Bob usó ese tanque para ocultarse. Anduvo con paso moderado hasta que pudo colocarse fuera de la vista de los hombres que trabajaban; luego comenzó a correr a toda velocidad.
Pocos minutos después había llegado al extremo, del camino pavimentado. Allí comenzaban los galpones de chapas acanaladas; y, con gran asombro del Cazador, Bob comenzó a inspeccionarlos detenidamente. Los primeros se usaban habitualmente para guardar la maquinaria de construcción; había allí máquinas mezcladoras de distintas clase y estantes; algunos de éstos estaban vacíos, pues lo que en ellos se guardaba se hallaba en uso. Otros galpones, más cercanos al distrito residencial, contenían latas de gasolina, fuel-oil y aceites lubricantes. El muchacho los examinó uno por uno, deteniéndose sólo para pensar algunos segundos antes de reiniciar en seguida una actividad más febril.
Cuando encontró un cobertizo desocupado, comenzó a llevar allí latas de unos veinticinco litros capacidad y a colocarlas junto a la entrada. El Cazador estaba asombrado por la fuerza que demostraba Bob, pero luego comprendió que las latas estaban, vacías al sentir el ruido que producían cuando Bob las dejaba sobre el suelo. Este parecía muy satisfecho con la pirámide que se estaba formando. Cuando alcanzó una altura superior a la estatura de Bob, se dirigió a otro galpón y empezó a leer con gran minuciosidad las abreviaturas que se hallaban escritas sobre otro conjunto de latas. Pero éstas no estaban vacías como las anteriores. Contenían un líquido parecido al querosén. Bob colocó dos latas llenas en puntos estratégicos de su pirámide; luego abrió otra y vertió su contenido sobre las latas vacías y también sobre el piso adyacente. El Cazador conectó de pronto esta maniobra con los fósforos.
—¿Estas por hacer una fogata? —le preguntó—. ¿Para qué pones latas vacías?
—Sí, pienso hacer una fogata —fue la respuesta.
—Pero, ¿qué te propones? No podrás eliminar a nuestro enemigo sin causar un tremendo daño a tu padre.
—Ya lo sé. Pero si él piensa que papá se encuentra imposibilitado de escapar al fuego, tratará de escapar. Pero yo estaré al lado, con otra lata de combustible y más fósforos.
—Fantástico —expresó con indescriptible sarcasmo el simbiota—. ¿Cómo colocarás a tu padre en una situación semejante?
—Ya verás —dijo Bob sombríamente.
El Cazador comenzó a asustarse seriamente por lo que estaba sucediendo en la mente del joven. Bob volcó un último recipiente de combustible sobre la pira; esta vez usó un líquido que normalmente servía como lubricante. Luego tomó una lata de querosén, aflojó la tapa y se colocó en medio del camino, en un punto desde donde podía ver el muelle. Allí fijó la mirada; apenas despegó la vista un instante para posarla sobre el nuevo tanque. Si alguien llegaba a descubrirlo, se vería en un serio apuro.
No se había acordado de ver qué hora era cuando salió su padre y no tenía ninguna idea acerca del tiempo que le llevó la construcción de la pira, de modo que no sabía cuántos minutos debía esperar.
Por consiguiente, no se atrevió a cambiar de posición. El Cazador no volvió a interrogarlo. Por otra parte, Bob tenía intenciones de contestarle sólo cuando conviniera a sus propósitos. No le gustaba proceder así con el simbiota ya que sentía por él un verdadero aprecio; pero ahora que el hecho era inminente, se sentía muy perturbado por tener que dar muerte a un ser inteligente y quería estar seguro de que estaba por atacar al verdadero malhechor. Roberto Kinnaird poseía una mente notablemente objetiva para su edad.
Por fin, experimentó un inmenso alivio cuando vio aparecer el jeep por el lado del muelle. El joven comenzó a incorporarse lentamente en el mismo momento en que el automóvil entraba al caminó, Bob se encaminó hacia la pira sin perder de vista al jeep.
Cuando éste desapareció momentáneamente detrás de los primeros galpones, Roberto sacó la caja de fósforos de su bolsillo. Entonces expresó la respuesta, largamente preparada, a la pregunta del Cazador.
—Verás, Cazador. Será muy fácil hacerlo venir hasta aquí. ¡Voy a colocarme en el interior del galpón!
Extrajo un fósforo de la caja cuando terminó de hablar. Bob creía que en ese momento no podría controlar el movimiento de sus miembros; si el Cazador no era lo que parecía sino lo que el joven temía que fuera, no le hubiera permitido encender el fósforo. Deliberadamente, había evitado que su huésped conociera la existencia de unas ventanas en la pared posterior del galpón. A Roberto no se le ocurrió en ese momento que un criminal de esa clase pudiera poseer una rapidez mental que le permitiera reconocer el bluff. Por eso había demorado Bob su respuesta: para que el otro no tuviera tiempo de pensar. O confiaba en el muchacho o lo paralizaba instantáneamente. El plan tenía algunas fallas, y por supuesto, y Bob no las ignoraba pero, en conjunto, parecía destinado a tener éxito.
Encendió el fósforo.
Se agachó para acercar la llama al combustible.
El fósforo se apagó.
Casi temblando por la ansiedad, ya que el jeep aparecería en cualquier momento, encendió otro. Esta vez lo tiró al suelo, que estaba impregnado de liquido combustible y se produjo, una gran llamarada. Unos instantes después el fuego se había trasmitido a la pirámide de latas.
Bob se metió en el galpón, antes de que las llamas obstruyeran la entrada, y desde adentro, se puso a observar el camino.
Por primera vez, el Cazador habló:
—Confío en que sabrás lo que estás haciendo. Si de pronto ves que no puedes respirar extraeré él humo de tus pulmones.
Además, el Cazador hacía todo lo posible por evitar que la vista del joven se nublara. Bob estaba satisfecho; los acontecimientos se estaban produciendo demasiado rápidamente.
Antes de que pudiera divisarlo, oyó el sonido del jeep que se aproximaba. Evidentemente, el señor Kinnaird había visto el humo y aceleraba el vehículo todo lo que podía. Adentro del mismo no había un extinguidor capaz de hacer frente a un incendio de la magnitud del que se presentaba ante él. Bob vió que su padre se disponía a ir hasta el lugar de la construcción en busca de ayuda. Pero estaba seguro de que podría impedir esa dilación.
—¡Papá! —gritó.
No dijo nada más. Si su padre pensaba que él se encontraba en peligro, mejor; pero no tenía intenciones de mentirle fríamente. Estaba seguro de que el señor Kinnaird, al oír la voz de su hijo que salía de ese infierno, detendría el coche y se acercaría caminando para examinar las posibilidades de rescate. Pero Bob subestimó la velocidad de reacción de su padre y también sus recursos.
Kinnaird sacó el pie del acelerador e hizo girar con fuerza el volante hacia la izquierda. Su intención fué comprendida inmediatamente por Bob y el Cazador: quería acercar el vehículo hasta la puerta del galpón con lo cual protegería momentáneamente al muchacho y a sí mismo del alcance de las llamas. Una vez que éste lograra subir al jeep retrocedería de inmediato. El plan era simple y parecía muy bueno. Hubiera funcionado perfectamente y, en tal caso, Bob y su ángel guardián tendrían que elaborar una nueva ofensiva.
Afortunadamente, desde el punto de vista de ellos, un nuevo factor apareció en la situación. El oculto huésped del señor Kinnaird comprendió lo que estaba sucediendo o, al menos el plan de su anfitrión casi con igual rapidez que los otros dos espectadores; pero el Matador no tenía deseos de exponerse acercándose a una pila de latas de combustible que, al parecer, estaban a punto de estallar. Si ello sucediera, en cualquier momento tendrían que hacer frente a una verdadera lluvia de fuego. Se encontraban ya a unos veinte metros del galpón y, tanto el hombre como el simbiota, podían sentir el calor. A este último le era completamente imposible torcer la voluntad de su anfitrión, obligándolo a cambiar la dirección del vehículo. Al parecer, tampoco tenía medios para forzarlo a que detuviera el jeep; pero el simbiota no advirtió esto, dada la tensión del momento. De todos modos, hizo lo que le parecía mejor.
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