Daniel Silva - Octubre

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Durante los primeros años de incertidumbre del proceso de paz en Irlanda del Norte, tres ataques terroristas simultáneos en Belfast, Dublin y Londes rompen la esperanza de que el baño de sangre por fin se haya acabado. Los responsables son un nuevo grupo terrorista denominado la Brigada por la Libertad del Ulster. Y tienen un único objetivo: destruir el proceso de paz. Michael Osbourne, el héroe de La Marca del Asesino, ha abandonado la CIA, amargado y desilusionado. Pero cuando el Presidente de los EEUU escoge a su suegro para ser el próximo embajador en Gran Bretaña, Osbourne es arrastrado a la batalla contra algunos de los más implacables y violentos terroristas.

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Los dos hombres se sentaron a comer. Era bien sabido que Tony comía a toda velocidad, detalle recogido en la documentación de Beckwith, y había dado cuenta de su pechuga de pollo con arroz pilaf cuando el presidente aún no había comido ni la cuarta parte de su plato. Beckwith estaba hambriento después de pasar toda la mañana enfrascado en intensas conversaciones, de modo que hizo esperar al dirigente británico pacientemente mientras acababa de comer.

Su relación se había deteriorado el año anterior, cuando Blair criticó públicamente a Beckwith por ordenar ataques aéreos contra la Espada de Gaza, el grupo terrorista palestino al que se achacó la autoría del atentado contra el avión de la TransAtlantic Airlines. Algunas semanas más tarde, la Espada de Gaza respondió atacando el mostrador de venta de billetes de TransAtlantic en el aeropuerto de Heathrow, matando a varios viajeros estadounidenses y británicos. Beckwith jamás olvidó la censura de Blair. Conocido por tutearse con casi todos los máximos dirigentes del mundo, Beckwith siempre llamaba a Blair «señor primer ministro», mientras que Blair le pagaba con la misma moneda, dirigiéndose a él como «señor presidente».

Beckwith siguió comiendo despacio mientras Blair parloteaba sobre un libro de texto de economía «verdaderamente fascinante» que había leído durante el vuelo de Londres a Washington. Blair era un lector voraz, y Beckwith respetaba su intelecto. Dios mío, pensó con un suspiro, y yo que apenas consigo leer los informes por la noche sin quedarme dormido.

Un camarero retiró los platos. Beckwith tomó té, Blair, café. La conversación enmudeció. El fuego chisporroteaba en la chimenea. Blair contempló unos instantes el Monumento a Washington antes de hablar.

– Permítame que sea muy directo, señor presidente -empezó por fin al tiempo que daba la espalda a la ventana y su mirada se encontraba con los ojos azul claro de Beckwith-. Sé que nuestra relación no siempre ha sido todo lo buena que debiera, pero quiero pedirle un gran favor.

– Nuestra relación no es todo lo buena que podría ser, señor primer ministro, porque usted se distanció públicamente de los Estados Unidos cuando ordené los ataques contra los campamentos de entrenamiento de la Espada de Gaza. Necesitaba su apoyo, pero usted me lo negó.

En aquel instante entró otro camarero con el postre, pero al advertir que la conversación había tomado un cariz serio, se apresuró a retirarse. Blair bajó la cabeza en un intento de contener sus emociones y volvió a erguirla cuando lo consiguió.

– Señor presidente, dije lo que dije porque creía estar en lo cierto. Consideraba que un ataque aéreo constituía una reacción desmesurada, precipitada y basada en pruebas circunstanciales en el mejor de los casos. Creía que no haría más que incrementar la tensión y perjudicar la causa de la paz en Oriente Próximo, y me parece que tenía razón.

Beckwith sabía que Blair se refería al atentado de la Espada de Gaza en el aeropuerto de Heathrow.

– Señor primer ministro, si tenía algún problema debería haberme llamado por teléfono en lugar de acudir al periodista más cercano. Los países aliados se apoyan aunque sus máximos dirigentes procedan de extremos opuestos del espectro político.

La expresión gélida que adoptó Blair daba a entender a las claras que no le gustaba que le dieran lecciones en materia de política. Se dedicó a beber sorbos de café mientras Beckwith seguía hablando.

– De hecho, sospecho que la Espada de Gaza decidió tomar represalias en suelo británico porque sus comentarios les indujeron a creer que podían abrir una brecha entre dos aliados de siempre.

Blair levantó la cabeza con brusquedad como si le hubieran asestado un puñetazo.

– No insinuará que la culpa del atentado de Heathrow fue mía.

– Por supuesto que no, señor primer ministro. Hacer algo así sería impropio de dos buenos amigos.

Blair dejó la taza en el platillo y la apartó unos centímetros.

– Señor presidente, quería comentar con usted la sucesión del embajador Hathaway.

– De acuerdo -accedió Beckwith.

– Si he de serle sincero, señor presidente, he visto algunos de los nombres que tiene en mente, y la verdad es que no estoy muy impresionado.

La sangre afluyó al rostro de Beckwith, pero Blair no desistió.

– Esperaba que usted se decidiera por alguien con un poco más de talento.

Beckwith guardó silencio mientras Blair exponía sus razones. A principios de semana, el New York Times había publicado un artículo con los nombres de media docena de candidatos. Los nombres eran ciertos porque la Casa Blanca los había filtrado a la prensa por orden de Beckwith. En la lista figuraban varios benefactores republicanos, además de un par de diplomáticos. La embajada de Londres era un cargo político por excelencia, y el Comité Nacional Republicano presionaba a Beckwith a fin de que empleara ese nombramiento a corto plazo para recompensar a un benefactor generoso.

– Señor presidente, ¿conoce usted la expresión «restregar por las narices»?

Beckwith asintió, aunque su rostro revelaba que jamás empleaba un lenguaje tan vulgar.

– Señor presidente, este grupo llamado Brigada de Liberación del Ulster ha empezado a atacar porque pretende dar al traste con el avance hacia la paz que hemos conseguido en Irlanda del Norte. Quiero demostrar a esos terroristas cobardes y al mundo entero que nunca lo lograrán. Quiero que les quede muy claro, quiero restregárselo por las narices, señor presidente, y necesito su ayuda.

Beckwith sonrió por primera vez en toda la conversación.

– ¿Y cómo puedo ayudarle, primer ministro?

– Pues designando a una superestrella como embajador en Londres, alguien a quien todas las partes puedan respetar, alguien a quien todo el mundo conozca. No quiero a una persona que se limite a mantener el sillón calentito hasta que acabe su mandato, sino a alguien que me ayude a lograr mi objetivo, una solución permanente al conflicto de Irlanda del Norte.

La intensidad y la sinceridad del primer ministro resultaban impresionantes, pero Beckwith llevaba suficiente tiempo metido en política para saber que nunca hay que dar nada sin obtener algo a cambio.

– Si designo a una superestrella para Londres, ¿qué obtendré a cambio?

– Mi apoyo incondicional para su iniciativa comercial en Europa -repuso Blair con una amplia sonrisa.

– Hecho -accedió Beckwith tras fingir que pensaba en el asunto.

Un camarero entró en la estancia.

– Dos copas de brandy, por favor -encargó Beckwith.

Las bebidas llegaron al poco.

– Por los buenos amigos -brindó el presidente.

– Por los buenos amigos.

Blair sorbió el brandy con la cautela de quien raras veces bebe.

– ¿Tiene algún candidato en mente, señor presidente? -inquirió al tiempo que dejaba la copa sobre la mesa con cuidado.

– Pues la verdad, Tony, creo que tengo al hombre ideal.

5

Shelter Island, Nueva York

Durante muchos años, casi ningún detalle de la magnífica casa de madera blanca con vistas al puerto de Dering y el estrecho de Shelter Island había sugerido que el senador Douglas Cannon fuera el dueño de la finca. En ocasiones acudían invitados que requerían la presencia del Servicio Secreto, y a veces, cuando Douglas se presentaba a la reelección y necesitaba fondos, se celebraban grandes fiestas. Sin embargo, por lo general la casa era igual que todas las demás de Shore Road, sólo que un poco más grande y mejor cuidada. Tras su jubilación y la muerte de su esposa, el senador había pasado más tiempo en Cannon Point que en su inmenso piso de la Quinta Avenida de Manhattan. Insistía en que los vecinos lo llamaran Douglas, algo que hacían con cierta renuencia. Cannon Point se tornó más accesible que nunca. A veces, cuando los turistas se paraban a curiosear o tomar una fotografía de la finca, el senador aparecía en el cuidado jardín seguido de sus perdigueros y charlaba con ellos. Los intrusos lo habían cambiado todo.

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