Ted Dekker - Rojo

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Todo gira en torno a Thomas Hunter, un escritor de poco éxito que sobrevive trabajando en el café Java Hut, en Denver. Pero su aparentemente monótona vida sufrirá un vuelvo radical cuando fuerzas desconocidas liberen un arma bacteriológica en la atmósfera. Al final de la jornada, tres millones de personas serán portadoras del virus más letal que haya conocido la humanidad, y en sólo un par de días habrá noventa millones de infectados.
El punto es que no existe ninguna vacuna… pero extrañamente, la única esperanza es Thomas Hunter. ¿Cómo? ¿Por qué? Él no lo sabe, pero su existencia amenaza importantes planes y por eso debe morir.

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Justin lo miró a los ojos.

– Usted es el guerrero más grande en toda la tierra -continuó Ronin-. Creo que más grande incluso que Thomas de Hunter. Pero ningún hombre puede ir solo contra diez mil guerreros. No estoy dudando; estoy preguntando qué quiere usted decir con esto.

Justin le sostuvo la mirada, luego sonrió lentamente.

– Si alguna vez tuviera un hermano, Ronin, oraría porque fuera exactamente como tú.

Esa era la más grande honra que un hombre pudiera darle a otro. En realidad Ronin dudaba de Justin, incluso al preguntar, pero ahora se quedó sin palabras.

– Soy su siervo -manifestó Ronin con una inclinación de cabeza.

– No, Ronin. Eres mi aprendiz.

***

APENAS RESPIRANDO, Billy y Lucy observaban detrás de una mata de moras a los tres guerreros. En las manos agarraban espadas de madera que tallaron un día antes. La de Lucy no era tan afilada ni tan parecida a una espada porque había tenido dificultad en labrarla con su mano seca, aunque suficientemente buena para oprimir la madera contra la pierna. De lo contrario el reseco trozo de carne solo le servía para señalar o para aporrear a Billy en la cabeza cuando él se ponía muy fastidioso. Había sido idea de Billy salir a hurtadillas del poblado mientras aún estuviera oscuro, y unirse a la batalla… o al menos echar un vistazo.

Su amiga había tratado de convencerlo de que eso era muy peligroso, que a los niños de nueve años no les correspondía mirar a las malvadas hordas, mucho menos pensar en que podían pelear contra ellas. Lucy no había creído que vendrían de veras, pero entonces Billy la despertó y ella lo siguió, murmurando sus objeciones la mayor parte del camino.

Ahora ella miraba a los tres guerreros en sus caballos, y el corazón le palpitaba con tanta fuerza como para asustar a los pájaros.

– Ese es… ese es él -susurró Billy.

Lucy se retiró del arbusto. ¡Los oirían!

– ¡Ese es Justin del Sur! -exclamó Billy mirándola con ojos desorbitados.

Lucy estaba demasiado aterrada para decirle que se callara. Desde luego que no se trataba de Justin del Sur. No se hallaba vestido como un guerrero. Ella ni siquiera tenía la seguridad de que Justin existiera. Había oído todas las historias, pero eso no significaba que ningún ser vivo pudiera hacer realmente esas cosas.

– Juro que es él! -susurró Billy-. Mató a cien mil encostrados con una sola mano.

Lucy se inclinó hacia delante y echó otro vistazo. Ellos eran como los mágicos roushims de Elyon que su padre afirmaba que un día acabarían con las hordas.

***

Y QUÉ hay contigo, Arvyl? -preguntó Justin-. ¿Qué haces de…? Se detuvo a mitad de frase. Ronin le siguió la mirada y vio a un niño y una niña agachados al borde del claro, mirando a los tres guerreros detrás de 'a mata de moras.

Estaban mirando a Justin, por supuesto. Siempre miraban a Justin. Él siempre cautivaba a los niños. Estos parecían gemelos, cabello rubio y grandes ojos, como de diez años, demasiado jóvenes para estar deambulando tan lejos de casa en un momento como este.

Pero él tampoco podía culparles por su curiosidad. ¿Cuándo habían tenido tan cerca una batalla como esa?

Justin ya se había metido en otro mundo, pensó Ronin con una sola mirada. Los niños le inducían a esto. Él ya no era el guerrero; era el padre de los niños, fueran quienes fueran. Los ojos le centelleaban y el rostro se le iluminaba. A veces Ronin se preguntaba si Justin cambiaría su vida para volver a ser niño, para colgarse en los árboles y rodar en los prados.

Este amor por los chicos confundía más a Ronin que cualquier otra característica de Justin. Algunos decían que Justin era hechicero. Y comúnmente se sabía que los hechiceros podían engañar a inocentes con solo unas cuantas palabras blandas. Ronin tenía dificultad para separar el efecto de Justin sobre los niños de la especulación de que él no era lo que parecía.

– Hola -dijo Justin.

Ambos muchachos se agacharon detrás de la mata.

Justin se deslizó del caballo y corrió hacia el arbusto.

– No, no, salgan, por favor. Salgan, necesito su consejo -expresó y se inclinó en una rodilla.

– ¿Mi consejo? -preguntó el niño, asomando la cabeza en lo alto.

Una mano lo agarró de la camisa y lo jaló hacia abajo. La niña no era tan valiente.

– Tu consejo. Se trata de la batalla de hoy.

Ellos susurraron con urgencia, finalmente salieron, el muchacho decidido, la chiquilla desconfiada. Ronin vio que cada uno de ellos portaba espadas de madera. La de la chica era más pequeña y la mano izquierda se le inclinaba hacia atrás en un extraño ángulo. Deforme.

La mirada de Justin bajó hacia la mano de la niña, luego subió hasta el rostro. Por un momento pareció cautivado por la escena. Un pájaro trinaba en el árbol encima de ellos.

– Mi nombre es Justin, y yo… -se calló mientras se sentaba en el suelo y cruzaba las piernas en un movimiento-. ¿Cómo se llaman?

– Billy y Lucy -contestó el muchacho.

– Bien, Billy y Lucy, ustedes son dos de los niños más valientes que he c0nocido.

Los ojos del chico refulgieron.

– Y los más hermosos -añadió Justin.

La muchacha se apoyó en el otro pie.

– Mis amigos aquí, Ronin y Arvyl, no están convencidos de que yo pueda poner de rodillas a las hordas sin ayuda de nadie. Debo decidir y creo que ustedes me podrían dar alguna indicación. Mírenme a los ojos y díganme. ¿Qué creen? ¿Debo enfrentarme a las hordas?

Billy miró a Ronin, sin saber qué decir.

– Sí -contestó primero la niña.

– Sí -expresó el muchacho-. Desde luego.

– ¡Sí! ¿Oíste eso, Ronin? Dame diez guerreros que crean como estos dos y pondré a todas las hordas a mis pies. Ven acá, Billy. Me gustaría estrechar la mano del hombre que me dijo lo que los adultos no pueden decirme.

Justin estiró la mano y Billy la agarró, con una radiante sonrisa. El guerrero le alborotó el cabello al niño y le susurró algo que Ronin no logró oír. Pero los dos chicos rieron.

– Lucy, ven y déjame besar la mano de la doncella más hermosa en toda la tierra.

Ella dio un paso adelante y le ofreció la mano buena.

– Esa no. La otra.

La sonrisa de Lucy se apagó. Lentamente bajó la espada. Ahora las dos manos le colgaban a los costados. Justin la miró a los ojos.

– No tengas miedo -le manifestó en voz muy baja.

Ella levantó la mano lisiada y Justin la agarró entre las suyas. Se inclinó y la besó tiernamente. Luego se inclinó hacia delante y le susurró algo al oído.

***

PARA SER absolutamente francos, Lucy estaba aterrada por Justin. Pero no de miedo, sino de nervios. No estaba segura de si debía confiar en él o no. Con los ojos y la sonrisa decía sí, pero había algo en él que le hacía temblar las rodillas. Cuando él le agarró la mano y la besó, la pequeña se dio cuenta de que él sintió su temblor. Luego él se inclinó adelante y le susurró al oído.

– Eres muy valiente, Lucy -pronunció con una voz melodiosa que le recorrió el cuerpo como un vaso de leche caliente-. Si yo fuera un rey me gustaría que fueras mi hija. Una princesa.

La besó en la frente.

Ella no estaba segura de por qué, pero le brotaron lágrimas de los ojos. No se debió a lo que él dijo, ni a que la hubiera besado, sino al poder en su voz. Como magia. La niña se sintió como una princesa levantada por el príncipe más fabuloso de toda la tierra, exactamente como en las historias.

Solo que no era a la hermosa princesa a la que el príncipe había escogido. Era a ella, la que tenía un muñón por mano.

Se esforzó por no llorar, pero era muy difícil, y de repente se sintió incómoda parada de este modo frente a Billy.

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