Así que todo era cierto. La joven comprendía que estaba en peligro su propia vida.
– Si me entrego, me matarán. ¿Quieres eso? La mujer bajó la antorcha.
Thomas se paró y se puso frente a ella. Se miraron por primera vez desde que ella lo había dejado en la biblioteca. El rostro de la muchacha se veía hermoso a la llama de la lámpara.
Thomas fue hacia Chelise y empezó a levantar la mano hacia el rostro de ella, y luego se detuvo.
– He venido a rescatarte.
– No necesito ser rescatada. Lo que necesito es que te entregues a Qurong para que podamos olvidarnos de esta locura. Ahora mismo debo llamar a los guardias.
La negativa de ella envió un rayo de dolor por el pecho de Thomas.
– Entonces llama a los guardias -desafió él con el rostro enrojeció.
– Mantén baja la voz. Te ves ridículo con ese morst.
– ¿Me prefieres sin eso?
Ella fue hacia el escritorio, dejó allí la antorcha y miró el espejo, que n mostraba nada en esta débil luz.
No había llamado a los guardias.
– Escúchame, Chelise. Sabes tan bien como yo que ya se acabó cualquier vida que pensaste tener en este castillo. Woref te destruirá. Si sobrevives entregándome, esa bestia, como lo llamas, te dará una muerte en vida Y si no te encoges de miedo ante su puño, te matará.
– Nada de esto habría pasado sin ti -contraatacó ella-. Sin ti Woref no sería el cerdo que es, y sin ti yo no me habría colocado en esta terrible posición de elegir.
– Entonces al menos ves que tienes una elección.
– ¿Entre qué? ¿Entre un animal y un albino? ¿Qué clase de elección es esa?
– Entonces no nos elijas a ninguno de los dos -objetó él, haciendo caso omiso a la mordacidad en las palabras de Chelise-. Salgamos de este lugar y negociemos con tu padre desde una posición fuerte.
La idea la paralizó. Cuando ella volvió a hablar se le había suavizado la voz.
– Si huyo contigo, Woref nunca me perdonaría.
– No vendrás conmigo. Te llevaré por la fuerza.
– ¿Por la fuerza? -objetó ella riendo-. Como tu prisionera. ¿Cómo puedo negociar con Qurong siendo tu prisionera?
– Pensaremos en algo. Le diré a Qurong que deseo a Woref en intercambio por ti. Algo como eso. ¿Y qué haría Woref por tenerte?
– Lo que sea.
– Exactamente. Lo ves; si sales, puedes obligarlos. Si te quedas, tu vida será un desastre, aunque me entregues.
Una leve sonrisa se formó en el rostro de Chelise.
– Pero debes entender que yo…
¿Cómo decir esto? De repente Thomas deseó no haber hablado.
– ¿Qué? -exigió saber ella.
– Que creo que sienta algo por ti -confesó él-. Te puedo ver de manera diferente, pero no sería adecuado sacarte de aquí sin ser totalmente sincero respecto de mis intenciones.
– ¿Y cuáles son? -preguntó ella, esta vez seria-. ¿Ganar mi amor?
Entonces permíteme ser sincera contigo. Sé cómo nos miran ustedes los albinos. Les resultamos repulsivos. Nuestro aliento les apesta y nuestra piel les produce náuseas. No sé qué clase de idea de adolescente se te ha subido a la cabeza, pero tú y yo nunca podríamos ser amantes.
– Podríamos si te ahogaras.
– Nunca.
Thomas se preguntó si había cometido una terrible equivocación. Pero Michal le había dicho que siguiera su corazón, y su corazón estaba por esta mujer. ¿No era así? Pues sí, la idea de dejarla lo aterraba. Sin duda su corazón era para esta mujer.
– No fue mi intención ofenderte -estaba diciendo ella; había visto el dolor de él-. Lo siento. Pero tú tienes tu vida y yo tengo la mía. Me siento atraída hacia hombres como yo. Hombres con mi carne.
– Está bien.
– ¿Entiendes entonces?
– Entiendo. No lo acepto. Creo que he visto más en tus ojos.
– Aunque así fuera, no puedo actuar en base a eso -expresó ella; luego lo miró sin decir nada y se dirigió al armario.
– ¿Qué estás haciendo? -inquirió él.
– Estoy tomando lo que necesito para un viaje por el desierto.
– ¿Vienes entonces?
– Mientras convengas en traerme de vuelta en intercambio por una exigencia de mi elección.
– Sí. De acuerdo -concordó él sintiéndose impaciente de pronto-. No necesitas nada. Debemos apurarnos.
– Una mujer necesita lo que necesita -respondió ella, poniendo rápidamente varios artículos en una bolsa de cuero-. Hay un envase de morst y un poco de pasta en el tocador.
– ¿En realidad tú…?
– Es del tipo perfumado que usé en la biblioteca. Créeme, te agradará que lo lleve.
Thomas sacó el pequeño envase. Ella se acercó y abrió la bolsa. Intercambiaron una larga mirada, y él podía jurar que tenía razón. Detrás de esos ojos había más de lo que ella admitía.
O quizás no.
– Dirige el camino -pidió ella.
***
LO HABÍAN llamado al castillo a medianoche, a causa de preocupaciones incluso en tiempos de paz. Considerando los acontecimientos de los últimos días, Woref temió lo peor.
Esto tenía que ver con Chelise; podía sentirlo. Llevó su caballo por la calle y afirmó el paso, pero la sangre ya le hervía. No había mayor fuente de problemas en el mundo que las mujeres. Amaban y mataban, y aún al amar mataban. El hombre podía hacer algo mejor para quitar la tentación de la faz de la tierra. ¿Cuán bueno era el amor a tan terrible precio?
Desmontó, entró al vestíbulo y se echó la capucha hacia atrás.
– Woref -llamó Qurong, quien esperaba dentro del patio-. Me alegra que mi general de confianza haya venido.
Woref inclinó la cabeza en respeto.
– Me acaban de despertar unas noticias muy malas -informó Qurong; se estaba mostrando demasiado reservado con esto como para que no se tratara sino de terribles noticias-. Hallaron a uno de nuestros guardias atado en la cerca trasera.
¿Robo?
– Afirmó que un hombre fingiendo hablar como mujer saltó sobre la cerca, aseguró ser tu concubina, y lo puso fuera de combate. Un poco más tarde regresó con otra mujer y lo volvió a dejar sin sentido.
– Le aseguro, señor, que está mintiendo. No tengo concubina.
– ¡No me importan tus mentiras, general! La segunda mujer era m1 hija. ¡Chelise ha desaparecido! -exclamó Qurong, primero lentamente y luego con voz temblorosa.
– ;Cómo…?
– La primera «mujer» era Thomas, ¡idiota!
– Thomas de Hunter -expresó Woref-. Él se la llevó.
O se fue ella por voluntad propia?
– El guardia afirma que la estaban obligando. Thomas le dijo que transmitiera que él cumplirá con la exigencia. Liberará a Chelise cuando accedamos.
Ella se fue por voluntad propia , pensó Woref. El rostro se le enrojeció pero no mostró su ira.
– Ahora es tu vida la que está en juego -explicó el líder máximo-. Si mi hija resulta con un solo cabello lastimado, te haré responsable. Tú le dijiste que la ahogaríamos, sabiendo muy bien que yo nunca lo haría. Tú dijiste que esto le enseñaría una lección a Chelise y tú hiciste saber el mensaje para poner en evidencia a Thomas. Ahora ella ha desaparecido.
– No estamos sin recursos, mi señor. Recibí mensaje de que mis hombres se están acercando a la tribu de Thomas. Él no tendrá la única pieza de negociación.
Qurong lo miró con escepticismo.
– Ellos están sin sus líderes -informó Woref-. He enviado refuerzos. No escaparán a toda una división.
– Es a Chelise a quien quiero, ¡no a un grupo de albinos!
– Usted tendrá a Chelise. ¡Pero solamente si la voy a tener yo!
– ¡Encuéntrala! -gritó Qurong con el ceño fruncido.
LO INTENTÓ, pero no pudo dormir. Y decidió que no soñaría, no hasta que se hubiera ganado el amor de ella. Probablemente el virus lo iba a matar en unos cuantos días del tiempo de la otra realidad, y él no permitiría que eso interfiriera con el drama que se desenvolvía aquí. Simplemente comería la fruta de rambután todas las noches. Una semana, un mes, lo que se necesitara. Cuando finalmente soñara, solo habrían pasado unas cuantas horas donde dormía ahora en la Casa Blanca.
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