Bob, que se hallaba sentado muy erguido, a la expectativa, esperando la decisión del Cazador, experimentó de pronto una insensibilización total en la región de su cuerpo situada debajo de la garganta. Trató de moverse pero descubrió que sus brazos y piernas no le respondían; era como si pertenecieran a otra persona. Esa extraña situación duró aproximadamente un minuto, aunque a la víctima le pareció que había transcurrido un tiempo mucho mayor; luego recuperó la sensibilidad, sin pasar por esa fase que esperaba, durante la cual le parecía que su carne era atravesada por agujas y alfileres.
—Muy bien —dijo al incorporarse—. ¿Te parece que estoy peor que antes?
—Aparentemente no. Has manifestado menos sensibilidad ante el tratamiento que mis antiguos anfitriones y te has recuperado más rápidamente que ellos. Pero no podría afirmar si se trata de una particularidad tuya o es una característica de tu especie. ¿Estás satisfecho?
—Creo que sí. Si eso es lo único que va a sentir papá, no tengo objeciones que formular. Sin embargo, sigo temiendo que pueda causarle la muerte, pero…
—Por supuesto, podría hacerlo si obstruyera alguna arteria importante o imprimiera una presión excesiva sobre los nervios. Sin embargo, esos dos métodos no serían tan efectivos, desde el punto de vista de nuestro enemigo, y además le llevarían más tiempo. Me parece que no debes preocuparte.
—Muy bien.
El joven salió nuevamente al camino, montó sobre la bicicleta que había dejado a un costado del mismo y prosiguió su trayecto hacia la escuela. Estaba demasiado ensimismado en sus pensamientos como para prestar atención al manejo de su bicicleta.
¿Así que si el simbiota enemigo era inteligente permanecería dentro del cuerpo del señor Kinnaird por constituir el refugio más seguro? ¿Qué haría si ese refugio perdiera de pronto su seguridad? La respuesta era obvia. El único problema radicaba en la manera de provocar una situación que fuera peligrosa para el simbiota pero no para el señor Kinnaird y ese problema parecía insuperable, al menos por el momento.
También existía otro problema que Bob evitaba cuidadosamente mencionar a su huésped; ni siquiera ahora Bob sabía con exactitud si el Cazador era en realidad lo que afirmaba ser. El joven no podía sentirse plenamente confiado al respecto ante la perspectiva, nada imposible, de haber sido engañado con una falsa historia para obtener su ayuda. Cualquier plan que Bob adoptara ulteriormente debía dar respuesta también a ese punto… una respuesta mejor que el vago experimento de unos días antes, cuando le pidiera al Cazador que lo paralizara. La actitud del detective había sido convincente, por cierto, pero… podía haber simulado. Era preciso comprobar si estaba dispuesto a mantener esa actitud en la práctica.
Bob prestó poca atención en el colegio ese día y, durante el almuerzo, su indiferencia mantuvo apartados a sus compañeros. No mejoró su disciplina durante las clases de la tarde y se le previno que debería quedarse fuera de hora para completar algunos trabajos atrasados. Sus pensamientos le exigían hallarse libre cuanto antes.
Al salir del colegio procedió sin demora. Dejó su bicicleta donde estaba y se dirigió, a pie, hacia el sur, cruzando los jardines. Tenía un doble motivo para no usar su bicicleta: no sólo le resultaría inútil para lo que proyectaba realizar, sino que eso le serviría también para que sus compañeros creyeran que regresaría muy pronto. En ese caso, evitaría alguna probable compañía.
Caminó por los senderos, entre los jardines, y cuando algunas casas lo ocultaron de la vista del colegio dobló en dirección al este. Por supuesto, no pudo evitar que algunas personas lo vieran, ya que en la isla casi todos se conocían; pero aquellos a quienes Bob saludó a su paso eran relaciones circunstanciales y no temía que se le acercaran o se interesaran por sus actividades. Veinte minutos después de haber abandonado la escuela se hallaba a una milla de aquélla, y a una distancia aproximada: igual de la costa, al sur del muelle. En ese dobló hacia el noreste, a lo largo del brazo más de la isla, y muy pronto la vegetación del cerro se interpuso entre él y las casas. Los matorrales eran tupidos pero no había árboles. Esta sección era estrecha y originariamente conducía a los campos de cultivo destinados a alimentar a los tanques.
Cuando Bob llegó a un punto que quedaba exactamente al sur de la parte más elevada de la montaña, dobló, dispuesto a iniciar el ascenso de la ladera.
Sólo pudo salir de entre las malezas al llegar a la cima del cerro. Allí buscó un lugar desde donde pudiera observar la ladera opuesta. Se hallaba muy cerca del sitio en que se acostara a dormir unas noches atrás, antes de presenciar el trabajo realizado en el tanque.
Como siempre, había gran actividad. Los hombres trabajaban, rodeados por niños llenos de curiosidad.
Bob buscó entre ellos a sus amigos y, finalmente decidió que debían haber ido a trabajar con el bote o en el acuario. No estaban allí abajo. Sin embargo, pudo ver a su padre. Bob no le sacaba la vista de encima, a la espera de la oportunidad que, con toda seguridad, se presentaría muy pronto. La pared aún no había sido terminada y era muy probable que los obreros estuvieran trabajando. Pronto necesitarían una nueva provisión de mezcla. No podía estar absolutamente seguro de que su padre iría a buscarla con el automóvil, pero había grandes posibilidades de que lo hiciera.
Su incertidumbre respecto a este asunto, afectaba notablemente a Bob; el Cazador, que se hallaba en una posición inmejorable para observar, reparó que su anfitrión era presa de gran excitación; nunca o lo había visto así, desde el día que lo conoció. La expresión de su rostro era muy seria; sus ojos no se despegaban de la escena, como si trataran de corregir o de llenar los pocos detalles de su plan que aún le faltaban precisar. No había dirigido ni una sola palabra al Cazador desde que salieron del colegio. El simbiota sentía una gran curiosidad. No cesaba éste de repetirse a sí mismo que el muchacho no era nada tonto y que su experiencia sobre la Tierra, seguramente lo capacitaba para realizar con mayor éxito que él la actividad que se proponía. El detective se había sentido muy orgulloso por haber sido capaz de elaborar una hipótesis acerca del probable comportamiento miento del fugitivo, cosa que Bob había considerado más allá de su alcance. Pero ahora debía reconocer que el joven se hallaba desarrollando pensamientos quizá más avanzados que los suyos.
De pronto, Bob comenzó a moverse, aunque el Cazador no percibía un cambio en la escena que se encontraba más abajo. Sin tratar de ocultarse descendió por la ladera. Sobre el terreno, junto a las máquinas mezcladoras, se hallaban diseminadas las camisas de los obreros; Bob, sin preocuparse de las miradas, comenzó a revisar los bolsillos de las mismas. En uno de ellos encontró una caja de fósforos. Echó un vistazo alrededor y vio al dueño de la camisa que lo miraba. Se la mostró, mientras hacía un gesto interrogante con las cejas. El hombre asintió y continuó su trabajo.
El muchacho se guardó los fósforos en el bolsillo y ascendió algunos metros, para poder ver en perspectiva la superficie interior del tanque. Allí se sentó y una vez más concentró su atención en las acciones de su padre.
Finalmente ocurrió lo que estaba esperando. El señor Kinnaird apareció llevando sobre los hombros un barril de metal y, cuando Bob se levantó para verlo con mayor claridad, desapareció por el extremo más alejado del piso del tanque, en dirección al lugar donde acostumbraba estacionar el jeep.
Bob comenzó a moverse hacia el tanque vecino, sin despegar la mirada de su objetivo. Pocos segundos después, vio aparecer el jeep manejado por su padre. Al lado de éste, a la vista, se encontraba el barril. Bob sabía hacia dónde iba; por lo menos, demoraría media hora. Desapareció en seguida debajo del tanque vecino y, debido a su ubicación no volvió a verlo mientras se alejaba.
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