Hal Clement - Persecución cósmica
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- Название:Persecución cósmica
- Автор:
- Издательство:Muchnik Ediciones
- Жанр:
- Год:1957
- Город:Buenos Aires
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Venían conversando pero se callaron al aproximarse a la habitación, quizás porque Bob había sido el tema de su charla o porque no querían perturbarlo Sin embargo, el joven los oyó; el repentino cese de sus pasos y el silencio posterior, le dió al Cazador la pauta de que la señora Kinnaird se había limitado a echar un vistazo dentro de la habitación de su hijo, dejando la puerta entreabierta. Un instante después el Cazador oyó que se abría otra puerta, para cerrarse en seguida.
Se encontraba tenso y ansioso. Bob se quedó dormido. El Cazador se puso inmediatamente en acción. Su masa gelatinosa comenzó a salir a través de los poros de la piel del joven, aberturas que para el simbiota resultaban tan amplias y cómodas como las salidas de un estadio de fútbol. Le costó menos aún atravesar las sábanas y el colchón y dos o tres minutos después todo su cuerpo yacía debajo de la cama del muchacho.
Se detuvo un momento para volver a escuchar y luego se deslizó hacia la puerta, extendiendo un seudópodo con un ojo en el extremo a través de la rendija de la misma. Tenía intenciones de examinar personalmente a su sospechoso, o mejor dicho, de asegurarse definitivamente, ya que tenía la certeza de la exactitud de sus conjeturas. No había olvidado el argumento del doctor, quien sostenía que era necesario posponer esa investigación hasta que el Cazador estuviera preparado para tomar medidas inmediatas en caso de que llegara a encontrar algo, pero él sabía ahora que esos argumentos adolecían de un grave error. Si las hipótesis del Cazador eran exactas, Bob debía haberse traicionado innumerables veces. No era posible demorarse más. Había luz en el vestíbulo, pero no suficientemente intensa como para molestarlo. Había adoptado la forma de una cuerda del grosor de un lápiz para deslizarse por el piso. Allí volvió a detenerse mientras analizaba los ruidos respiratorios provenientes de la habitación donde se hallaba el señor Kinnaird. Tanto él como su esposa estaban dormidos. Entró en la pieza. La puerta estaba cerrada pero eso no significaba nada para él. Aunque hubiera sido hermética, siempre le quedaba el recurso de utilizar el ojo de la cerradura.
Distinguía al señor y a la señora Kinnaird por el ritmo y la profundidad de sus respiraciones. Dirigióse sin vacilar hacia un punto situado debajo de la cama del sospechoso. Un hilo de gelatina comenzó a ascender hasta tocar el colchón y atravesarlo. El resto del informe cuerpo lo siguió, consolidándose dentro del colchón. Entonces, cuidadosamente, el Cazador localizó el pie de la persona que dormía. Su técnica se había perfeccionado y, si hubiera querido, podría haber entrado aun mas rápido que la primera vez que penetrara dentro del cuerpo de Bob, ya que ahora no necesitaba ninguna exploración previa. Sin embargo, no figuraba en sus planes realizar esta maniobra, y la mayor parte de su masa permaneció en el colchón, mientras sus tentáculos de exploración comenzaban a atravesar la piel. No fué muy lejos.
La piel humana está compuesta de varias capas distintas, pero las células que las constituyen tienen un tamaño y una estructura semejantes ya se encuentren muertas y endurecidas, como en la capa exterior, o vivas y en pleno desarrollo, como en las de más abajo. No existe normalmente una capa, ni siquiera una red discontinua de células que sean más sensitivas, móviles y de menor tamaño que las demás. Bob, por supuesto, poseía una capa semejante, ya que el Cazador se la había fabricado para satisfacer sus propósitos. El detective no se sorprendió en absoluto al encontrar un tejido semejante debajo de la epidermis del señor Arturo Kinnaird. Por el contrario, lo esperaba. Las células que rozó por su parte, sintieron y reconocieron el, tentáculo del Cazador. Por un momento, se registró en ellas un movimiento desordenado, como si la red corporal simbiota enemigo tratara de evitar el contacto del Cazador; y a lo largo de aquellas células capaces de actuar como nervios o músculos, órganos sensoriales o glándulas digestivas, se trasmitió un mensaje. No era hablado; en ese mensaje no se emplearon sonidos, ni imágenes, ni ningún otro vehículo sensorial de tipo humano. Tampoco era telepatía. En nuestro idioma no existe una palabra capaz de describir exactamente esa forma de comunicación. Era como si los sistemas nerviosos de dos seres se fusionaran durante algún tiempo, como para permitir que la sensación experimentada por uno fuera apreciada por el otro; corrientes nerviosas que establecían un puente entre los individuos, del mismo modo que lo establecían entre sus células corporales.
El mensaje fué sin palabras, pero estaba cargado de mayor sentimiento y significado que las palabras comunes.
—Me alegro de encontrarte, Matador. Lamento haber tardado tanto en encontrarte.
—Te conozco, Cazador. No precisas disculparte. Especialmente cuando hablas en tono tan jactancioso. Que me hayas encontrado no tiene tanta importancia, pero lo que me divierte extraordinariamente es que hayas demorado medio año, del tiempo de este planeta, para darme caza. ¡Cómo has cambiado! Me imagino cómo has andado arrastrándote un mes tras otro, por esta isla, entrando en todas las casas… y eso para nada, ya que ahora eres impotente contra mí. Te agradezco mucho la diversión que me proporcionas.
—Estoy seguro que te divertirá también saber que sólo te he buscado en esta isla durante siete días, y que este hombre es el primero que examino físicamente.
El Cazador era suficientemente humano como para poseer vanidad y hasta para demostrarla sin mayores ambages. Tardó un rato en darse cuenta que su enemigo no había sospechado en ningún momento de Bob, y que con su respuesta, quizás, le había suministrado demasiados datos.
—No te creo. No existen formas de investigar a distancia un ser humano. Y mi anfitrión no ha sufrido infecciones serias desde que yo he llegado. Si le hubiera sucedido algo semejante, habría preferido buscar un nuevo anfitrión antes que traicionarme ayudándolo.
—Lo creo.
Las actitudes de su enemigo producían al Cazador una viva repugnancia y un claro sentimiento de desprecio.
—Yo no me refería a infecciones y heridas graves —prosiguió el Cazador.
—Sólo he intervenido en las lesiones pequeñas, en aquellas que pasan comúnmente inadvertidas —contestó su enemigo—. Si daba la casualidad de que otro ser humano estuviera presente en momento de producírsela, no intervenía. Hasta he permitido que insectos parásitos absorbieran sangre de mi anfitrión, si había testigos.
—Ya lo sé. Y te jactas de ello.
El disgusto del Cazador iba en aumento.
—¿Lo sabes? No te gusta admitir que has sido derrotado ¿verdad, Cazador? Y ahora crees vas a poder engañarme con tus baladronadas.
—Has estado engañándote tú mismo. Ya sabía que has permitido que los mosquitos picaran a tu anfitrión cuando se hallaba acompañado y no en otros momentos; tampoco ignoraba que acostumbrabas curar levísimas heridas. Supongo que habrás obtenido algo en cambio, aunque probablemente sólo buscarás la forma de mitigar tu aburrimiento. Fué por eso que te has traicionado. Ningún ser inteligente puede estar absolutamente inactivo sin enloquecer. Fuiste bastante astuto como para ocuparte solamente de lesiones sin importancia. Sin embargo, existía una persona que, en un momento u otro, debía advertir tus actividades, las atribuyera o no a su causas verdadera. Esa persona era tu mismo anfitrión. Escuché una conversación (y a propósito, ¿no se te ocurrió aprender el idioma inglés?) donde se referían a este hombre, calificándolo de muy prudente, incapaz de arriesgarse o de arriesgar inútilmente a los miembros de su familia. Estas palabras fueron pronunciadas por un amigo que lo conoce desde muchos años. Sin embargo, lo he visto revolver a ciegas dentro de una caja llena de herramienta filosas buscando algo que necesitaba; lo he visto deslizarse sobre un tablón de madera erizado de astillas y trasportar tablas similares con sus manos o debajo del brazo, en contacto con su piel desnuda; lo he visto cortar un trozo de alambre tejido, que hubiera podido fácilmente arañar su mano desguarnecida; lo he visto tomar un hoja de cuchillo, dentada, por el lado del filo, cuando hasta un adolescente que se caracteriza generalmente por su falta de cuidado, la tomaría por el medio. Puedes haberte ocultado de la mayor parte de los seres humanos, amigo mío, pero tu anfitrión percibía tu presencia… consciente o inconscientemente. El debió advertir que nada le sucedía ante esas pequeñas distracciones, volviéndose cada vez más descuidado. Por experiencia sé que los seres humanos tienden a actuar de esa manera. También en una ocasión he oído a tu anfitrión quejarse, bromeando, delante de otras personas, de la predilección que tenían algunos insectos por su sangre. Esto no le sucedía cuando estaba solo. Ya ves que no has podido permanecer oculto. Si tratas de dominar a tu anfitrión, te traicionas; si realizas un mínimo de tu tarea, también te traicionas; y si te limitas a no hacer nada, salvo pensar durante el resto de tu vida, estarás igualmente vencido. Estabas destinado a caer en mi poder, hasta en la misma Tierra, donde carezco de colaboradores entrenados o de congéneres que puedan ayudarme. Sólo necesitaba estar en tu proximidad. En nuestro planeta hubieras tenido la oportunidad de ser recluido; aquí, la única posibilidad es destruirte.
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