Ted Dekker - Blanco

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Nunca rompa el círculo.
En esta tercera parte de la innovadora Serie del círculo, Thomas Hunter sólo tiene días para sobrevivir en dos mundos diferentes, llenos de peligro, engaño y destrucción. El destino de ambos mundos depende de su singular habilidad de cambiar realidades por medio de sus sueños. Ahora, guiando un pequeño grupo multiforme conocido como El Círculo, Thomas se encuentra enfrentando nuevos enemigos, desafíos interminables y el amor prohibido de una mujer de lo más insólita.
Entre a la Gran Búsqueda, donde Thomas y una pequeña banda de seguidores deben decidir rápidamente en quién pueden confiar, tanto con sus propias vidas como con el destino de millones de personas.

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Ciphus titubeó.

– Libérenle los brazos. Déjenle encadenados los pies.

– Gracias -contestó Thomas sobándose las muñecas.

– No me agradezcas aún. Camina por delante.

Siguió a Thomas dentro de un salón de dos pisos que parecía antiguo a pesar de su construcción relativamente nueva. Diez enormes escritorios cubrían el suelo, cada uno con su propia lámpara de piso. Las paredes estaban alineadas con libreros, cada uno repleto con rollos y libros empastados. Dos escaleras conducían al segundo piso, donde Thomas vio estantes similares detrás de una barandilla de madera.

Miró alrededor, asombrado por la obra de carpintería. Esto era trabajo de habitantes del bosque. Incluso los libros…

– ¿Puedo? -preguntó, dando un paso adelante hacia un librero.

Ciphus no contestó.

Thomas sacó un libro de una de las estanterías. Era de los que él había enseñado a usar a los escribanos del Círculo, con los recuerdos que él tenía de las historias. Corteza machacada atada alrededor de resmas de papel organizado de manera rudimentaria. Abrió el libro. La escritura eran caracteres básicos en cursiva.

Estas son nuestras propias historias, creadas por los escribanos – comentó Ciphus-. A Qurong le complace mucho la historia. Todo está registrado con sumo cuidado, hasta los detalles más triviales. Durante el día todos los escritorios están ocupados por historiadores. Tenemos nuestros propios escribanos del templo para registrar la historia de Elyon desde la Segunda Era.

– ¿La Segunda Era?

– El Gran Romance desde nuestra época como uno.

– Entonces reconoces que el Gran Romance cambió.

– Todo cambia -respondió Ciphus.

– El edificio es más grande que este salón -comentó Thomas recorriendo el espacio con la mirada-. ¿Qué hay en el resto?

– Chelise está esperando -expresó Ciphus señalando una puerta en el extremo más lejano.

Thomas rodeó los escritorios, puso la mano en una manija grande metálica y abrió la puerta. Varias antorchas iluminaban un salón enorme con libreros en línea del piso al techo. Miles de libros.

Soltó la puerta y entró. Los estantes se elevaban como siete metros y eran atendidos por una escalera. Aquí no había escritorios adornados ni candeleras, solo libros, muchos más de los que Thomas se había imaginado.

Libros empastados en cuero.

¿Los libros de historias?

– Estos… ¿qué son estos?

– Los libros de historias, por supuesto.

– ¿Tantos? Yo… ¡yo no tenía idea que fueran tantos! ¿Son libros de historias todos estos?

– Una admisión no muy alentadora del hombre que afirma saber todo lo que hay respecto de los libros -manifestó una voz baja a la derecha de Thomas.

Él se volvió. Chelise se hallaba detrás de un escritorio grande, sobre el cual tenía abierto uno de los libros. La joven rodeó el escritorio y camino hacia ellos, con un vestido negro suelto alrededor de los tobillos. Se había echado la capucha para atrás, dejando ver un cabello largo, oscuro y brillante. Asombraba en gran manera el contraste entre el rostro blanco y el pelo negro.

– ¿Cree usted que mi padre iba a cargar todos los libros adondequiera que fuera?

Los ojos de ella examinaron los de Thomas y por un momento él creyó que lo pudo haber reconocido del desierto.

– No tengo toda la noche -expresó ella mirando a Ciphus-. O este albino sabe algo, o no lo sabe. Podemos dejarlo claro en pocos minutos.

– Los asuntos de historias nunca se establecen con ligereza -informó Ciphus-. Te doy una hora.

– Ahórreme la elocuencia, sacerdote. ¿Puede él interpretarlos o no? – preguntó ella; luego se volvió hacia Thomas-. Muéstrenos.

Thomas aún se hallaba demasiado asombrado para pensar correctamente. Sabía que quizás esta era su única oportunidad de pasar algo de tiempo con los libros. ¿Cuáles eran las posibilidades de encontrar los libros particulares que trataban con el Gran Engaño y la vacuna Raison?

– ¿Cuántos hay?

– Muchos -respondió Chelise-. Muchos miles. Thomas ingresó más al salón. La luz de las antorchas irradiaba un débil brillo sobre los lomos de cuero.

– ¿Están clasificados?

– ¿Cómo clasificar lo que no podemos leer? -objetó Ciphus.

– ¿Ni siquiera pueden leer los títulos?

– ¿Cómo podríamos? No están en nuestro idioma.

Pero estaban en el idioma común. Thomas miró un libro en la estantería más cercana. Las historias según el segundo de cinco volúmenes. No tenía idea qué significaba, pero pudo leer las palabras con bastante facilidad. Todos habían oído decir que las hordas no podían leer los libros de historias, pero esto parecía un poco ridículo. ¿Estaban sus mentes tan engañadas? Y ahora Ciphus se hallaba entre ellos.

– ¿Cree usted que el registro de todo lo que ha sucedido se hallaría en dos o tres libros? -inquirió Chelise.

– No. Solo que no esperaba tantos -contestó; debía encontrar lo que Pudiera respecto de la variedad Raison-. ¿Sabe usted si están en algún orden? Me gustaría ver uno que trate con el Gran Engaño.

– No, no hay orden -explicó Ciphus-. Los pusieron en el sitio hombres que no leen. Creí que ya habíamos dejado claro eso.

– ¿Dónde los encontró Qurong? Ninguno contestó.

– ¿No lo sabe usted? -indagó Thomas mirando a Chelise-. ¿Cómo pudo su padre entrar en posesión de tantos libros sin un registro de dónde los halló?

– El afirma que Elyon se los mostró.

– ¿Elyon? ¿O fue Teeleh?

– Cuando yo era más joven él decía Teeleh. Ahora dice Elyon. No sé cuál, y francamente, no me importa. Estoy interesada en lo que dicen, no de dónde vinieron.

– Lo que dicen solo se pude entender al comprender primero de dónde vinieron. Quién los escribió.

– ¿Es este tu gran secreto? -objetó Ciphus-. ¿Nos vas a decir que la única forma de interpretar estos libros es a través de tu comprensión de Elyon? No nos hagas perder el tiempo.

– ¿Dije que Elyon los escribió?

– ¿Sabe usted quién los escribió? -quiso saber Chelise. Él había suscitado algún interés en ella. Habla con cuidado, Thomas. No te puedes dar el lujo de poner a Ciphus contra ti.

– ¿Dónde están los libros en blanco?

– ¿Los libros en blanco? -preguntó Chelise mirando a Ciphus-. No me interesan los libros en blanco. Puedo leer páginas en blanco tan bien como usted.

Ciphus apartó la mirada.

– Muéstreme entonces el libro que usted tiene abierto -pidió Thomas.

Ella le lanzó una larga mirada, luego se dirigió con garbo hacia el escritorio. Él la siguió con Ciphus a su lado.

Solo él sabía que esta mujer tenía su destino en las manos. Debía hallar una forma de ganarse su confianza. Pero al verla atravesar ligeramente el piso de madera sintió un rayo de esperanza. Suzan había visto algo en los ojos de ella y él también estaba seguro de haberlo visto. Anhelos por la verdad, quizás Chelise rodeó el escritorio y bajó la mano hacia la página abierta. Sus ojos analizaron brevemente la página, luego los levantó hasta toparse con los de él. ¿Cuántas veces había mirado ella con ansia estos libros, preguntándose qué misterios contenían?

– Tengo abierto este -informó ella.

– ¿Por qué este?

– Es el primero que miré cuando era niña.

Thomas bajó la mirada a la página abierta. Escritura inglesa. Podía leer perfectamente bien el escrito. Ellos no debían enterarse de que, aparte del libro Las historias escritas por el Amado, y del que había abierto en la tienda de Qurong, este era el primer libro de historia que él también había leído.

– Y si puedo leer este libro, si puedo decirles lo que dice, ¿qué me darán?

– Nada.

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