—Me maldeciría si se llegara a propagar una epidemia de malaria, sólo por ésta —dijo el doctor—. Sin embargo, creo que usted tiene razón. Ensayaremos con otra droga… y no me diga que le agrada su sabor; es demasiado cara como para tomarla en vez de caramelos —dijo, poniéndose a trabajar—. A propósito, ¿no fué Norman quien se introdujo en el barco como polizón, hace algún tiempo?
—Sí —replicó Bob—, pero no veo su relación con lo que estábamos hablando. La idea fué del Pelirrojo y él se echó atrás a último momento, según tengo entendido.
Seever aplicó la aguja hipodérmica.
—Quizá el simbiota vivió algún tiempo en el cuerpo de Teroa y luego se pasó al de Hay. Alguna vez deben haber dormido muy cerca uno de otro, mientras estaban escondidos en el buque.
—¿Por qué iba a cambiar de ubicación?
—Pudo haber pensado que Hay tenía más probabilidades de volver pronto a tierra. Recuerda que Norman quería visitar el museo de Tahití.
—Esto significaría —anotó Bob— que estuvo con Carlos un tiempo suficiente como para aprender el idioma inglés; también se deduce de allí que el interés de Norman por la biología no tiene nada de sospechoso ya que fué anterior a su posible coexistencia con el simbiota.
El doctor tuvo que darle la razón.
—Muy bien —dijo—, no era más que una idea. No dije que tuviera plena seguridad. Es una lástima que no podamos encontrar la droga que estamos buscando. Este asunto de la malaria me daría el pretexto que necesitaría para inyectarla al por mayor, si llegara a producir una cantidad suficiente.
—Hasta ahora no hemos progresado mucho en ese sentido —observó el Cazador.
El doctor hizo un gesto.
—Y no progresaremos, tampoco. Su estructura, Cazador, es muy diferente a la de los seres terrestres. Necesitamos que nos comunique sus ideas; estamos trabajando a la buena de Dios.
—Hace mucho tiempo discutí mis ideas con Bob —replicó el Cazador—. Las he estado siguiendo hasta ahora pero, infortunadamente, conducen a un campo de posibilidades tan amplio que me asusta comenzar a comprobarlas. Por eso prefiero, agotar primero las hipótesis de ustedes.
—¿Acaso ustedes han discutido algo que aún no me han comunicado? —preguntó Seever al muchacho—. Lindo momento para enterarse de que me falta conocer algunos datos.
—No es exacto —contestó Bob, perplejo—. Sólo recuerdo haber discutido con el Cazador el método que seguiríamos en nuestra búsqueda; es decir, debíamos imaginar qué movimientos realizaría el fugitivo y, en relación a ellos, dirigir la investigación. Comenzamos a seguir sus posibles pasos y fué así como encontramos la caja del generador… Supongo que aún seguimos procediendo consecuentemente.
—Muy, bien. Haremos lo que dice el Cazador. Sus razones para no comunicarnos lo que piensa son muy comprensibles, excepto lo del campo de posibilidades tan amplio. Ese no es motivo para demorar la investigación.
—Ya la he comenzado —anotó el Cazador. Aún no he averiguado nada que merezca ser dicho. Opino que hay que observar muy de cerca a Hay y a Colby. En realidad, Rice nunca me pareció muy sospechoso.
—¿Por qué no?
—El argumento principal en su contra era que había permanecido durante un rato, completamente indefenso, cerca del lugar de la playa en que nuestra presa probablemente tocó tierra. Sin embargo, siempre pensé que el enemigo no se arriesgaría a penetrar en el cuerpo de una persona que se hallara en un peligro físico considerable, como Rice en ese momento.
—No existía peligro alguno para tu congénere, sin embargo.
—No. Pero, ¿para qué le serviría un anfitrión ahogado en esas circunstancias? No me sorprende en absoluto que el Pelirrojo sea inocente… o no se encuentre infectado, como diría el doctor Seever.
—Bueno. Investigaremos cuanto antes a los otros dos, para poder comenzar a trabajar en serio —dijo el doctor—. A pesar de todo, no me parece muy lógico lo que usted dice.
Bob sentía lo mismo pero, al mismo tiempo, estaba inclinado a confiar plenamente en el Cazador… excepto en un punto. No intentó, pues, modificar las decisiones de aquél. Salieron del consultorio del doctor cerca de la puesta del sol. Era necesario encontrar a. Hay y a Colby y observarlos cuidadosamente; nada más podía hacerse por el momento.
Se había separado de ellos en el tanque. Debían hallarse todavía allí; de todos modos, en ese lugar había quedado su bicicleta y tenía que ir a buscarla a la casa de Teroa, vió a Carlos que se encontraba trabajando en el jardín, y lo saludó. El joven polinesio parecía haber recobrado la, calma. Bob recordó que no habían decidido si lo dejarían partir. En realidad, no era necesario retenerlo ahora y esperaba que el doctor lo recordaría.
Su bicicleta estaba donde la había dejado. Las bicicletas de los otros muchachos habían desaparecido y no podía saber hacia dónde podrían haberse dirigido. Recordó que Hay deseaba trabajar en su acuario; montó pues en su bicicleta e inició la marcha por el mismo camino por donde había venido. Al pasar frente al consultorio del doctor se acercó para asegurarse de que Seever no se olvidaría de dar a Carlos la autorización para viajar; en el segundo arroyo se detuvo para mirar si estaban las bicicletas, aunque tenía casi la seguridad de que sus amigos no se hallarían trabajando en el bote. Parecía que estaba en lo cierto.
Norman había dicho que, en caso de que fueran, nadarían hasta el islote. Eso significaba que sus máquinas debían encontrarse, probablemente, en la casa de Hay, al extremo del camino. Roberto se dirigió hacia allí. La residencia de los Hay era un edificio de dos pisos, con amplías ventanas, bastante parecido a la casa de los Kinnaird. La principal diferencia consistía en que no se hallaba rodeado por la selva. Estaba situada al pie de la ladera, donde el terreno comenzaba a descender, en suave declive, hacia la playa. El suelo más arenoso no permitía que prosperasen las plantas espinosas que crecían en las zonas más altas. No obstante, había suficiente vegetación como para esparcir una agradable sombra. En la parte posterior de la casa habían construido un soporte para acomodar varias bicicletas. Fué lo primero que Bob miró. Le agradó comprobar que sus deducciones eran exactas, al menos en parte. Allí estaban las máquinas de Rice, Colby y Hay. Bob dejó la suya junto a las demás y se encaminó hacia la playa. No se sorprendió al divisar las figuras de sus tres amigos en el islote de la estrecha franja de agua en el extremo norte de la isla donde volvían a aflorar los arrecifes.
Todos miraron cuando Bob los saludó y le respondieron con movimientos de manos. Se disponía a reunirse con ellos pero le gritaron:
—¡No vale la pena que vengas! ¡Ya hemos terminado!
Bob comprendió y permaneció allí, esperando. Los otros dieron un último vistazo a su alrededor, para asegurarse de que no dejaban nada, y se lanzaron al agua. Debían pasar entre los bancos de coral, y antes de introducirse en aguas más profundas estudiaron la forma de atravesar esa zona. Minutos después llegaron a la playa, adonde Bob los aguardaba.
—¿Ya colocaste el alambre? —dijo Roberto, iniciando la conversación.
Hay asintió.
—Hemos agrandado un poco la abertura. Ahora tiene cerca de quince centímetros de diámetro. He conseguido un poco de cemento y un tamiz de cobre.
—¿Ya tienes algunos ejemplares interesantes? ¿Sigues pensando en filmar una película en colores?
—Hugh me trajo un par de anémonas. Debería estarle muy agradecido, pero me guardaré bien de tocarlas.
—Yo tampoco lo volveré a hacer —agregó Colby—. Pensaba que siempre se replegaban cuando percibían algo grande en su proximidad. Una de ellas lo hizo, pero la otra… ¡Uhh!…
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