Robert Wilson - Testigos de las estrellas

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Testigos de las estrellas: краткое содержание, описание и аннотация

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En Blind Lake, una gran instalación federal de investigación, los científicos están empleando una tecnología que apenas comprenden para observar la vida diaria en una ciudad de alienígenas, moradores de un lejano planeta. No son capaces de contactar con ellos, ni comprenden su lengua. Lo único que pueden hacer es observar.
Sin previo aviso, se impone un cordón militar alrededor de Blind Lake. Todas las comunicaciones quedan cortadas. La comida y demás suministros son entregados por control remoto. Nadie conoce el motivo, aunque los científicos siguen con sus investigaciones. Hasta que uno de ellos llega a la conclusión de que aquellos seres, aunque parezca imposible, son conscientes de la observación del proyecto.

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Siguió su camino entre el laberinto de escritorios del personal de apoyo, saludó a los bedeles, a las secretarias y a los programadores, se detuvo en la cocina de personal para llenar su taza-souvenir decorada con motivos de langosta con café demasiado hecho y sin sustancia, y se encerró en su despacho.

Su escritorio estaba lleno de papeles, y tenía un correo electrónico anunciado en su panel virtual en el escritorio. Todo aquel o era trabajo pendiente. La mayor parte, revisiones de procedimiento que eran necesarias pero frustrantemente tediosas y lentas de realizar. Pero siempre podría acabar parte de aquello más tarde, en casa.

Aquel día quería pasar más tiempo con el Sujeto. Tiempo crudo, en directo.

Cerró las persianas de la ventana, bajó la intensidad de las luces halógenas del techo y activó el monitor que comprendía la totalidad de la pared oeste del despacho.

Buena sincronización. El día de diecisiete horas de UMa 47/E acababa de comenzar.

Era temprano por la mañana, y el Sujeto se estiró en su jergón en el suelo de piedra de su madriguera.

Como siempre, decenas de pequeñas criaturas (parásitos, simbiontes o pequeños vástagos) saltaron correteando de su cuerpo, donde habían estado refugiándose o nutriéndose de las tetillas de sangre del Sujeto mientras dormía. Los pequeños animales, no más grandes que ratones, con multitud de piernas y sinuosamente articulados, se escabulleron por agujeros que había a ras del suelo en la pared de arenisca. El Sujeto se sentó y después se incorporó.

Los cálculos estimaban que el Sujeto tenía una altura de unos dos metros diez. Se trataba ciertamente de un espécimen impresionante. Marguerite utilizaba el pronombre masculino de forma privada. Nunca se hubiera atrevido a suponer su género en un documento oficial. El género y las estrategias reproductivas de los alienígenas estaban todavía totalmente por resolver. El Sujeto era bípedo y bilateralmente simétrico. A gran distancia, su silueta podría tomarse por la de un ser humano. Pero al í acababan todos los paralelismos.

Su piel (no un exoesqueleto, como el ridículo sobrenombre de «langosta» implicaba) era áspera, marrón-rojiza, con una textura como de guijarro. Algunos teóricos, fijándose en su densa epidermis que conservaba la humedad, en sus pulmones de rejil a sobre su superficie ventral, y en detal es como las múltiples articulaciones de sus piernas y brazos, y los pequeños miembros para manipular la comida que le salían de ambos lados de su mandíbula, habían especulado con que el Sujeto y su especie quizás habrían evolucionado a partir de formas de vida similares a insectos. Un escenario que se proponía al respecto imaginaba una tendencia de los invertebrados a alcanzar el tamaño y la movilidad de mamíferos, enterrando su notocordio en una espina dorsal quitinosa mientras iban perdiendo su duro caparazón en favor de una piel gruesa, pero más ligera y flexible. Pero no se habían encontrado pruebas que respaldaran aquella ni ninguna otra hipótesis. La exozoología ya era lo suficientemente complicada; la exopaleo-biología era una quimera de la ciencia.

El Sujeto era claramente visible gracias a la luz de las bombil as incandescentes suspendidas a lo largo del techo. Las bombillas eran pequeñas, más como luces de Navidad que como las lámparas de casa, pero aparte de aquello parecían ridículamente familiares: el espectroscopio había revelado que los filamentos eran de ordinario tungsteno. Una tecnología simple y tosca. De cuando en cuando, otros individuos venían para reemplazar las bombillas gastadas y revisar los cables de cobre aislados buscando aberturas o irregularidades. La ciudad podía presumir de una buena infraestructura de mantenimiento.

El Sujeto no se vistió ni comió; nunca se le había visto comer en su guarida. Se detuvo para evacuar desechos líquidos en un agujero del suelo que funcionaba como sumidero. El denso líquido verdusco cayó en cascada desde un orificio cloacal situado en su abdomen. Por supuesto, no había sonido que acompañara a la imagen, pero la imaginación de Marguerite suministró el ruido del chorro al chocar con la piedra y el borboteo consiguiente.

Se recordó que aquella escena había sucedido hacía medio siglo. Esto minimizaba su sentimiento de invasión. Ella nunca podría hablar con la criatura, nunca podría interaccionar con ella de ninguna forma; aquella imagen, no importaba lo misteriosamente que viajara hasta el os, no podía rebasar la velocidad de la luz. La estrel a madre 47 Ursa Majoris estaba a una distancia de cincuenta y un años luz de la Tierra.

Y por la misma regla de tres, si alguien en algún lugar de la galaxia estuviera observándola a el a, estaría a salvo en la tumba mucho antes de que sus observadores pudieran intentar interpretar sus funciones fisiológicas en el baño.

El Sujeto dejó su madriguera sin más preámbulo. Sus andares sobre dos piernas podrían parecer extraños para los estándares humanos, pero le servían para desplazarse a buen ritmo. Aquella parte del día podía resultar interesante. El Sujeto hacía básicamente lo mismo cada mañana (caminar hasta la fábrica donde ensamblaba partes de máquinas), pero rara vez tomaba la misma ruta para ir al trabajo. Tenían los suficientes datos como para sugerir que existía un imperativo cultural o biológico al respecto (esto es, la mayoría desarrollaba una conducta similar), quizás un remanente atávico del instinto de evitar a los depredadores. Muy mal; Marguerite hubiera preferido pensar que era parte de la idiosincrasia del Sujeto, fruto de una preferencia individual, una elección discernible.

En cualquier caso, el programa de observación lo seguía con precisión y previsibilidad. Cuando el Sujeto se movía, el punto de vista aparente (la «cámara virtual», como la llamaban los chicos de Adquisición de Imagen) lo seguía a la distancia adecuada. El Sujeto estaba centrado en la pantal a pero su mundo era visible allá donde él viajara. Avanzó a grandes trancos junto con otros de su especie a través de los pasillos iluminados por las luces incandescentes de su madriguera, todos moviéndose en la misma dirección, como si los pasillos fuesen carreteras de un solo sentido, aunque aquel sentido cambiara cada día. En una multitud, el a había aprendido a identificar al Sujeto no ya por la centralidad de su imagen (en ocasiones, brevemente, su imagen se borraba), sino por el vívido color naranja amarillento de su cresta dorsal-craneal y el redondeado contorno de sus hombros.

Pudo ver la luz del día conforme él iba pasando por balcones y rotondas abiertas al aire libre. Aquel día el cielo era de un azul polvoriento. La mayor parte de la l uvia que caía sobre Vil a langosta se daba durante la estación del suave invierno, y al í entonces era bien entrado el verano, justo en el medio de su largo romance con el sol. El planeta tenía un eje levemente inclinado pero una órbita muy larga alrededor de su estrel a: sería verano en la ciudad del Sujeto durante otros dos años terrestres.

En verano, el cielo quedaba oscurecido normalmente más por culpa del polvo que a causa de nubes de tormenta. UMa 47/E era más seco que la Tierra; como en Marte, se podían generar enormes tormentas de polvo cargadas de electricidad. Siempre había una fina capa de polvo suspendida en la atmósfera, y los cielos no eran nunca tan claros como los terrestres. Pero aquel día parecía tranquilo, aventuró Marguerite. Cálido, a juzgar por cómo se le levantaban al Sujeto los cilios de control de la temperatura. El azul de tiza coloreada del cielo era tan bueno como podía llegar a serlo. Entrecerró los ojos e imaginó poblados sobre montañas escarpadas en Arizona o Nuevo México bajo la luna l ena.

Al final el Sujeto salió a una de las anchas avenidas del exterior que se hundían en la bese de la ciudad.

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