Mucha conversación y poco trabajo hubo durante esa media hora. Teroa se explayaba sobre sus provectos futuros con lujo de detalles, interrumpido de vez en cuando por las observaciones de Hay y de Colby. Roberto, molesto porque recordaba las intenciones del doctor, no hablaba casi: no hacía más que repetirse por lo bajo que, con ese plan, se procuraba favorecer a Teroa. Rice se había visto obligado a silenciar sus baterías desde el primer intercambio y el mismo Malmstrom estaba menos charlatán que de costumbre. Roberto atribuyó su laconismo a la impresión que debía causarle la próxima partida de su amigo, de quien era más íntimo que de cualquier otro de los camaradas. Como para confirmarlo, cuando Teroa desamarró su bote, Malmstrom, lo acompañó y pidió a Colby que le llevase la bicicleta hasta su casa desde el sitio en que la había dejado, entre la ensenada y el camino.
—Carlos dice que vayamos adonde está el lanchón y le pidamos que nos remolque hasta los campos de cultivo. Quiere ver a los muchachos del lanchón y volver luego a la colina del tanque y saludar a los compañeros de allá. Yo lo acompaño, y regresaré a casa caminando. Puede ser que llegue tarde.
Colby asintió y partieron los dos, remando con fuerza para salir de la laguna e interceptar el paso del lanchón basurero que efectuaba en esos momentos una de sus periódicas giras por los tanques. Los otros se quedaron mirando silenciosos.
—Resulta divertido despedirlo, pero es una lástima que se vaya —dijo Rice por fin—. Pero vendrá a vernos lo más a menudo que pueda. ¿Regresamos al bote?
Hubo un murmullo de aquiescencia, pero el entusiasmo por el trabajo se había disipado por el momento. Insistieron un rato todavía, nadaron otra vez, aserraron un par de tablones y, cosa extraña, sorprendieron a sus padres llegando a sus casas con bastante anticipación, antes de la hora de comer.
Roberto no se puso a estudiar después de la cena sino que volvió a salir. A su madre que, por costumbre, le preguntó adónde iba le contestó que «bajaba a la villa». Era verdad, en cierto modo, y no deseaba alarmar a sus padres informándoles que intentaba ver al doctor Seever. El médico no quería inocular la droga siguiente hasta el próximo día y Roberto, en realidad, nada especial tenía que contarle; pero estaba inquieto, sin saber exactamente por qué. El Cazador era un buen amigo digno de confianza, sin duda, pero no siempre era fácil conversar con él; y Roberto necesitaba hablar.
El doctor lo recibió ligeramente sorprendido.
—Buenas tardes, Roberto. ¿Te impacientas y quieres que experimentemos sin demora, o me traes algunas noticias? ¿O, simplemente, te sientes sociable? Sea lo que sea, bienvenido.
Cerró la puerta detrás de su joven visitante y le señaló una silla.
—No sé exactamente por qué he venido, doctor. Cuando mucho, lo sé relativamente. Es por la trampa que le vamos a tender a Carlitos. Tenemos las mejores intenciones y no le molestará permanentemente, pero me siento incómodo.
—Comprendo. No creas que a mí me agrada mucho: tengo que mentir y proceder a contrapelo; voy a dar un diagnóstico falso y te aseguro que preferiría equivocarme honestamente —sonrió oblicuamente Por otra parte, no veo alternativa y en lo más profundo de mí mismo reconozco que no obramos mal. Debes estar seguro de ello tú también.
—¿Y esto es todo lo que te preocupa?
—No sé, verdaderamente —fué la contestación pero no puedo decir de qué se trata. No puedo tranquilizarme.
—Bueno, lo encuentro bastante natural; te hallas envuelto en una situación de gran tensión, mayor aún que la mía, y te interpreto, por cierto. Pero es posible que, además, te preocupe algo importante que has visto y no puedes recordar; algo cuyo significado no captaste en aquel momento, pero que se relacionaba con nuestro problema. ¿Examinaste atentamente todo lo que ha ocurrido desde tu regreso?
—No sólo esto sino todo lo que ocurrió desde el otoño pasado.
—¿Has reflexionado sobre esto o lo has discutido con tu amigo?
—He reflexionado, principalmente.
—Sin embargo, a menudo hace bien hablar; eso nos obliga, muchas veces, a poner en orden nuestros pensamientos. Podríamos también comentar los casos de los amigos tuyos para ver si tuviste en cuenta todos los datos. Hemos concentrado nuestra atención sobre el joven Teroa casi exclusivamente, me parece, y en realidad toda su culpabilidad reside por el momento en haber dormido cerca del arrecife y haber presenciado tu accidente en el muelle. Además, ya contamos con un plan de acción para acapararlo. Señalamos también un punto a favor de Malmstrom cuando se lastimó con las espinas. ¿No se ha encontrado otro dato a su favor o en su descargo? ¿El no durmió nunca por ejemplo, cerca del arrecife?
—Todos nosotros estábamos durmiendo en la playa el día que llegó el Cazador, pero ahora me doy cuenta de que ese día faltaba el Petiso. De cualquier modo, no tiene importancia. También le he dicho a usted que encontramos aquella pieza de la nave; se hallaba a una milla de la playa y aunque el Cazador no afirma lo mismo, debe haberle llevado mucho tiempo a esa criatura llegar a tierra. Debe haber atracado bastante después.
Roberto hizo una pausa y prosiguió:
—Lo único que puedo agregar sobre el Petiso es que nos dejó y partió con Carlos esta tarde después de almorzar, siempre fueron muy amigos, de modo que no vimos nada extraño en su deseo de charlar con él antes de despedirse.
El doctor desenmarañó ese discurso y asintió:
—Bien, podríamos decir que lo que has averiguado acerca del joven Malmstrom no tiene consistencia o constituye, más bien, un punto a su favor. ¿Qué sabes del pelirrojo, de Ken Rice?
—Lo mismo que de los otros, con poca diferencia: que también frecuenta el arrecife y que también se hallaba en el muelle. Nunca lo vi lastimarse, aunque… ahora que lo pienso mejor, recuerdo que se golpeó malamente el pie con un peñasco, con una rama de coral. Llevaba sus zapatos gruesos —los que usamos siempre en el arrecife— de modo que no creo que se le haya producido tajo alguno. Y, seguramente, esta contusión tampoco tiene valor para nosotros; ni esto, ni los rasguñones del Petiso.
—¿Cuándo tuvo lugar este pequeño accidente? No lo habías mencionado hasta ahora.
—Fué en el arrecife, la vez que encontramos la caja del generador. Allí, en el mismo sitio; debería haberlo recordado antes…
Roberto refirió la aventura con todos sus detalles:
—Nos callamos la boca; para decir la verdad, estuvo muy cerca de ahogarse.
—Es un relato muy interesante. Cazador, ¿tendría inconveniente en exponer una vez más las razones que tiene para sospechar de las personas que han dormido en el arrecife exterior?
El forastero captó las miradas del doctor, pero se limitó a contestar estrictamente la pregunta formulada:
—Debe haber atracado en algún lugar del arrecife; no es presumible que pudiese penetrar en un ser humano que lo hubiese visto antes; y no creo que asediase a un huésped consciente y que penetrase en él sin su consentimiento porque su obsesión debía ser, en ese momento, ocultarse sin dejar el menor rastro. Físicamente estaba facultado para hacerlo y debía querer ejecutarlo dentro del mayor secreto. Aterrorizar al huésped no le importaría mucho, pero no le convenía que alguien tuviese el deseo y la posibilidad de notificar sus andanzas, a un médico especialista, por ejemplo. Supongo, doctor, que si una porción de gelatina se hubiese introducido bajo la piel de algún habitante de esta isla usted hubiera tardado muy poco en enterarse.
El doctor asintió:
—Es lo que yo pensaba. Pero se me ocurre, al mismo tiempo, que el joven Rice pudo ser invadido fácilmente sin tener conciencia de ello mientras su pie permanecía sujeto debajo del agua. Entre el susto, la excitación y el dolor producido por el peso del cascote sobre el pie, las sensaciones derivadas de un ataque como el que presumimos podrían haber pasado inadvertidas.
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