Ted Dekker - Blanco

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Nunca rompa el círculo.
En esta tercera parte de la innovadora Serie del círculo, Thomas Hunter sólo tiene días para sobrevivir en dos mundos diferentes, llenos de peligro, engaño y destrucción. El destino de ambos mundos depende de su singular habilidad de cambiar realidades por medio de sus sueños. Ahora, guiando un pequeño grupo multiforme conocido como El Círculo, Thomas se encuentra enfrentando nuevos enemigos, desafíos interminables y el amor prohibido de una mujer de lo más insólita.
Entre a la Gran Búsqueda, donde Thomas y una pequeña banda de seguidores deben decidir rápidamente en quién pueden confiar, tanto con sus propias vidas como con el destino de millones de personas.

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– Creo que lo mereces -opinó Suzan.

Creció el nudo en la garganta de Chelise, y debió tragar saliva para no llorar. No sabía de dónde había salido la repentina emoción, pero no era la primera vez que los albinos la afectaran con tanta facilidad. Las lecciones en la biblioteca con Thomas habían sido parecidas.

Ella decidió entonces, mirando hacia la selva para que Suzan no pudiera ver las lágrimas que intentaba reprimir, que le gustaban los albinos.

– ¿Por qué no lo despiertas? -preguntó Suzan-. Debemos irnos.

– Despierta -expresó Chelise yendo hacia él, contenta por el descubrimiento.

Thomas gimió y giró la cabeza, perdido aún para el mundo. Ella miro a Suzan, pero la mujer estaba muy ocupada ensillando otro caballo.

– Despierta, Thomas -ordenó la muchacha inclinándose y tocándolo.

Él despertó sobresaltado, miró alrededor, luego la vio y volvió en sí. $e levantó y se sacudió la capa.

– ¿Qué hora es? ¿Me dejaste dormir?

– Parecías cansado.

Él miró a Suzan, luego analizó a Chelise.

– Volveré en un instante -anunció él y se fue corriendo en dirección al riachuelo.

Era interesante esta obsesión de los albinos con la limpieza. Thomas volvió diez minutos después, con el radiante rostro limpio del morst.

– Me siento como un hombre nuevo. No pretendo ofender, pero la cosa esa me produce picazón en la piel.

– ¿De veras? Para mí es muy calmante.

– Te quedan bien. Las flores blancas son un complemento perfecto.

– Gracias -manifestó ella sonriendo; ¿creía él de verdad que ella era hermosa, o la estaba tratando con condescendencia?

Montaron y se dirigieron al sur alejándose de la ciudad, hacia el desierto. Thomas las guió a lo largo de un sendero de caza, lejos de todas las rutas frecuentemente transitadas.

***

CABALGARON DURANTE una hora sin hablar, Suzan en la retaguardia.

– ¿Soñaste bien, Thomas? -preguntó Chelise, rompiendo finalmente el silencio.

– No soñé en absoluto. Comí el rambután.

– Pensé que querías soñar. Casi pierdo la vida por tus sueños.

– Hice un juramento: nada de sueños mientras esté contigo. Ella no sabía lo que él podría tener en mente, pero no forzó ninguna explicación.

– ¿Haz decidido lo que deberíamos exigir por tu regreso? -inquirió Thomas acercando su caballo al de ella.

– Podríamos cambiarme por Woref, como sugeriste -respondió ella-. Lo podrías convertir en albino. Eso le serviría a la bestia.

Por desgracia, el ahogamiento funciona solo si se hace de manera voluntaria. De otro modo reuniríamos encostrados por montones y los hartaos meterse al agua, ¿no es así, Suzan? -dijo Thomas riendo entre dientes. Así se ha sugerido -contestó ella.

– Qué horrible muerte sería -comentó Chelise encogiéndose de hombros.

– ¿Parezco muerto? -objetó Thomas-. Más vivo de lo que nunca has visto.

Luego estiró el brazo.

– Cuando muevo el brazo, no hay dolor en mis articulaciones. Y no es porque me haya acostumbrado a sufrir.

El pensamiento de ahogarse la aterraba. Se había acostumbrado tanto al dolor en las articulaciones que sencillamente le hacía caso omiso la mayor parte del tiempo.

– Podríamos exigir asilo para tu Círculo -opinó Chelise.

– ¿Harías eso?

– ¿Por qué no? -respondió ella encogiendo los hombros.

– Suzan, creo que ella se nos está animando.

Solamente ayer Chelise habría respondido con un comentario cortante para aclararle las cosas a Thomas. Ahora sentía ridículo tal comentario, por lo que ella lo desechó.

– Quizás deberíamos dejar que mi padre sufra durante uno o dos días -comentó la joven; no estoy en posición de chantajearlo muy a menudo.

– Perfecto. Entonces esperaremos una semana.

– ¿Una semana? Yo no sabría qué hacer aquí conmigo misma durante una semana.

– Cabalgarás con nosotros.

– ¿Y hacia dónde exactamente estamos cabalgando?

– Aún no lo he decidido -anunció él-. Lejos de las hordas. Fuera de peligro. ¿Te gustaría visitar nuestro Círculo?

– No, no. No podría hacer eso. ¡Se aterrarían de mí! Y yo de ellos. A cualquier parte menos a una de tus tribus.

– Entonces simplemente nos dirigiremos al sur -declaró él sonriendo-. Mientras esté contigo para mantenerte a salvo, y estés cómoda, cabalgaremos.

– Parece justo -convino ella, quien no podía mirarlo sin sentirse incomoda.

El sol pasó por encima y comenzó a descender hacia el horizonte occidental. Suzan se salió varias veces del camino para inspeccionar la ruta, a veces Chelise se preguntaba si Thomas y su teniente no habían planeado las prolongadas desapariciones para que él pudiera estar a solas con ella. No es que eso le importara a la encostrada.

Thomas le contó historias de sus días como comandante de los guardianes del bosque y ella le correspondió con recuerdos de sus días en el desierto: cómo habían hecho uso de la paja del desierto, dónde hallaban el agua, cómo fue criarse jugando con otros niños que no tenían sangre real.

Él parecía especialmente conmovido por las historias de ella acerca de los niños e hizo muchas preguntas sobre cómo aprendieron a sobrellevar la enfermedad, como él la llamaba. En realidad él pensaba que la condición de la piel de los encostrados era una anormalidad. Y, desde luego, lo era para él, igual que la condición de él lo era para ella. Sin embargo, como lo señalara Chelise, si se tomara el mundo como un todo y se compararan los millones de encostrados con solo mil albinos, ¿quién sería anormal? ¿Y quién estaría enfermo?

Él gentilmente cambió de tema. No había manera de reconciliar las enfermedades de ellos.

– Te conocí una vez en el desierto -le confesó él con una sonrisa.

– ¿Antes? ¿Cómo pudiste haberlo hecho?

– Roland.

– ¿Roland? Pero Roland era de las hordas.

– Roland era Thomas, comandante de los guardianes del bosque, quien se había extraviado y contraído la enfermedad. Naturalmente, me vi obligado a mentirte.

– ¿Eras Roland? ¿Tuve la vida de Thomas de Hunter en mis manos? ¡Debí haberte degollado!

– Entonces te habrías privado del placer de cabalgar hoy conmigo.

– Sinceramente, me cayó muy bien Roland. Recuerdo eso. Si te volviera a suceder, ¿me degollarías? -inquirió él. Sabiendo lo que sé hoy, sabiendo que estaría en posición de chantajear a mi padre, no -confesó ella mirando hacia abajo las bamboleantes Poetas del caballo.

– ¿Aun sabiendo que yo seguiría matando a muchos de tus guerreros en las guerras posteriores a ese día? Él planteó un buen punto.

– Entonces sí, siento decir que te habría cortado el pescuezo.

– Bueno. Me gusta una mujer sincera. Los dos rieron.

Él era muy obvio. Thomas de Hunter, este famoso guerrero que cabalgaba al lado de ella, quería ganarse su amor.

Para cuando llegaron al desierto, ella no estaba segura de no sentir algo por Thomas. Por una vez él cabalgó adelante para localizar a Suzan, y sorprendentemente Chelise se sintió abandonada. Solitaria. No, más que solitaria, añorando la compañía de él. Y cuando él reapareció cinco minutos después con una tonta sonrisa, ella sintió alivio.

– ¿Me extrañaste? -quiso saber él.

– Ah, lo siento. ¿Te habías ido? -contestó ella, pero al instante quiso retirar la broma-. Me sentí sola.

– ¿Cuándo había sucedido todo esto? ¿En la biblioteca?

Suzan galopó hacia ellos, saludando con las manos. Thomas se echó atrás en su montura.

– Ella encontró algo.

– ¿Las hordas?

– No lo creo. ¡Vamos!

Los dos salieron corriendo al encuentro de la teniente.

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