Marguerite había l evado a Tess al psicoterapeuta con la idea de corregir su torpeza y su «pobre sentido de la situación», había probado con tratamientos de drogas para modificar su cantidad de serotonina o dopamina o factor Q, pero ninguno de ellos había logrado mostrar cambios en la conducta de Tess. Lo que implicaba, quizás, que Tess tenía una personalidad inusual; que su extraña reserva, su aislamiento social, eran problemas con los que tendría que cargar indefinidamente o superar en un acto de voluntad personal. Marguerite se había convencido de que jugar con su arquitectura neuroquímica era contraproducente. Tess era una niña, su personalidad todavía estaba formándose; no debía ser drogada o forzada a transformarse en la idea de madurez de otro.
Y aquello le había parecido un compromiso plausible, al menos hasta que Marguerite hubo dejado a Ray, hasta aquel problema en Crossbank.
Aquel fin de semana ni siquiera había periódico. Normalmente era posible imprimirse secciones del New York Times (o casi cualquier otro periódico urbano), pero incluso aquella ridícula conexión con el mundo exterior había quedado cortada. Y si Marguerite echaba de menos el periódico, ¡qué sería de todos aquellos yonquis de los informativos! Arrancados de raíz del gran culebrón mundial, sumidos en la ignorancia sin estar al tanto de los acuerdos en Bélgica o del último nombramiento para el Tribunal Continental. Aquel silencio del panel de video y el monótono repiqueteo de la lluvia hacían que la tarde se alargara con indolencia, logrando que Marguerite se contentara con sentarse en la cocina a hojear números atrasados de las revistas Astrobiology y Exozoology, con su atención revoloteando sobre aquel denso texto como una polilla, hasta que Connie Jerundt volviese a recoger a Edie.
Marguerite fue al cuarto de Tess a por las niñas. Edie estaba tumbada sobre la cama con los pies contra la pared, curioseando entre la caja de zapatos donde Tess guardaba sus joyas falsas, peinetas y pasadores para el pelo en forma de tortuga. Tess estaba sentada en su escritorio enfrente del espejo.
—Tu mamá está aquí, Edie —dijo Marguerite.
Edie parpadeó con sus grandes ojos de rana y corrió a buscar sus zapatos escaleras abajo.
Tess se quedó junto al espejo, enrollándose el cabello alrededor del dedo índice derecho.
—¿Tess?
El cabel o formó un rizo desde la uña de Tess hasta su nudil o, y después desapareció.
—¿Tess? ¿Te lo has pasado bien con Edie?
—Supongo que sí.
—Quizás deberías decírselo. —Tess se encogió de hombros—. Quizás se lo puedas decir ahora. Está en la planta baja preparándose para irse.
Pero para cuando Tess bajó a grandes trancos hasta la puerta principal, tanto Edie como su madre se habían ido.
El lunes, lo que había comenzado siendo una aburrida molestia comenzó a parecerse más a una crisis.
Marguerite dejó a Tess en el colegio de camino al Hubble Plaza. La multitud de padres en el aparcamiento, incluyendo a Connie Jerundt, que la saludó desde la ventanil a del coche era un hervidero de rumores. Partiendo del hecho de que no había ninguna emergencia local que justificara el bloqueo, aquello significaba que algo debía de haber ocurrido en el exterior, algo lo suficientemente grande como para crear una crisis de seguridad. Pero, ¿qué? ¿Y por qué no le habían comunicado nada a nadie?
Marguerite se negó a participar en la especulación. Obviamente (o al menos así se lo parecía a el a), la actitud más lógica era continuar con el trabajo diario sin más distracciones. Quizás no fuera posible ponerse en contacto con el mundo exterior, pero el mundo exterior todavía seguía abasteciendo a Blind Lake de energía y presumiblemente todavía esperaba que la gente se dedicara a sus tareas. Besó a Tess para despedirse, observó cómo su hija atravesaba con paso rápido el patio de recreo y arrancó el coche cuando sonó la campana del colegio.
La lluvia había amainado, pero octubre se había hecho cargo del tiempo con un viento frío que soplaba a través de un cielo azul zafiro.
Se alegró de haber insistido en que Tess l evara puesto un suéter. Ella l evaba una cazadora de franela que resultó insuficiente para el largo paseo desde el aparcamiento del Hubble Plaza hasta la entrada del ala este. No iba a tardar mucho en nevar, pensó Marguerite, y la Navidad ya se estaba acercando si uno miraba un poco más allá de la cabeza sobresaliente del Día de Acción de Gracias. El cambio en el tiempo hacía la cuarentena mucho menos l evadera, como si el aislamiento y la ansiedad se hubieran hecho uno con el frío aire de Canadá.
Mientras esperaba el ascensor, Marguerite observó de reojo a Ray, su ex-marido, que se sumergía en la tienda del vestíbulo, probablemente para comprar su tentempié diario de DingDongs. Ray era un hombre de costumbres regulares a rajatabla, y una de ellas eran los DingDongs de desayuno. Ray solía l evarse consigo a donde fuera enormes cantidades para asegurarse de que nunca le faltaran, incluso para los viajes de negocios o las vacaciones. Siempre llevaba un buen número de ellos en un tupperware en su equipaje de mano. Un día sin DingDongs sacaba lo peor de él: su petulancia, sus ataques de cólera ante la menor frustración. Mantuvo la vista en la entrada de la tienda mientras el ascensor bajaba poco a poco desde la décima planta. Justo cuando sonó la campana y se abrieron las puertas, Ray emergió de la tienda con una pequeña bolsa en la mano. Los DingDongs, seguro. Que iba a devorar, sin duda, escondido tras la puerta cerrada de su despacho: a Ray no le gustaba que le vieran comiendo dulces. Marguerite se lo imaginó con un DingDong en cada puño, mordisqueando su preciosa carga como una ardil a loca, llenando de migajas su camisa almidonada y su corbata de funeral. Marguerite se metió en el ascensor con otras tres personas y pulsó con rapidez el botón de su planta, asegurándose de que la puerta se cerrara antes de que Ray pudiera l egar corriendo.
El trabajo de Marguerite, aunque ella lo adoraba y había luchado muy duro por conseguirlo, en ocasiones la hacía sentirse como una voyeur. Una voyeur sin vocación, desapasionada. Pero voyeur al fin y al cabo.
No se había sentado así en Crossbank; claro que su talento se había malgastado en Crossbank, donde había estado cinco años analizando detal es botánicos de estudios archivados, el tipo de trabajo desagradecido que cualquier estudiante brillante de postgrado podía haber hecho. Todavía podía recitar de memoria los binomios provisionales en latín de dieciocho variedades de bacterias. Después de un año allí se había acostumbrado tanto a la vista del océano de HR88 32/B que había imaginado que podía olerlo, sentir los niveles casi tóxicos de cloro y ozono que las pruebas fotocromáticas habían detectado. Un olor amargo y vagamente aceitoso, como el de los productos de limpieza. Había estado en Crossbank únicamente porque Ray la había llevado allí (Ray había trabajado en el cuerpo administrativo de Crossbank), y había rechazado varias ofertas para trabajar en Blind Lake, principalmente porque Ray no lo hubiera aprobado.
Después ella había reunido el valor suficiente y había iniciado los trámites del divorcio, tras lo cual había aceptado aquel puesto en Observación, solo para darse cuenta entonces de que Ray también había solicitado el cambio de puesto y se había trasladado a Blind Lake. Y no solo eso, sino que él se iba a trasladar al oeste un mes antes que Marguerite, convirtiéndose en una figura allá y probablemente saboteando la reputación de Marguerite entre los encargados de administración del complejo.
Aun así, el a estaba haciendo el trabajo para el que había sido preparada, el trabajo que tanto había deseado: la cosa más cercana al trabajo de campo astrozoológico que jamás había visto.
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