Potencialmente muy interesante, pensó Marguerite. Etiquetó el informe con un aviso de prioridad, lo que quería decir que Fisiología y Señales podría enviarlo a los compiladores para realizar más análisis posteriores. Añadió algunas notas y preguntas propias (¿consistencia? ¿otros contextos?) y lo reenvió al Hubble Plaza.
Abrió los últimos archivos de video de las secciones de Cultura y Tecnología, que se proyectaron en el panel de la pared de la habitación. Allí estaba el Sujeto, erguido al máximo, con las piernas estiradas mientras empleaba el brazo y algo que se parecía a una tiza para añadir un símbolo nuevo (si es que era un símbolo) a la cadena que adornaba los muros del cuarto. Era uno más de una cadena de dieciséis espirales en forma de concha de caracol que se iban haciendo progresivamente más grandes. Aquella última terminaba con una especie de rúbrica. A Marguerite le parecían garabatos de un niño aburrido en los márgenes de un cuaderno de notas. La inferencia obvia era que el Sujeto estaba escribiendo algo, pero ya se había comprobado que los trazos, líneas, círculos, cruces, puntos, etc., nunca se repetían. Si se trataba de pictogramas, el Sujeto no había escrito nunca la misma palabra dos veces; si fueran letras, se trataba de un alfabeto muy largo. ¿Significaba aquel o que se trataba de arte? Quizás. ¿Decoración? Posiblemente. Pero en Cultura y Tecnología eran de la opinión de que aquel último signo de la cadena sugería algo de contenido lingüístico. Marguerite lo dudaba, y etiquetó aquel informe con una prioridad que lo almacenaría con una decena de documentos similares para la revisión técnica.
El resto de los mensajes consistía en informes de progresos de los comités en activo, y un par de breves segmentos que el equipo de Investigación del Paisaje había considerado que le podría interesar ver: vistas de mirador, la ciudad extendiéndose más allá del Sujeto en una tarde color pastel, capa sobre capa de arenisca roja, como un imperio de pasteles de boda oxidados. Guardó las imágenes para estudiarlas más tarde.
Para medianoche ya había acabado.
Desconectó la pantal a del muro de su cuarto de trabajo y fue andando por la casa apagando las otras luces, hasta que la suave oscuridad fue completa. Al día siguiente era sábado. Tess no tendría colegio. Marguerite confiaba en que la programación vía satélite estuviera disponible para la mañana. No quería que Tess se aburriera en su primer día de vuelta al hogar.
Era una noche clara. El otoño estaba avanzando a pasos agigantados aquel año. Se tumbó en la cama con las cortinas abiertas. Cuando se mudó aquel pasado verano puso su grande e inútil cama doble cerca de la ventana. Le gustaba mirar a las estrel as antes de dormirse, pero Ray siempre había insistido en bajar las persianas. Ahora podía hacerse aquel as pequeñas concesiones. La luz de la luna creciente caía sobre un arrecife de mantas. Cerró los ojos y se sintió ingrávida. Suspiró una vez y cayó dormida.
Ari Weingart, el encargado de Relaciones Públicas de Blind Lake, l evaba una gran carpeta digital. Chris Carmody se preocupó un poco al verla. Rara vez había tenido buenas experiencias con gente que l evara carpetas.
Era evidente que a Weingart las cosas no le estaban saliendo demasiado bien. Había recibido a Vogel, Elaine y Chris en el exterior del Hubble Plaza y los había escoltado hasta su pequeño despacho con vistas a la plaza central. Estaban en la mitad de la confección de un itinerario provisional de una semana, cuando Weingart había recibido una l amada. Chris y compañía se retiraron a una sala de conferencias vacía donde estuvieron sentados hasta entrada la noche.
Cuando Weingart volvió, todavía l evaba consigo la odiosa carpeta.
—Ha habido una complicación —dijo él.
Elaine Coster había estado hirviendo a fuego lento, escondida tras un ejemplar atrasado de Current Events. Dejó la revista sobre una mesil a y recibió a Weingart con una mirada inexpresiva.
—Si hay algún problema con el calendario, podemos solucionarlo mañana. Todo lo que necesitamos ahora mismo es un sitio donde poder instalarnos. Y una conexión segura. No he podido conectarme con Nueva York desde esta tarde.
—Bueno, ese es el problema. Las plazas de alojamiento están ocupadas. Tenemos unos novecientos trabajadores que viven fuera del complejo, pero no han podido salir, y me temo que tienen prioridad sobre los invitados. Las buenas noticias son que…
—Espere un momento —dijo Elaine—. ¿Ocupadas? ¿De qué está hablando?
—Supongo que no habrán tenido este problema en Crossbank, pero es parte del protocolo de seguridad. Si existe algún tipo de amenaza contra el complejo, no se permite el tráfico ni en un sentido ni en otro hasta que el problema se solucione.
—¿Existe una amenaza?
—Doy por hecho que sí. No estoy al corriente de todo. Pero estoy convencido de que no es nada.
Probablemente tiene razón, pensó Chris. Tanto Crossbank como Blind Lake eran Laboratorios Nacionales y operaban con unos protocolos de seguridad que databan de las Guerras del Terror. Incluso las amenazas más insignificantes se tomaban terriblemente en serio. Uno de los inconvenientes del alto perfil de Blind Lake era que atraía la atención de un amplio espectro de lunáticos e ideólogos.
—¿Puede decirnos la naturaleza de la amenaza?
—Honestamente, eso es algo que yo mismo desconozco. Pero no es la primera vez que ocurre. Si mi experiencia les sirve de ayuda, todo estará solucionado para mañana.
Sebastian Vogel se levantó de la silla donde había estado sentado como una esfinge durante la última hora.
—Y entretanto —dijo—, ¿dónde vamos a dormir?
—Bueno, hemos preparado unos camastros.
—¿Camastros?
—En el gimnasio, en el centro de ocio. Lo sé. Lo siento terriblemente. Es lo mejor que hemos podido conseguir con tan poco tiempo de margen. Como les he dicho antes, estoy seguro de que todo estará solucionado mañana por la mañana.
Weingart frunció el ceño mirando su carpeta, como buscando un indulto de última hora. Elaine parecía a punto de estallar, pero Chris se le adelantó.
—Somos periodistas. Estoy seguro de que todos nosotros hemos dormido en malas condiciones alguna que otra vez. —Bueno, quizás Vogel no—. ¿No es así, Elaine?
Weingart la miró con temerosa esperanza.
Ella se tragó cualquier cosa que fuera a decir antes.
—He dormido en una tienda en el desierto del Gobi. Supongo que puedo dormir en un puto gimnasio.
Había varias hileras de camastros en el gimnasio, algunos ya ocupados por trabajadores del turno de día desplazados que venían de centros de acogida repletos. Chris, Elaine y Vogel separaron tres camastros bajo la canasta de baloncesto y los hicieron suyos con el equipaje. Las almohadas de las camas parecían alcachofas aplastadas. Las mantas eran suministros de la Cruz Roja.
—¿El desierto de Gobi? —le dijo Vogel a Elaine.
—Cuando estaba escribiendo mi biografía sobre Roy Chapman Andrews. A través de las huellas del tiempo: Paleobiología entonces y ahora. Yo tenía más o menos veinticinco años. ¿Has dormido alguna vez en una tienda de campaña, Sebastian?
Vogel tenía sesenta años. Era de tez pálida excepto por el rojo febril de sus mejillas, y vestía jerseys amplios para ocultar la generosidad de su estómago y caderas. A Elaine no le gustaba. Según ella, le había confiado a Chris, era un arribista, un fraude, prácticamente un asqueroso espiritualista, y Vogel había agravado el pecado con su impecable cortesía.
—En el parque natural de Algonquin —dijo él—. Canadá. Una acampada. Hace varias décadas, por supuesto.
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