Hal Clement - Persecución cósmica

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Persecución cósmica: краткое содержание, описание и аннотация

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Un detective alienígena sigue el rastro de un malvado asesino de su misma raza; durante su persecución, se estrella junto a una isla solitaria de la Tierra de 1949. Estos seres necesitan de otra raza para ocupar sus cuerpos, ya que no poseen uno propio. Nuestro “héroe” consigue encontrar un anfitrión: el cuerpo de un joven que vive en la isla.

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El Matador, muy impresionado por las palabras de su enemigo, le preguntó:

—¿Cómo podrías hacerlo? No tienes drogas capaces de expulsarme de este cuerpo y careces, además, de los medios para preparar cualquier sustancia análoga. Te conozco y sé que no eres capaz de sacrificar a mi anfitrión para deshacerte de mí; pero te aseguro que yo no tengo escrúpulos semejantes con respecto al tuyo. Hasta ahora ignoraba que te hallabas en este planeta; pero ahora sé que estás aquí y sin ayuda. Yo estoy a salvo, pero tú, Cazador, debes tener mucho cuidado.

—Puedes pensar lo que quieras —replicó el Cazador.

Y sin pronunciar otras palabras se retiró, dirigiéndose nuevamente hacia la habitación de Bob.

El Cazador estaba furioso consigo mismo. Después de haber llegado a la conclusión de que el señor Kinnaird era el anfitrión de su presa, no le quedaron dudas sobre la causa del accidente del muelle. Había sido deliberado y provocado por la interferencia del simbiota en la visión y coordinación de su anfitrión. Eso significaba que el secreto de Bob era conocido y que de nada les valdría seguir ocultándose hasta iniciar el ataque, como pensaba el doctor Seever.

Resultaba ahora que estaba muy equivocado… El fugitivo, aparentemente, no había sospechado siquiera el paradero de su perseguidor; y durante la conversación le había facilitado datos suficientes como para que el simbiota enemigo pudiera ahora ubicarlo. Ahora no podría abandonar a Bob… El criminal no escatimaría ninguna oportunidad de dañarlo y el Cazador debía permanecer junto a él para protegerlo.

Mientras se introducía nuevamente en el cuerpo de Bob, que seguía durmiendo, pensaba que el problema consistía ahora en decidir si era mejor poner al tanto al muchacho de los últimos acontecimientos y del peligro que corría. Había muchos argumentos en pro y en contra. Seguramente, cuando se enterara de que su padre estaba complicado en el asunto, su eficiencia disminuiría. Pero, por otra parte, la ignorancia no resultaría muy fructífera. Generalmente el Cazador se sentía inclinado a consultar todo con el joven. Daba vueltas a esta idea en su mente cuando se abandonó a un estado de reposo similar al sueño.

Bob recibió la noticia con bastante serenidad. Era lógico que estuviera preocupado e impresionado, pero su ansiedad frente al riesgo que corría su padre era mayor que la que sentía ante su propia situación. Con esa agilidad mental que el Cazador le reconocía, comprendió la situación en que se encontraban, pero no culpó al Cazador de haber dejado escapar el gato de la bolsa. Apreciaba ampliamente la necesidad de actuar con rapidez y además, percibió un aspecto que el Cazador no había considerado: la tremenda probabilidad de que su enemigo hubiera cambiado de morada durante la noche. Bob observó que, en adelante, ya no podrían saber si se hallaba oculto dentro del cuerpo de su padre o de su madre.

—No creo que debamos preocuparnos por eso —comentó el Cazador—. En primer lugar, se siente tan seguro que no se molestará en cambiar de ubicación; en segundo lugar, si lo hiciera, lo sabríamos en seguida.

Al verse privado de la inmunidad que ha estado gozando durante tantos meses, tu padre nos proporcionará abundantes noticias sobre eso, si continúa tan descuidado como lo ha estado últimamente.

—Aún no me has contado por qué se te ocurrió pensar que mi padre albergaba a nuestro enemigo.

—He seguido siempre el mismo criterio en mis razonamientos. Sabíamos que nuestro enemigo había aterrizado entre los arrecifes. El signo de civilización más cercano era uno de los tanques de cultivo que se hallaba a pocos centenares de metros de distancia. Cualquiera, en su situación, hubiera nadado hasta allí. Las únicas personas que visitan regularmente esos tanques son los operadores de la barca de fertilizantes. No tendría oportunidad de introducirse dentro de uno de ellos, aunque podría entrar en la embarcación. De esa manera llegamos hasta el lugar de la montaña donde se cultiva el alimento para los tanques; mi problema era encontrar a la persona que hubiera dormido en las cercanías de ese lugar. Por supuesto, siempre existía la posibilidad de que se hubiera trasladado por su cuenta, atravesando la montaña en dirección a las casas. En tal caso tendríamos que haber buscado en toda la isla. Sin embargo, tu padre, hace algunas noches, dijo algo que me dio la pauta de que debía haber dormido, o al menos descansado en la cima del cerro, cerca de los tanques nuevos. Desde mi punto de vista, era él, en consecuencia, una de las personas más sospechosas a la que aún no habíamos tenido oportunidad de examinar.

—Ahora todo me parece muy fácil. Pero a mí no se me hubiera ocurrido algo semejante. Hoy tendremos que pensar rápidamente. Si tenemos suerte, no se moverá del cuerpo de mi padre hasta que sepa con exactitud dónde te encuentras. Será fácil vigilar a papá, ya que siempre anda por allí. Lo malo es que aún no disponemos de las drogas necesarias. ¿Hay algo capaz de forzar a alguno de tus congéneres a que abandone a su anfitrión, Cazador?

—¿Qué podría forzarte a ti a abandonar tu casa? —contestó el detective.

—Puede haber muchos motivos para ello; pero tendrían que ser de índole material. Tienes tantas posibilidades como yo de encontrar una explicación adecuada. Si yo estuviera en el lugar de nuestra presa, me guardaría bien de salir del lugar en que se halla. Es el más seguro.

Bob movió la cabeza y bajó a tomar el desayuno. Trataba de conducirse de la manera más natural posible, especialmente cuando aparecía su padre, pero no sabía si lo lograba. Se le ocurría que el simbiota enemigo quizás ignoraba que él ayudaba conscientemente al Cazador. Y ésta era una circunstancia favorable.

Seguía meditando en esos problemas mientras se dirigía hacia el colegio. En realidad, aunque no se lo dijera al Cazador, estaba tratando de resolver dos cuestiones al mismo tiempo y esto lo colocaba en inferioridad de condiciones.

CAPITULO 20 — PROBLEMA NÚMERO 2. SU SOLUCIÓN

Iba caminando Bob cuando se le ocurrió una idea. Se detuvo para hacerle una pregunta al Cazador…

—Si nosotros lográramos que nuestra presa se sintiera tan incómoda que le resultara imposible seguir dentro del cuerpo de papá ¿cómo se las arreglaría para salir? ¿Hay alguna posibilidad de que le causara daño?

—No. Si llegara a encontrarse en tal situación, o si nosotros encontráramos una droga adecuada, tendría que retirarse, simplemente. Si tu padre hiciera algo que a nuestro amigo no le gustara, podría aumentar el espesor de la película que ha colocado sobre sus ojos, impidiéndole ver, y también podría paralizarlo, de la manera que te he referido anteriormente.

—¿Estás seguro de que esa parálisis no tendría consecuencias posteriores?

—No lo estoy completamente, al menos en seres de tu raza —advirtió el Cazador—. Ya te dije el motivo.

—Ya lo sé. Por eso quiero que pruebes primero conmigo, apenas me interne en el bosque. Allí no nos verá nadie desde el camino.

La actitud de Bob difería fundamentalmente de la que adoptó algunos días antes, cuando le hizo al Cazador la misma pregunta, pero chacoteando.

—Ya te dije hace mucho tiempo por qué no quiero hacerlo.

—Si no quieres que yo me arriesgue, yo no quiero que papá corra ningún peligro. Se me ha ocurrido una idea pero no moveré un dedo hasta que no esté completamente seguro sobre esa cuestión. Vamos.

Se sentó detrás de un matorral que ocultaba la visión desde el camino.

El Cazador experimentaba siempre la misma repugnancia ante la posibilidad de hacer algo que pudiera dañar al muchacho. Pero en este caso, no había otra disyuntiva. La amenaza de no llevar adelante su propio plan no era tan grave; pero sí lo sería, si Bob rehusaba cooperar con los planes del Cazador. Después de todo —se dijo el simbiota— esta gente es muy distinta a los otros anfitriones que nosotros conocíamos y es mejor andar con cuidado. Aceptó.

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