El trayecto duró apenas dos o tres minutos, pero el muchacho tuvo que esperar cerca de media hora hasta que el recipiente que llevaba fuese limpiado a fondo y vuelto a llenar; el residuo que podía quedar del contenido anterior originaría inconvenientes. No se conocía solvente alguno capaz de removerlo, una vez endurecido; se disolvería el metal del tambor antes de llegar a quitarlo.

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