– ¡Sí!
La quijada de la bestia descendió lentamente, y Janae estiró el cuello. Sintió los colmillos tocándole la piel.
Entonces Marsuuv, reina del duodécimo bosque, mordió la carne de Janae y le inyectó sangre en las venas. El poder que inundó el cuerpo de la joven la hizo estremecerse como una rata moribunda.
Se le abrió la mandíbula y gritó. Con dolor, con placer, con el terror de la maldad cruda.
Marsuuv liberó los colmillos que aún goteaban sangre de Janae. Luego le clavó tres garras en la frente para marcarla como su propiedad, se estremeció de satisfacción, y lentamente bajó de la mesa, dejando que se convulsionara sola.
Billy estaba expresando algo, protestando, pero Janae no podía fijarse en él porque los nervios se le habían incendiado. Ahora sin dolor, necesariamente, pero con sensibilidad. Podía sentirlo todo: La piedra helada debajo de ella, el movimiento del aire a su alrededor, los pinchazos de dolor en el cuello; el aroma de las llamas, la sangre, el sudor, los mocos, todo. El dolor se le había convertido en placer, y ella apenas podía abarcarlo todo.
– En el momento adecuado, mi amor -estaba explicando Marsuuv-. Todo en el momento adecuado. Levántala.
Las sensaciones se atenuaron, dejándola exhausta y feliz. Manos la jalaban de la capa, y abrió los ojos. Billy estaba inclinado sobre ella, zarandeándola.
– Billy -exclamó ella sonriendo.
– Levántate.
Ella lo miró, perdida en el momento.
– ¡Levántate! -ordenó él bruscamente.
Janae se sentó, perdonándole el arrebato de celos. Saltó del altar, sintiéndose más viva y con más energías que nunca. Una imagen de un cadáver arrugado de Ba’al le cruzó por la mente, pero ella la rechazó sin pensarlo dos veces. Ella no era Ba’al. Janae miró a Billy, consciente de lo poco que le apetecía ahora este humano. Le pareció insignificante y digno de compasión, un tipo enclenque que había sucumbido al deseo ardiente por la maldad, no muy distinto de ella misma, excepto en que ella se había criado para eso. ¿Cuál era la excusa de él?
Billy fue el autor, le susurró la voz interior. El es ahora tu amo. La joven dio la vuelta, negándose a aceptar la idea, y se puso frente a Marsuuv, que se hallaba otra vez en su lecho de enredaderas.
– ¿Quieres ponerte a prueba? -preguntó la reina.
Marsuuv tenía que saberlo de algún modo. Quizás su mente se había unido a la de ella mientras la bestia se alimentaba con la sangre de la muchacha. Janae extrajo las tres ampolletas del costado del sostén femenino y las puso sobre el altar. La reina alargó el brazo hacia los frasquitos y los acarició con la punta de la zarpa.
– Infórmame -pidió.
– El marcado con adhesivo blanco es vacuna Raison B. Tiene el poder de destruir toda forma de vida. Billy y yo somos inmunes ahora.
– No puede matar albinos ni mestizos -objetó Marsuuv-. Ninguno que se haya bañado en los lagos. ¿Sabía la bestia acerca del virus?
– El virus se origina en la sangre de Teeleh -explicó la reina al verla arquear una ceja-. Solamente empeorará la enfermedad que ya tienen las hordas.
A Janae le daba vueltas la cabeza.
– ¿Y las otras afecciones? -exigió saber Marsuuv.
– El frasco marcado con cinta negra es ébola asiático. Letal para todos menos para Billy y para mí. Nos han inoculado con una vacuna como a todos en nuestro mundo. La última ampolleta, según está etiquetada, es una muestra de sangre de Thomas, la cual los dos tenemos también en nuestro sistema.
La bestia reaccionó a la mención de Thomas con una sacudida de cabeza.
– Él está en Bangkok -informó Janae, preguntándose cuánto sabrían los shataikis.
– Así que ha llegado el tiempo -comentó Marsuuv retrocediendo lentamente-.
Los humanos decidirán. Podemos destruir la tierra, podemos sacarles los ojos, podemos susurrarles en la mente, podemos violar, saquear y quemar, pero al final solamente los humanos pueden destrabar su destino.
– Y ahora te traemos las llaves hacia ese destino -intervino Billy.
– Tú no, Billy. Mi señor tiene otra tarea para ti. En cuanto tú y yo nos hayamos conocido mejor. Billy lanzó una mirada furtiva a Janae.
– Pero Janae -volvió a sonar la gutural voz de Marsuuv-, tú serás nuestra nueva Eva. Juntos los destruiremos a todos, y el mundo sabrá que los humanos pertenecen a Teeleh.
Ella anhelaba su sangre.
– Vas a encontrar a Samuel. Sedúcelo. Seduce a los mestizos -dijo, escupiendo flema-. Seduce a los albinos. Ha llegado la hora de que el dragón consuma a su joven.
Agarró el vial de ébola asiático del altar y se la guardó, sin tocar la sangre de Thomas.
– No necesitas esto. La variedad Raison te dará el poder que necesitas.
– ¿Y qué pasa con los mestizos? -preguntó ella-. Con los albinos.
– Morirán.
– ¿Cómo, si mi veneno solo afecta a las hordas de pura sangre?
– ¿Te parezco tonto? -dijo encolerizada la bestia-. Haz lo que digo.
– ¿Y yo? ¿Voy a morir?
– Tú serás también mi amante -dijo pausadamente, subrayando cada palabra.
El deseo de Teeleh era destruirlos a todos y empezar de cero con Billy y Janae, sus nuevos amantes en su propio retorcido jardín.
Todo encajaba. La única razón por la que los shataikis todavía no habían destruido a la humanidad era porque solo los humanos podían hacer eso. En ese sentido, las personas eran más poderosas que los shataikis. Incapaces de llevar a cabo su venganza contra el mundo, los shataikis se habían escondido, esperando su hora. Y había llegado la hora. Janae tenía en su mano el virus que iba a destruir a las hordas y a dejar a Teeleh la destrucción de los eramitas y los albinos. Marzuuv la miró fijamente.
– Ve, y lo que tienes que hacer hazlo pronto.
EL VALLE Torun, al noroeste de Ciudad Qurongi, había ennegrecido con el enorme enjambre del ejército horda. Chelise miró la escena, asombrada de estar viva, y más aún de estar aquí. De no ser por el roush Michal, tal vez ahora estaría en la Concurrencia, segura, pero aún destrozada.
La mujer se había internado tranquilamente en el desierto con las palabras del roush notándole en la mente: Vendrán por ti en el desierto. Espéralos. ¿Esperar a quién, a las hordas? ¿Al círculo? ¿A Thomas y al padre de ella? ¿Podría ser que Elyon estuviera viniendo por ella? ¿O los shataikis o…?
El sol se levantó tras la partida de Michal, y Chelise se había dirigido lentamente a casa hacia Valle Paradose y el círculo, esperando que en cualquier momento la alcanzara quienquiera a quien ella debiera esperar. El sol surgió. El día pasó. Y al acercarse más a casa comenzó a ver señales de albinos que llegaban en respuesta al llamado de Thomas. Venían de todas partes, ansiosos por desbordar Valle Paradose. Quizás ella debería salir del desierto hacia la Concurrencia en vez de esperar. Deseaba besar a su Jake y asegurarse de que todo estaba bien. Pero desde luego que no todo estaba bien. Miles entrarían a raudales al valle. Samuel estaba en peligro o era un peligro. Thomas había desaparecido.
Además, ¿cómo sabría Chelise que ya la había encontrado aquel a quien esperaba?
Entonces había subido a lo alto de esa duna y había visto la patrulla encostrada bajo un árbol solitario, esperándola, y lo supo. La habían localizado como estaba previsto.
Sin embargo, necesitó cinco minutos completos armándose de valor para acercarse a los dos hombres, que parecían felices de verla. Se les acercó con recelo y valentía.
– Me llamo Stephen -le había informado el encostrado más joven-. Su madre, Lady Patricia, ha requerido que usted se encuentre inmediatamente con ella en Valle Torun.
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