– Y…
– Sí, Decker -dijo Christopher con una sonrisa-. Vendrá a buscarte. ¿Cómo iba a ser si no? Decker, hay cosas más fuertes que la muerte. La vuestra será una historia de amor para la Nueva Era.
– Pero… ¿dices que tiene veintiún años? Con mi edad podría ser su abuelo.
Christopher se echó a reír, y esta vez no hizo nada por contenerse. Era una risa alegre.
– Decker, estamos hablando de vivir eternamente, ¡qué son cincuenta años!
– Nada, supongo que nada -reconoció Decker, sumando su risa a la de Christopher, a pesar de tener los ojos todavía inundados de lágrimas-. Además, para entonces pareceré mucho más joven.
– Entonces, ¿aceptarás la comunión? -preguntó Christopher.
– ¡Pues claro! ¡Ahora mismo!
– Bueno, me parece que a estas horas no vas a encontrar ninguna clínica abierta. Tendrás que esperar hasta mañana.
Decker echó una ojeada al reloj y asintió con la cabeza.
– ¿Y qué hay de Hope y Louisa? -preguntó.
– Llegará un día en el que también ellas te recordarán. -Christopher sonrió-. Pronto, Decker; puede que dentro de cien años, se levantarán todos los velos y todos y cada uno de los seres humanos recordarán quiénes fueron en todas sus vidas pasadas. Y entenderán cuán conectados estamos todos los unos a los otros. Muchos descubrirán que los que consideraron enemigos en una vida fueron sus mejores amigos en otra. Y ese día, una vez sepan quiénes fueron, empezarán a comprender quiénes son en realidad.
– ¿Puedes decirme algo sobre…? -Decker dudó. Quería preguntar sobre su viejo amigo, Tom Donafin, pero no estaba seguro de cómo iba a tomarse Christopher su persistente interés en el hombre que le había disparado.
– Adelante, Decker. ¿Sobre quién quieres preguntarme?
– ¿Puedes decirme algo sobre Tom Donafin?
Christopher sonrió, en absoluto molesto por el interés de Decker.
– Renació el año pasado en el seno de una familia en Paraguay.
A Decker se le volvió a escapar otra lágrima, y la emoción evitó que pudiera encontrar las palabras justas para expresarle a Christopher su agradecimiento.
– Tranquilo, Decker, no te preocupes. ¿Por qué no te vas a casa y descansas?
Decker asintió.
Cuando iba a cerrar la puerta tras de sí, Christopher le alcanzó y lo abrazó. Entonces, con lágrimas en los ojos, le dijo:
– Perdóname por no haberme dado cuenta antes de cómo te sentías. Me alegro de que lo hayamos hablado por fin y de que vayas a recibir la comunión. Te necesito, Decker. No sé qué haría sin ti.
* * *
Decker abandonó el edificio aturdido por la euforia. De pronto toda su vida… Toda su eternidad había cambiado. Tenía algo por lo que vivir… Algo por lo que vivir para siempre .
* * *
– Es él, el del traje gris -susurró uno de los dos hombres que aguardaban en la sombra.
Decker, sumido en sus alegres pensamientos, continuó andando sin advertir su presencia.
Cuando Decker estuvo a su altura, salieron del callejón. Ahora podía distinguirse claramente en sus frentes la inscripción hebrea de color rojo del Koum Damah Patar.
Decker intentó zafarse, pero los dos hombres le inmovilizaron. El trapo con cloroformo, aunque anticuado, cumplió su cometido.
PETRA
3 de junio, 4 N.E.
Desierto de Jordania
Decker viajaba en silencio en el asiento trasero de un polvoriento cuatro por cuatro, que avanzaba a gran velocidad. Llevaba las manos y los pies firmemente atados, y su cuerpo botaba con cada bache de la carretera. Mientras los dos hombres que ocupaban los asientos delanteros hablaban en hebreo entre ellos, Decker lo observaba todo, intentando memorizar cada rasgo del desértico paisaje jordano. Llevaba dieciocho horas secuestrado y estaba exhausto, pero de presentarse la oportunidad, tendría que conocer con detalle el terreno para que su huida tuviera éxito.
Era la primera hora de la tarde y el sol brillaba con una fuerza abrasadora. Decker pensó en su escapada del Líbano hacía veintitrés años. En aquella ocasión había estado muy desnutrido, pero ahora se preguntó si no sería peor la edad que la desnutrición. Se lamentó de que en aquel desierto, cualquier intento de huir a pie y a su edad significaría morir de deshidratación y de hambre. Era difícil no ser pesimista, por mucho que supiera que el desaliento en estas situaciones es el peor enemigo de la supervivencia.
¡Qué cruel ironía que su vida corriera peligro precisamente ahora! De haber sido secuestrado una hora antes, no le habría importado tanto vivir o no. Sólo unos instantes antes del secuestro le había dicho a Christopher que aceptaría la muerte cuando llegara. Pero eso había sido antes de comprenderlo todo; antes de saber que Elizabeth estaba viva. Ahora más que ninguna otra cosa, más que nunca en su vida, deseaba vivir.
Mientras dejaban atrás las ruinas del antiguo pueblo escalonado de Elji y la más reciente, aunque no por ello menos desierta, aldea de Wadi Musa, Decker escrutó el horizonte en busca de alguna señal que indicara la proximidad de su destino. A lo lejos, las desoladas y escarpadas laderas del Seir, la rugosa cadena montañosa que se extiende desde el mar Muerto hasta Akaba, se erguía sobre el pedregoso suelo gris del desierto. Por encima de todas las cumbres, se cernía imponente el monte de Jebel Haroun, donde la leyenda cuenta que fue enterrado Aarón, el hermano de Moisés. Tardaron veinte minutos en alcanzar las montañas, y cuando llegaron supo que allí acababa el viaje.
– Desde aquí seguiremos a pie, señor Hawthorne -dijo el más alto de los dos KDP, mientras el segundo detenía el vehículo.
Decker miró a su alrededor en busca del lugar al que se dirigían, pero allí sólo había paredes desnudas de roca. ¿Acaso le habían llevado hasta aquellos rocosos peñascos para matarle en una ejecución ritual? El KDP que iba al volante echó hacia adelante su asiento para que Decker pudiera apearse del jeep. Una tarea nada sencilla tal y como iba atado de pies y manos.
– ¿Dónde está? -preguntó el otro KDP, que estaba detrás del vehículo rebuscando en un pequeño contenedor de lata.
– Está ahí -contestó el otro-. Mira bien…
– Oh, sí, aquí está -dijo el primero. Cuando se acercó al otro lado del vehículo, Decker pudo ver qué era lo que había estado buscando. El KDP, ahora de pie ante él, le dejó ver la navaja que llevaba en la mano. No es que su aspecto fuera demasiado amenazador, pero bien podía cumplir su función. Decker contuvo la respiración; el KDP se arrodilló, sacó la hoja y con un rápido movimiento de mano cortó la cuerda que mantenía sus pies atados.
– Vamos -dijo el otro KDP cogiendo a Decker del brazo para guiarle.
Pero no había ningún lugar adonde ir y ninguna explicación que no oliera a muerte. Decker examinaba frenético el paisaje en busca de una vía de escape. De intentarlo, ésta podía ser su única oportunidad.
Al poco de echar a andar, Decker oyó voces; no estaban solos. Y al salvar un recodo las vio; había muchísimas personas, casi todas del KDP, y todas caminaban hacia la montaña. No había forma de huir, sus secuestradores no se apartaban de su lado ni por un instante y, a excepción del sendero por el que avanzaban, no había otro lugar adonde ir, salvo escalando las rocosas laderas. A su alrededor, todos hablaban hebreo, de modo que Decker no les podía entender. El camino les condujo hasta la orilla de un riachuelo, el Wadi Musa o río de Moisés, cuyo curso se aprestaron a seguir en dirección a la montaña.
A su derecha, Decker divisó atónito la inesperada silueta de tres pilastras de piedra, cada una de aproximadamente un metro de ancho, la más alta de las cuales se elevaba unos seis metros sobre su base. Lo más extraordinario era que no se trataba de construcciones exentas, sino que estaban compuestas por una única pieza de roca, tallada en la pared de la montaña. Evidentemente, el conjunto no era un accidente geográfico, sino que había sido esculpido por el hombre en la antigüedad.
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