Mo Hayder - El latido del pájaro

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En un desguace medio abandonado cercano al Millenium Dome, en el este londinense, la policía realiza el macabro descubrimiento de cinco cadáveres de mujeres terriblemente mutilados. Las muertas estaban relacionadas con un pub de striptease de Greenwich y eran toxicómanas. El hecho de que todos los cuerpos presenten las mismas espeluznantes amputaciones, hace pensar que su asesinato ha sido obra de una mente perturbada, de un maníaco obseso pero que posee conocimientos médicos.
El recién ascendido inspector Jack Caffery es uno de los principales encargados de resolver el caso. A pesar de su cautela y profesionalidad, la compleja investigación que está llevando a cabo su equipo se verá entorpecida por Mel Diamond, un policía empecinado en inculpar a un hombre de raza negra que trapichea con drogas. Pero Caffery está convencido de que su colega ha errado el tiro y de que deben buscar al culpable en el Sr. Dunstan, un tenebroso centro médico cercano al local nocturno en el que trabajaban las víctimas.
El círculo de sospechosos se va estrechando en torno del que parece ser el presunto homicida, un joven que abandonó la carrera de Medicina años atrás y que padece serios trastornos psicológicos. Sin embargo, poco después aparece otro cadáver…
¿Se trata de otro criminal que le está imitando? ¿Fue realmente Harteveld el único causante de las muertes? ¿Hasta cuándo va a durar la angustia?

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Se sentía inquieta. Desde que salió de High Road tenía la incómoda sensación de que la vigilaban desde las gárgolas de St. Alfege. Sentía un hormigueo en la nuca y un sudor frío. Impaciente, no veía el momento de salir esa noche de Greenwich.

De la terraza del restaurante Spread Eagle llegaba un discreto tintineo de cubiertos y cristalería.

Las temblorosas hojas de los naranjos y laureles plantados en macetas arrojaban sus magnificadas sombras sobre la blanca pared. Algo en ellas le hizo recordar.

¿Qué había dicho Jack? Al parecer, las víctimas confiaban en sus asesino como para dejar que él mismo las inyectara. La respuesta la golpeó como un rayo. El invernadero en Croom’s Hill. Toby Harteveld.

Sacudió la cabeza. Harteveld. Hasta ahora ni siquiera se le había ocurrido. Ni una sola vez le había cruzado por la cabeza esa posibilidad. Ahora todo aparecía ante sus ojos meridianamente claro.

Aunque la noche era cálida, empezó a temblar y, abrochándose su abrigo, se dio la vuelta para regresar a casa. Nada de la fiesta en el Barbican, sólo quería hablar con Jack Caffery.

CAPÍTULO 28

Sentada ante la mesa de la cocina con un vaso de vino, Verónica picaba lechuga y tomate para la fiesta. Llevaba una blusa de seda con un broche de oro en el cuello y se había anudado un delantal sobre sus pantalones a rayas. El couscoussier hervía suavemente sobre el fogón empañando las ventanas.

– Estaba a punto de pedir una orden de búsqueda y captura -dijo sonriente cuando entró Jack. Te esperaba a las siete.

Él cogió la botella de whisky de la estantería. Se sirvió una copa, mojó un dedo en el licor y se lo llevó a la boca.

– En la terraza hay un par de cosas que necesito -dijo ella. Podrías limpiar el mortero y, si te apetece, empezar a preparar un poco de garam masala para las espinacas.

Él dejó su vaso sobre la nevera y sacó del bolsillo tabaco y papel de fumar.

– No encontré ningún vaso decente, así que mamá nos ha prestado sus copas florentinas -añadió Verónica. Tendremos que cuidarlas, ¿vale? Exprimió dos limones mirándolo por encima del hombro. Jack, ¿has entendido lo que te he dicho?

Caffery dejó caer una pizca de tabaco en el papel, lo enrolló, se lo puso entre los labios y se tanteó los bolsillos buscando un mechero.

– ¿Me has oído, Jack?

– Sí, te he oído.

Dejó el limón y pasó el brazo sobre el respaldo de su silla.

– ¿Y bien?

– Y bien, ¿qué?

– Mi madre nos los presta como si fueran hijos suyos. Piensa que son sus copas favoritas. Confía en que nuestros aviesos amigos no los romperán. Se supone que debemos arrodillarnos para darle las gracias.

– Yo no.

A Verónica le cambió la expresión.

– No, en serio, deberíamos estarle agradecidos.

Jack se sacó de la lengua una brizna de tabaco.

– Estoy hablando en serio -dijo.

Ella le miró sorprendida y soltó una risita.

– De acuerdo, Jack -dijo volviendo a sus labores, todavía tengo que preparar un millón de cosas para mañana y no me quedan fuerzas para…

– Me has mentido.

– ¿Cómo? -Se dio la vuelta con lentitud. ¿Qué has dicho?

– Creí que podías morir -dijo él.

– ¿Qué?

– Te creí. Creí que el Hodgkins había vuelto.

Ella apretó los labios sacudiendo la cabeza.

– Estás enfermo -dijo. Realmente enfermo. ¿De veras crees que me inventaría algo así?

– He hablado con el doctor Cavendish.

Verónica enmudeció. Él advirtió en sus ojos cómo rebobinaba la cinta de las mentiras, de las excusas convincentes. Al cabo de un rato apretó con tanta fuerza los labios que se le tensaron los músculos del cuello. Se dio la vuelta y empezó a cortar furiosamente los limones, exprimiéndolos y vertiendo el zumo en una jarra con movimientos espasmódicos.

– He dicho que he hablado con el doctor Cavendish -repitió él.

– ¿Y qué? -Puso la ralladura de limón en un montoncito. Creía que estaba recayendo. No puedes culparme, Jack. Eres alguien muy complicado. Me resulta muy difícil estar contigo.

– Pues, gracias. También ha sido jodidamente difícil estar contigo.

– Creo que no te das cuenta que cuando te conocí eras un desastre. Un verdadero desastre. Sólo te levantabas de la cama para ir a trabajar o para espiar a ese gordo repugnante, deprimiéndote por lo de tu hermano. He conseguido sacarte todo eso de la cabeza -dijo sin dejar de cortar limones.

Yo he sido la que consiguió que dejaras de autocompadecerte. Todos, papá y mamá, absolutamente todo el mundo decía que era una pérdida de tiempo, pero no les hice caso. ¡Dios, qué idiota fui!

– No te quiero, Verónica. Y deseo que te marches de mi casa.

Cuando te vayas, deja la llave.

Ella dejó caer el cuchillo y se quedó mirándole con tal expresión de estupor que Jack no supo si estaba pensando en cómo contestarle o tratando de no echarse a llorar. Al final estalló en una risa forzada.

– Perfecto, Jack, perfecto, porque yo también he estado pensando. Le señaló con un dedo tembloroso. Tampoco yo te quiero a ti, Jack. Creo que nunca he estado enamorada de ti.

– Así estamos a la par.

– Sí, a la par. -Estaba temblando. Voy… voy a quedarme para la fiesta y luego saldré de tu vida. Y no creas que no voy a hacerlo, porque lo haré.

– Vamos a cancelar la fiesta.

– No, no vamos a hacerlo. No puedes hacerlo, ya no. Si la cancelas te juro que… -Se interrumpió con lágrimas en los ojos. ¡Por favor, Jack! Me matarás si lo haces.

– ¡Por el amor de Dios!

– ¡Por favor, Jack! También es mi fiesta, mis amigos también están invitados. Por favor, hazlo por mí, no lo estropees.

Caffery cogió su vaso.

– ¿Dónde vas? -preguntó ella.

– A tomar un baño.

– Por favor, escucha. -Se levantó y le puso una temblorosa mano sobre el pecho. Perdóname, Jack, lo siento, de verdad, lo siento mucho. Ha sido por lo mucho que te quiero…

Él la miró con tanto desprecio que los ojos de Verónica volvieron a llenarse de lágrimas. Apartó los dedos de su pecho y la empujó hacia atrás. Verónica se dejó caer en la silla llorando desconsoladamente.

– ¡Hijo de puta, maldito hijo de puta! ¡Te he mentido por tu culpa! Tú y tu maldita obsesión…

Caffery cogió la botella de encima de la nevera, cerró la puerta y subió la escalera.

Más tarde, cuando consiguió sosegarse, puso la botella al lado de la bañera y se deslizó dentro del agua con los ojos cerrados, sosteniendo el vaso empañado por el vapor. Una oleada de cansancio le recorrió el cuerpo. Se quedó inmóvil, respirando por la nariz, sintiendo lástima de sí mismo mientras pensaba, por absurdo que pareciera, que todo eso era por culpa de Penderecki. Penderecki le había dejado una piedra en su corazón. Una piedra que no le había permitido crecer con alegría, que le había negado algo a lo que todos tenían derecho por el mero hecho de nacer: el derecho a amar.

Le pareció oír a Verónica en el piso de abajo moviendo algo pesado y cerrando la puerta principal con suavidad. Bebió más whisky y hundió la cabeza bajo el agua. La medalla con la imagen de san Cristóbal, regalo de su madre, que llevaba alrededor del cuello flotaba en la superficie y oscilaba suavemente bajo su barbilla.

Pensó en Rebecca. En la expresión de su cara en el hueco de la escalera. «Estoy asustada. Ese asesino me asusta».

Oyó crujir un peldaño. Alzó la cabeza, alerta.

Silencio. Volvió a hundirse en el agua. Rebecca. Sintió cómo se le contraía el vientre por el deseo. ¿Le haría lo mismo que les había hecho a las demás, obligarla a abrirse, despojarla de su frágil dignidad y luego perder interés por ella, abandonarla porque tenía algo más importante en lo que pensar?

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