—Sí, pero esta noche no, corazón.
—Tengo un libro para leer —dijo Tess poniendo de su parte.
—Eso está bien. ¿Qué estás leyendo?
—Una cosa sobre Astronomía.
En casa, Marguerite preparó la cena mientras Tess jugaba en su cuarto. La cena consistía en un plato de pollo descongelado de la carnicería de Blind Lake. Insulso pero adecuado, y dentro del abanico de habilidades culinarias de Marguerite. El pol o estaba girando en el microhorno cuando sonó su teléfono.
Marguerite sacó la unidad del bolsillo de la camisa.
—¿Sí?
—¿Señorita Hauser?
—Al aparato.
—Siento molestarla a estas horas. Soy Bernie Fleischer…, el tutor de Tess del colegio.
—Sí… —dijo Marguerite disimulando lo mejor posible el mareo repentino que sentía—. Nos vimos en septiembre.
—Me preguntaba si tendría un momento libre y podría pasarse por el colegio para tener una entrevista durante esta semana.
—¿Hay algún problema con Tess?
—No un problema en el sentido propio de la palabra. Tan solo he pensado que deberíamos hablar. Podemos discutirlo con más detalle cuando nos veamos.
Marguerite acordó una hora y volvió a dejar el teléfono en el bolsillo.
Por favor, pensó ella. Por favor, que no suceda otra vez.
El colegio acababa temprano los miércoles.
La sirena que anunciaba el final de las clases sonaba a la una y media para dejar algo de tiempo a los profesores para concertar alguna entrevista. El señor Fleischer había estado impartiendo clase toda la mañana, hablando de marismas y Geografía y de los diferentes tipos de aves y animales que habitaban en la zona; y Tess, aunque había estado mirando por la ventana casi todo el tiempo, había escuchado atentamente. Blind Lake (el lago, no la ciudad) parecía fascinante, al menos en la forma en la que lo describía el señor Fleischer. Había estado hablando sobre la capa de hielo que había cubierto aquella parte del mundo hacía miles y miles de años. Aquello era intrigante de por sí. Tess había oído hablar de la edad del hielo, por supuesto, pero no había interiorizado que había sucedido allí, que la tierra bajo los cimientos de la escuela había estado una vez enterrada bajo una insoportable cantidad de hielo. Que los glaciares, avanzando ininterrumpidamente, habían empujado rocas y tierra a su paso como gigantescas palas, y, al cubrirse en retirada, habían l enado la tierra de declives y depresiones de agua antiquísima.
Aquel día el cielo estaba encapotado y hacía frío, pero no l ovía y la impresión general era que no se estaba tan mal. Tess, con toda la tarde por delante como un regalo sin abrir, decidió visitar la marisma, el Blind Lake original. Fue a hablar con Edie Jerundt en el patio de recreo y le preguntó si le gustaría ir a el a también. Edie, jugando con un yo-yo, frunció el ceño.
—Aja. —El cordel hizo un sonido seco al rozar el cuerpo del yo-yo. Tess se encogió de hombros y se fue.
Según el señor Fleischer, el hielo había estado al í hacía diez mil años. Diez mil veranos que se iban haciendo más fríos a medida que avanzaban los glaciares. Diez mil inviernos fundidos en uno solo, ininterrumpido. Se preguntó cómo habría sido justo cuando el mundo había comenzado a calentarse de nuevo, cuando los glaciares se fueron retirando, revelando la tierra bajo sus pies («tierra de morrena», había explicado el señor Fleischer, «morrena lavada», fuera lo que fuera que significase); tierra transportada desde lejos cayéndose del hielo para formar valles de lechos rocosos, embarrar los nuevos ríos y hacer brotar hierba en las praderas. Quizás todo había olido entonces a primavera, pensó Tess. Quizás hubiera olido así durante años en aquella época, con un aroma a abono y hojas putrefactas y nueva vida que crecía.
Y mucho antes de todo aquello, antes de la edad del hielo, ¿habría habido un otoño global? Debería haber existido. Tess estaba segura de el o. Un mundo entero hecho justo como era allí entonces, pensó, con sombras de escarcha por las mañanas, donde podías verte el aliento cuando caminabas hacia el colegio.
Sabía que las marismas estaban más al á de las zonas asfaltadas de la ciudad, al menos a kilómetro y medio al este, pasando las torres refrigeradoras de Paseo Globo Ocular, y mucho más lejos que la pequeña colina donde (según le había contado Edie Jerundt) se jugaba con trineos en invierno; pero los niños mayores eran malos y se chocaban contigo si no ibas con algún adulto.
Era una buena caminata. Siguió la acera de la carretera de acceso que conducía al este desde las casas de la ciudad hacia el Paseo, girando a un lado cuando llegó al perímetro de aquel montón de edificios. Tess nunca había estado dentro del Paseo Globo Ocular, aunque había estado en un edificio similar durante una excursión del colegio en Crossbank. A decir verdad, le tenía un poco de miedo al Paseo. Su madre le había dicho que era igual que el de Crossbank (un duplicado del mismo, de hecho), y a Tess no le habían gustado aquel os pasillos cubiertos que apuntaban hacia las profundidades, o los enormes tanques de O/CBE o las ruidosas bombas criogénicas que lo mantenían frío. Todas aquellas cosas la asustaban de por sí, pero aquel a sensación creció aún más gracias al comentario de su profesora, la señora Flewelling, que dijo que aquellas máquinas y procesos todavía «no se comprendían del todo».
Ella comprendía, al menos, que las imágenes del planeta océano en Crossbank y de Vil a langosta en Blind Lake se generaban en aquellos lugares, en el Paseo Globo Ocular, o, como se lo conocía en Crossbank, el Gran Ojo. De aquellas estructuras nacían grandes misterios. Tess nunca había quedado demasiado impresionada con las imágenes en sí mismas, la estática vida del Sujeto o la incluso más estática vida de las vistas del océano (hacían un canal aburrido con aquello); pero cuando estaba de humor podía mirarlas de la misma forma en la que miraba por la ventana, sintiendo la exquisita extrañeza de la luz del día en otro planeta.
Las torres refrigeradoras en el Paseo Globo Ocular dejaban escapar finos trazos de humo a través del aire de la tarde. Las nubes avanzaban sobre el as como una manada de animales nerviosos. Rodeó el edificio prestando buena atención a las vallas de su perímetro. Cambió el rumbo hacia el oeste a través de un camino que discurría a través de la hierba silvestre, una de las innumerables sendas de la pradera que habían sido horadadas por los niños de Blind Lake. Se abrochó los botones del cuel o de su chaqueta para protegerse del frío creciente.
Para cuando alcanzó lo alto de la colina desde donde se tiraban con el trineo, ya tenía los pies cansados y estaba dispuesta a regresar a casa, pero la primera vista de las marismas la dejó fascinada.
Más al á de la colina y del perímetro de hierba descansaba Blind Lake, una «marisma semipermanente», había dicho el señor Fleischer, kilómetro y medio cuadrado de pradera bajo el agua y ciénaga profunda. La tierra estaba recorrida por montículos de hierba, amplias áreas de espadañas, y en las zonas de agua abierta podía ver descansar a gansos del Canadá como aquellos que los habían estado sobrevolando en formación de V durante todo el otoño.
Más lejos se podía divisar otra valla, o más bien la misma valla que rodeaba todo el Laboratorio Nacional de Blind Lake así como las marismas. Aquella tierra estaba encerrada, pero aun y todo era salvaje. Estaba dentro de lo que se conocía como perímetro de seguridad. Tess, si quisiera vagabundear por las marismas, estaría a salvo de un ataque terrorista o de agentes de espionaje, aunque quizás no tanto de tortugas o ratones almizcleros. (No sabía a qué se parecía un ratón almizclero, pero el señor Fleischer había dicho que podían encontrarse allí y a el a no le había gustado cómo sonaba su nombre.)
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