Robert Wilson - Testigos de las estrellas

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En Blind Lake, una gran instalación federal de investigación, los científicos están empleando una tecnología que apenas comprenden para observar la vida diaria en una ciudad de alienígenas, moradores de un lejano planeta. No son capaces de contactar con ellos, ni comprenden su lengua. Lo único que pueden hacer es observar.
Sin previo aviso, se impone un cordón militar alrededor de Blind Lake. Todas las comunicaciones quedan cortadas. La comida y demás suministros son entregados por control remoto. Nadie conoce el motivo, aunque los científicos siguen con sus investigaciones. Hasta que uno de ellos llega a la conclusión de que aquellos seres, aunque parezca imposible, son conscientes de la observación del proyecto.

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Los primeros estudios a gran altitud habían identificado no menos de cuarenta de aquellas enormes ciudades de piedra, y dos veces ese número de ciudades significativamente más pequeñas, repartidas a lo largo de la superficie de UMa 47/E. Marguerite tenía un globo del planeta del Sujeto sobre su escritorio, con las ciudades marcadas y bautizadas únicamente por su latitud y su longitud. (Nadie les quería dar nombres de verdad por temor a que se entendiera como un exceso de arrogancia o antropocentrismo; «Villa langosta» era tan solo un apodo, y uno aprendía a no utilizarlo cuando se encontraba junto con directivos o gente de la prensa.)

Quizás incluso fuese un error de atribución el llamar a aquella comunidad «ciudad». Pero a Marguerite le parecía una ciudad, y ella adoraba la vista que ofrecía.

Había unos mil zigurats de arenisca en la ciudad, y cada uno de ellos era enorme. Conforme el Sujeto iba descendiendo (su madriguera estaba bastante arriba de aquella particular estructura), Marguerite obtenía una perspectiva panorámica. Todas las torres eran, de media, muy similares, formaban agujas como caparazones de nautilos enroscándose hacia arriba desde plazas de baldosas rojas. Las estructuras industriales se distinguían por las chimeneas que surgían de sus picos y por las corrientes de humo oscuro o claro que se iban dispersando a lo largo del aire estancado. A lo largo y ancho de toda la ciudad, los nativos recién despiertos iban llenando las avenidas exteriores y abarrotando los espacios abiertos. El sol, que se iba acercando a su cénit con rapidez, enviaba rayos de luz amarilla a los cañones orientados hacia el este. Más allá de la ciudad, Marguerite divisó tierras puestas en irrigación; y más allá todavía, montes bajos marrones y un horizonte con montañas recortándose en la lejanía. (Y si cerraba los ojos lo suficiente podía ver una imagen residual desdibujándose en colores opuestos, como si no estuviera mediatizada por una tecnología incomprensible de mil millones de dólares, como si estuviera realmente al í, respirando la suave atmósfera, el fino polvo quemándole la nariz.)

El Sujeto ya había alcanzado el nivel del suelo, y caminaba a través de bandas paralelas de luces y sombras hasta la torre industrial donde pasaba los días.

Marguerite observaba, ignorando el trabajo acumulado en su escritorio. No iba a ser la primera en revisar aquellos informes ni era probable que se percatara de algo pertinente que hubiera pasado desapercibido para los cinco departamentos focales. Su trabajo era integrar sus observaciones, no observar por sí misma. Pero aquello podía esperar al menos hasta después de la comida. El bloqueo de seguridad implicaba que, de todas formas, los organismos exteriores no podrían tener acceso a sus informes. Tenía libertad para observar.

Libertad, si el a quería, para soñar.

Comió en la cafetería de personal del ala oeste del Plaza. Ray no estaba allí, pero pudo ver a su ayudante Sue Sampel recogiendo un café en la máquina expendedora. Marguerite se había encontrado con Sue tan solo una o dos veces, pero sentía sincera lástima por ella. Sabía cómo trataba Ray a sus subordinados. Incluso en Crossbank, el personal de Ray había ido rotando a bastante velocidad. Sue probablemente ya habría solicitado un cambio de puesto. O lo haría pronto. Marguerite la saludó con la mano; Sue hizo lo propio con un ausente movimiento de cabeza.

Después de la comida, Marguerite se dedicó con empeño al papeleo. Revisó un informe particularmente interesante de un jefe de grupo de Fisiología que había importado un millar de horas de video a un procesador de gráficos, marcando las partes móviles del cuerpo del Sujeto y correlacionando sus cambios con la hora del día y la situación. Aquel enfoque había proporcionado una sorprendente cantidad de datos en bruto que debían enviarse a las otras divisiones en un boletín confidencial de alta prioridad. Lo tendría que redactar ella misma contando con la base de Bob Corso y Felice Kawakami, de Fisiología, cuando quiera que regresaran de la conferencia de Cancún… Un resumen en formato de puntos claros, suponía el a, con sugerencias de líneas para continuar investigando tan concisas como fuera posible, de modo que los diversos jefes de departamento no se pusieran nerviosos con el archivo adjunto.

Mantuvo al Sujeto en el panel de video de la pared, de modo que podía levantar la vista de su trabajo y ver al Sujeto haciendo el suyo. El ser trabajaba en lo que casi con seguridad era una fábrica. Permanecía de pie en un pedestal en un enorme espacio cerrado bajo una luz que iluminaba la zona donde trabajaba. Otros rayos de luz iluminaban a más nativos, cientos de ellos, que formaban hileras detrás de él como pilares fosforescentes en la penumbra de una caverna. El Sujeto cogía partes modulares (artefactos de forma cilíndrica todavía por identificar) de un cubo al lado del pilar y los insertaba en discos previamente perforados. Los discos iban surgiendo de una cámara de su pedestal gracias a una plataforma elevadora, que los iba retirando una vez que los completaba. El ciclo duraba aproximadamente unos diez minutos. Llamarlo monótono, pensaba Marguerite, era ir más allá de los límites del eufemismo.

Pero algo había l amado su atención.

Como el Sujeto estaba más o menos inmóvil, la cámara virtual había rotado y ahora ofrecía un primer plano. Podía ver la cara del Sujeto rígida bajo la luz cenital. Si se le podía l amar cara. La gente la había considerado «horripilante», pero no lo era, por supuesto; tan solo intensamente extraña. Al principio era toda una sorpresa porque uno estaba familiarizado con algunas de sus partes (los ojos, por ejemplo, que se asentaban en huesos salientes como los humanos, aunque eran totalmente blancos), mientras que otros rasgos (los brazos para comer, las mandíbulas) recordaban a los insectos o eran del todo irreconocibles. Pero uno aprendía a ir más al á de aquel as angustiosas primeras impresiones. Más perturbador era el hecho de no poder ver más allá. Ver el significado. Los seres humanos estaban habituados a reconocer las emociones reflejadas en los rostros humanos, y con entrenamiento un investigador podía aprender a entender las expresiones de simios y lobos. Pero el rostro del Sujeto desafiaba toda comprensión.

Sin embargo, sus manos…

Eran manos, con un parecido inquietante con las manos humanas. Tenían tres dedos largos y flexibles, mientras que el «dedo pulgar» era una protuberancia fija de hueso que nacía de la muñeca. Pero todas las partes se entendían perfectamente en un simple vistazo. Podías imaginarle agarrar algo con aquel as manos. Se movían de forma rápida, muy similar a la humana.

Marguerite lo observó trabajar.

¿Estaban temblando?

Le parecía que las manos del Sujeto temblaban.

Envió una nota rápida al departamento de Fisiología:

¿Temblores en las manos del Sujeto? Parece ser que sí (15:30 de hoy en directo).

Mantenedme informada. M.

Después volvió a su trabajo. Se sentía cómoda, de alguna forma, tecleando en el ordenador con la imagen del Sujeto sobre su hombro. Como si estuviesen trabajando juntos. Como si tuviera compañía. Como si tuviera un amigo.

Recogió a Tess de camino a casa.

Era día de gimnasia, y en los días de gimnasia Tess inevitablemente dejaba la escuela con la blusa desabotonada y las zapatillas desatadas. Aquel día no era una excepción. Pero Tess estaba abatida, acurrucándose en el asiento del copiloto para escapar del frío otoñal, y Marguerite no le dijo nada sobre cómo iba vestida.

—¿Todo va bien?

—Supongo que sí —dijo Tess.

—Por lo que tengo entendido, el cableado de datos todavía está intervenido, de modo que esta noche tampoco hay video.

—Los lunes vemos La ciudad del Sol.

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