– Él es grande, pero no tanto.
– Los guardianes del bosque entonces. Bajo las órdenes de él.
– Los guardianes del bosque ya no existen. Ni siquiera portan espadas… ¿qué clase de enemigo es ese?
Elison la miró, sin poder decir nada.
– No te hagas la ignorante conmigo, Elison. Si no puedo confiar en ti, ¿en quién entonces confiaría?
– Desde luego que puede.
Ella se volvió hacia su criada, la agarró de la mano, y la llevó al asiento de la ventana.
– Dime que preferirías morir antes que traicionarme. Júramelo.
– Pero, mi señora, usted conoce mi lealtad.
– Júralo entonces!
– ¡Lo juro! ¿Qué es esta plática sobre traición?
– Simpatizo con él, Elison. Algunas personas considerarían eso como traición-No entiendo. Si usted fuera a decir algo más escandaloso, algún servicio que requiriera de él como esclavo, yo podría entenderlo. ¿Pero simpatía? Él es un Albino.
– ¡Y tiene más conocimientos que Ciphus y Qurong juntos! -exclamó Chelise; los ojos de Elison se abrieron de par en par-. ¿Ves por qué insistí en que juraras? Matar a Thomas de Hunter sería acabar con la mente más grandiosa. Quizás él sea el único que pueda leer los libros de historias.
– Usted… a usted le gusta -dijo la criada mirándola con cara de haber caído en la cuenta.
– Tal vez sí. Pero él es un albino, y encuentro repulsivos a los albinos -cuestionó ella, y miró por la ventana a la luna creciente-. Es extraño que los llamemos albinos cuando somos más blancos que ellos. Incluso cubrimos nuestra piel para suavizarla como la de ellos.
Elison se paró asombrada.
– Siéntate.
Ella se sentó.
– Te estás olvidando de ti. Creo que deberías simpatizar con Thomas. Los dos están en servidumbre. Él es un hombre amable, Elison. Diría que el más amable que he visto. Simplemente simpatizo con Thomas del modo en que podría simpatizar con un cordero condenado. Sin duda puedes descubrirlo en ti misma para entender eso.
– Sí. Sí, supongo que puedo -contestó ella, con los ojos aún desorbitados-. ¿Le ha… le ha tocado usted la piel?
– ¿Quién es ahora la escandalosa? -preguntó Chelise soltando una risotada-. ¿Me estás tratando de indisponer? No siento ninguna atracción hacia él como hombre, gracias a Elyon por eso, o podría estar metida en un Verdadero lío. ¿Te puedes imaginar la reacción de Woref?
– Amar a un albino sería traición. Penada con la muerte -le recordó su sirvienta.
– Sí, así sería.
Chelise había salido después, sintiendo seguridad en su sencillo análisis. a primera vez que pensaba en su uso del morst como una forma de llegar a ser más albina. Solo una coincidencia, por supuesto. La moda era algo cambiante y en este momento sucedía que el nuevo morst que les cubría 1,¡ carne escamosa distinguía de los plebeyos a las mujeres de la realeza. En l0íl años venideros podría ser una pintura azul.
Ahora ella atravesó la puerta principal del jardín real y se volvió a Claudus, el guardia principal que se había criado como hijo del cocinero.
– Buenos días, Claudus.
– Buenos días, mi señora. Hermosa mañana.
– ¿Pasó alguien esta mañana?
– Los escribanos. Nadie más.
– ¿Se bañó mi esclavo como ordené?
– Sí, ¡y no estaba mugriento! También le dimos una túnica limpia. La espera adentro con los libros.
– Bien. Además debería haberle pedido que lo empolve -manifestó ella fustigando el caballo, y luego pensó que era mejor aclarar su afirmación-. Apenas puedo soportar estar cerca de él.
– ¿Lo empolvamos entonces?
– No. No, no estoy así de débil. Gracias. Claudus.
– Desde luego, mi señora.
Se dirigió a la biblioteca, deseosa de estar otra vez entre los libros. Con Thomas. Con toda sinceridad creyó que el pensamiento de empolvarlo sería una infamia. No deseaba que él fuera como ella. Ahora sentía vergüenza.
Chelise ató el caballo en la entrada posterior y entró a la biblioteca, reprendiéndose por escurrirse como una colegiala. Todos sabían que ella se hallaba aquí, haciendo precisamente lo que se esperaba que hiciera. Qurong le había insistido en hacer que Thomas le leyera los libros después de la primera lección, pero Chelise tenía otra opinión. Le afirmó que deseaba sorprenderlo leyéndole ella misma los libros. Thomas era su esclavo… 1° menos que ellos podían hacer era dejar que ella pasara unos días aprendiendo a leer antes de que le quitaran el regalo.
Además había convencido a Qurong de que los demás prisioneros tan1' bien podrían leer los libros. Era necesario mantenerlos con vida por e' momento.
Chelise abrió la puerta, puso la mano en la manija, respiró profundo y entró al enorme salón de almacenaje.
Al principio pensó que aún no habían traído a Thomas. Luego lo vio, en lo alto de la escalera, otra vez buscando como loco entre los libros. Parecía un niño agarrado robando un pastelillo de trigo del recipiente.
– ¿Busca aún su libro secreto? -preguntó ella.
Él descendió rápidamente y se quedó con los brazos a los costados, a siete metros de ella. La larga túnica negra lo hacía ver noble. Con la capucha puesta y un poco de morst debidamente aplicado se vería como uno de ellos.
– Buenos días, mi señora.
– Buenos días.
– Tengo una confesión -expresó él.
– ¿Ah? -exclamó ella poniéndosele a la derecha, con las manos agarradas a la espalda.
– Me pareció vergonzoso el desfile de ayer.
Ella sabía que la estaba sondeando, pero no le importó.
– Estoy apenada por eso. Mi confesión es que a mí también me pareció vergonzoso.
La afirmación de ella lo dejó sin palabras, pensó Chelise.
– Ningún hombre decente tendría que soportar eso -expuso ella.
– Concuerdo con lo que usted dice.
– Bueno. Entonces tenemos un punto de acuerdo. Hoy me gustaría aprender a leer.
– Tengo otra confesión -reveló él.
– Dos confesiones. No estoy segura de poder corresponderle.
– No me la he podido sacar de la mente -reconoció él. Ahora la afirmación de él la dejó sin palabras. Le bajó un calor por el cuello. Él se estaba sobrepasando. Sin duda el esclavo comprendía que ella solo podía hacer algunas cosas por él. Luz, comida, un baño, ropa. Pero ella tenía limitaciones.
Nunca seré su salvadora, Thomas. Usted comprende eso, ¿verdad? No pienso en usted como mi salvadora. Pienso en usted como en una mujer, amada y valorada por Elyon.
Usted se está sobrepasando. Deberíamos empezar ahora la lección.
– Por supuesto -contestó alejando la mirada, avergonzado-. No refiero a que sienta algo hacia usted. No como a una mujer así. Solo…
– ¿Solo qué? ¿Tiene usted una esposa albina?
– La mataron los suyos en nuestro primer escape del lago rojo Nuestros hijos están ahora con mi tribu. Samuel y Marie.
Ella no estaba segura de qué responder. Nunca había oído que Thomas de Hunter hubiera perdido a su esposa. Ni que tuviera hijos, en realidad.
– ¿Qué edad tienen?
– Samuel se cree de veinte años, aunque solo tiene trece. Marie va a cumplir quince.
Thomas fue hacia el estante y sacó un libro.
– Creo que es importante que usted comprenda que su maestro la respeta. Como estudiante. Como mujer que tiene oídos para oír. Solo quiero que sepa eso. ¿Empezamos?
Pasaron una hora con el libro, repasando las letras que él insistía en que eran inglesas. No lo eran, desde luego, pero ella comenzó a asociar ciertas marcas con letras específicas. Se sintió como si estuviera aprendiendo un nuevo alfabeto.
Thomas la trató al principio con mesurado sentido común, explicándole con dulzura y repasando cada letra. Pero a medida que pasaban las horas aumentaba la pasión de él por la tarea, y esta se volvió contagiosa. Explicaba con creciente entusiasmo y el movimiento de sus brazos se volvió más exagerado.
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