Ted Dekker - Blanco

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Nunca rompa el círculo.
En esta tercera parte de la innovadora Serie del círculo, Thomas Hunter sólo tiene días para sobrevivir en dos mundos diferentes, llenos de peligro, engaño y destrucción. El destino de ambos mundos depende de su singular habilidad de cambiar realidades por medio de sus sueños. Ahora, guiando un pequeño grupo multiforme conocido como El Círculo, Thomas se encuentra enfrentando nuevos enemigos, desafíos interminables y el amor prohibido de una mujer de lo más insólita.
Entre a la Gran Búsqueda, donde Thomas y una pequeña banda de seguidores deben decidir rápidamente en quién pueden confiar, tanto con sus propias vidas como con el destino de millones de personas.

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Sacó el más lejano a su derecha. Ciro. No.

El siguiente.

Alejandro. No. El siguiente. No.

Aceleró el paso, sacando libros, revisando las portadas, volviéndolos a meter ya que no le provocaban ningún recuerdo. El sonido de cada volumen al chocar con el fondo de la pared resonaba con un suave ruido sordo. No. No. No.

– Demasiado frenético, ¿verdad?

Thomas giró en la escalera. El libro que tenía en sus manos salió volando, atravesó el aire, y cayó dos pisos más abajo sobre el suelo de madera. Fue a parar cerca de los pies de ella con un fuerte estrépito.

Ella no se movió. Sus redondos ojos grises lo analizaron como si no pudiera decidir si él se entretenía o estaba confundido. Una débil sonrisa se le formó en la boca.

– Yo no quería interrumpir al gran guerrero.

– Lo siento -declaró Thomas empezando a bajar-. Solo estaba buscando un libro.

– ¿Ah, sí? ¿Cuál libro?

– No sé. Uno que esperaba que hiciera sonar un timbre.

– Nunca he oído de un libro que haga sonar un timbre.

– Es una expresión que usamos en las historias -explicó él mirándola, ya en lo bajo de la escalera.

– Usted quiere decir en los libros de historias. Pero dijo en las historias.

– Sí.

– ¿Lo halló? -preguntó ella, recogiendo el libro caído.

– ¿Hallar qué?

– El libro.

– No -respondió él, y miró las estanterías-. No estoy seguro de poder lograrlo.

– Pues bien, temo que yo no lo pueda ayudar. Apenas logro distinguir un libro de otro.

Bueno, aquí estaba ella, su ama. Quedó aliviado de que fuera ella y n° Ciphus o Qurong. Esta esbelta mujer tenía una lengua poderosa… ya se lo había demostrado bastante. Pero también le interesaba de veras lo que los libros le podían enseñar, no el poder que le podrían dar. Su motivación parecía pura. O al menos más pura que la de los demás. En algunos sentidos je recordaba a Rachelle.

Ella tenía puesta una túnica verde con capucha. Seda. Antes de conquistar las selvas, las hordas habían estado limitadas a sus rústicas telas de hilo enrollado de tallos del desierto.

– ¿Le gusta?

– ¿Perdón?

– Mi vestido. Usted lo está observando.

– Es hermoso.

– ¿Y yo? -preguntó ella caminando lentamente alrededor de él.

El corazón de él le dio un vuelco. No se podía atrever a expresarle lo que pensaba en realidad: que el aliento de ella era fétido, que su piel era horrible y que tenía muertos los ojos. Debía ganarse el favor de esta mujer para que su plan funcionara. Tenía que soñar. Era la única manera en que podía salir de esto.

– Soy solo un albino -contestó-. ¿Qué importa lo que yo crea?

– Cierto. Pero hasta un albino debe tener corazón. Usted está entregado a extrañas creencias y a esta secta que tienen, pero sin duda el gran guerrero cuyo nombre una vez sembrara terror en todas las hordas aún puede reaccionar ante una mujer.

Si él no lo supiera mejor, diría que en la voz de la mujer había un ligero dejo de seducción.

¿Cómo la vería Elyon?

– Usted es hermosa -contestó él con tanta convicción como pudo expresar.

– ¿De veras? Yo habría creído que usted me encontraría repugnante. ¿Encuentra un pez atractivo a un pájaro? Creo que usted miente.

– Belleza es belleza, de pez o de ave.

– No le estoy preguntando si soy hermosa -objetó ella dejando de caminar, a tres metros de él-. Le estoy preguntando si me encuentra hermosa.

El ya no pudo continuar con este engaño.

Entonces, para ser perfectamente sincero, veo en usted tanto belleza como algunas cosas que no son tan hermosas.

– ¿Como cuáles?

– Como su piel. Sus ojos. Su olor.

Ella lo miró por unos momentos, inexpresiva. Él la había herido. El corazón de él se le llenó de compasión.

– Lo siento, yo solo estaba tratando de…

– Le pregunté porque quería estar segura de que usted no encuentra ningún atractivo en mí -confesó ella-. Si hubiera hallado algo de belleza en mí, habría tenido que conservar mi distancia.

Ella se volvió y se fue hacia el escritorio.

– Naturalmente, de todos modos usted debe guardar su distancia de mí. Para mí usted es tan repugnante como yo para usted.

– Yo no dije que usted me repugnara. Solo que la enfermedad hace eso. Este no era un buen inicio.

– ¿Cuánto tiempo estaremos aquí juntos? -inquirió él.

– Eso depende de cuánto tiempo yo lo pueda soportar.

– Entonces por favor, le ruego que me perdone. No fue mi intención ofenderla.

– ¿Cree usted que un albino me puede ofender tan fácilmente?

– No me hago entender. Estoy seguro de que debajo de la enfermedad usted es una mujer sensacional. Impresionante. Si yo pudiera verla como Elyon la ve…

– Me baño en el lago de Elyon casi todos los días -lo interrumpió ella mirándolo-. Él no tiene nada que ver con esto. Creo que sería mejor que cambiemos de tema. Usted está aquí para enseñarme a leer estos libros. Usted es mi esclavo; recuerde eso.

– Soy su más humilde siervo -concordó él, inclinando la cabeza.

Chelise se dirigió con femineidad hacia el librero y recorrió los dedos a lo largo de los lomos de varios libros. Sacó uno, lo miró, luego lo devolvió y siguió la fila. ¿Qué importaría cuál libro iba a escoger si no sabía leer?

– Yo solía pasar horas hojeando estos libros cuando era niña -manifestó en voz baja-. Reflexionaba en la esperanza de que finalmente hallaría alguien que supiera leer. Siquiera unas cuantas palabras. Cuando crecí, un hombre me dijo una vez que algunos de ellos estaban escritos en inglés. Si tan solo pudiera encontrar esos, me sentiría feliz.

– Un hombre llamado Roland -confesó él.

– ¿Cómo lo sabe? -se sorprendió ella volviéndose.

– Conozco a Roland. Él la conoció en el desierto y usted le dio un caballo. Me dijo que usted le salvó la vida.

– Roland, el verdugo. ¿Es ahora también un albino?

– Sí. Sí, lo es.

Thomas la siguió a lo largo del estante, pasando los dedos por los libros.

– Y hay más. Todos los libros están escritos en inglés. Ella rió.

– Entonces usted sabe menos de lo que cree. ¿Cuántos de estos libros ha leído de verdad?

– Creo que es hora de nuestra lección. Escoja uno. Ella fijó la mirada en él, luego en los libros.

– Cualquiera de ellos. Da lo mismo.

Ella agarró del librero un libro negro grueso y con cuidado pasó la palma por la portada.

– ¿Puedo verlo? -preguntó él, estirando una mano.

Ella se acercó a Thomas y le dio el libro. Él pudo haber ido hasta el escritorio; sin duda habría sido natural leer en el escritorio un libro tan grande. Pero ahora él tenía motivos ocultos.

Abrió el libro en ambas manos y examinó las páginas. Una obra acerca de alguna historia en África. Empezó a volverse hacia el escritorio.

– Aquí, permítame mostrarle algo -comunicó.

Ella miró el libro.

– Venga acá. Déjeme mostrarle.

El dejó colgando el libro por la mitad y recorrió el dedo a lo largo de las palabras en la mitad que sostenía. Ella se le acercó, a centímetros de su cuerpo.

– ¿Ve usted esta palabra?

– Sí -contestó ella.

– ¿Me puede ayudar con esto? -preguntó él agarrando bien el libro. Chelise estiró la mano y levantó el extremo que colgaba. Ahora ellos se hallaban lado a lado, sosteniendo cada uno una portada del libro. El hombro de ella le tocaba levemente el de él. Un fuerte olor del perfume femenino, fragancia de rosas, inundó los orificios nasales de Thomas. No le cubría p0r completo el hedor de la piel, pero el perfume era asombrosamente tolerable.

– Ponga el dedo sobre esta palabra, como yo estoy haciendo.

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