Daniel Silva - Octubre

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Durante los primeros años de incertidumbre del proceso de paz en Irlanda del Norte, tres ataques terroristas simultáneos en Belfast, Dublin y Londes rompen la esperanza de que el baño de sangre por fin se haya acabado. Los responsables son un nuevo grupo terrorista denominado la Brigada por la Libertad del Ulster. Y tienen un único objetivo: destruir el proceso de paz. Michael Osbourne, el héroe de La Marca del Asesino, ha abandonado la CIA, amargado y desilusionado. Pero cuando el Presidente de los EEUU escoge a su suegro para ser el próximo embajador en Gran Bretaña, Osbourne es arrastrado a la batalla contra algunos de los más implacables y violentos terroristas.

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La tarde anterior había dado el primer paso, orquestando unas de las manifestaciones de terrorismo internacional más espectaculares de la historia, atacando de forma simultánea al Sinn Fein, al gobierno irlandés y a los británicos.

Las agujas de la iglesia de san Marcos aparecieron ante él, cerniéndose sobre Market High Street. Blake aparcó delante de la imprenta pese a que se encontraba a varias manzanas de su lugar de destino, echó un vistazo a su alrededor para asegurarse de que no lo vigilaban y echó a andar por delante de los escaparates cerrados.

Irónicamente, Blake no extraía su inspiración táctica de los grupos paramilitares protestantes del pasado, sino de los hombres que habían bombardeado una y otra vez su ciudad natal, Portadown, es decir, el IRA. Desde el inicio de los actuales disturbios en 1969, el IRA había luchado contra sus enemigos, el ejército británico y la Real Jefatura de Policía del Ulster, al tiempo que perpetraba espectaculares atentados terroristas. El IRA había asesinado a soldados británicos, matado a lord Mountbatten e incluso intentado acabar con todo el ejecutivo británico, pero aún así conservaba la imagen de defensor de un pueblo oprimido.

Blake pretendía poner patas arriba la política sectaria de Irlanda del Norte. Quería mostrar al mundo que el modo de vida protestante en el Ulster estaba en peligro de extinción. Y estaba dispuesto a jugar la carta del terror para conseguirlo…, con mayor determinación y destreza de la que el IRA habría podido soñar jamás.

Blake tomó un pequeño callejón lateral y entró en el pub McConville. El establecimiento estaba en penumbra, abarrotado y envuelto en una nube azulada de humo de cigarrillo. A lo largo de las paredes revestidas de paneles se veían varios reservados con puertas altas, cada uno de ellos con capacidad para seis personas.

El camarero que atendía la barra alzó la vista cuando entró Blake.

– ¿Te has enterado, Kyle?

Blake meneó la cabeza.

– ¿De qué?

– Se han responsabilizado de los atentados. Son protestantes, unos tipos que se hacen llamar la Brigada de Liberación del Ulster.

– ¿En serio, Jimmie?

El camarero ladeó la cabeza hacia el rincón más alejado de la estancia.

– Gavin y Rebecca te esperan.

Blake le guiñó un ojo y se abrió paso entre la gente. Al llegar al reservado llamó a la puerta una vez y entró. A la mesita se sentaban dos personas, un hombre alto y corpulento, ataviado con un jersey de cuello alto negro y americana de pana gris, y una mujer atractiva que lucía un jersey beige. El hombre era Gavin Spencer, jefe de operaciones de la Brigada. La mujer se llamaba Rebecca Wells y era directora de inteligencia de la organización.

Blake se quitó el abrigo y lo colgó de un gancho. En aquel instante apareció el camarero.

– Tres Guinness, Jimmie.

– Si tenéis hambre puedo ir a buscar unos bocadillos.

– Estupendo.

Blake le dio un billete de diez libras, cerró la puerta, corrió el pestillo y se sentó. Los tres se miraron en silencio durante unos momentos. Era la primera vez desde los atentados que se atrevían a reunirse. Estaban eufóricos por el éxito de las operaciones, pero también muy nerviosos, pues eran conscientes de que ya no podían echarse atrás.

– ¿Cómo están tus hombres? -preguntó Blake a Gavin Spencer.

– Impacientes por seguir adelante -repuso Spencer, que combinaba en su apariencia física la fuerza de un estibador con el desaliño de un dramaturgo.

Tenía el cabello negro salpicado de canas, y un grueso rizo le caía de forma constante sobre los intensos ojos azules. Al igual que Blake, había servido en el ejército británico y formado parte de la Fuerza de Voluntarios del Ulster.

– Aunque, como es natural, están un poquito preocupados por los temporizadores de los detonadores.

Blake encendió un cigarrillo y se restregó los ojos. El había tomado la decisión de sacrificar a los agentes de Dublín y Londres manipulando los temporizadores de las bombas. Había obrado movido por un razonamiento tan sencillo como maquiavélico. Se enfrentaba a la inteligencia británica y sus servicios de seguridad, que se contaban entre los más despiadados y eficientes de Europa. La Brigada de Liberación del Ulster debía sobrevivir para seguir adelante con su campaña de violencia, y si los agentes hubieran caído en manos de la policía, la organización habría corrido un grave peligro.

– Echa la culpa a los fabricantes -ordenó Blake-. Diles que somos novatos. El IRA tiene una sección de ingeniería que se dedica única y exclusivamente a fabricar bombas cada vez mejores, pero incluso ellos cometen errores. Cuando acabaron con la tregua en el noventa y seis, sus primeras bombas fallaron; estaban oxidados.

– Se lo diré a mis hombres -accedió Gavin Spencer-. Lo creerán una vez, pero si vuelve a pasar empezarán a sospechar. Si queremos ganar esta guerra, necesitamos hombres dispuestos a apretar el gatillo y colocar las bombas.

Blake se dispuso a responder, pero en aquel momento llamaron a la puerta, de modo que se levantó para abrir. El camarero entró y le alargó una bolsa de bocadillos.

– ¿Y qué hay de Bates? -inquirió Blake en cuanto Jimmie se fue.

– Podrían surgir problemas -terció Rebecca Wells.

Blake y Spencer se volvieron hacia ella. Era alta, estaba en forma, y el abultado jersey que llevaba no lograba ocultar sus anchos hombros. El cabello negro le caía en torno al rostro y el cuello, enmarcando sus anchos pómulos. Tenía los ojos ovalados y del color de un cielo invernal encapotado. Al igual que muchas mujeres de Irlanda del Norte, había enviudado demasiado pronto. Su marido trabajaba en la sección de inteligencia de la Fuerza de Voluntarios del Ulster hasta que un ejecutor del IRA lo asesinó en West Belfast. En aquella época, Rebecca estaba embarazada, pero esa misma noche sufrió un aborto. Tras recuperarse entró a formar parte de la Fuerza de Voluntarios del Ulster y retomó el trabajo de su marido donde éste lo había dejado. Dejó la organización cuando se declaró el alto el fuego y al cabo de unos meses se unió en secreto al grupo de Kyle Blake.

El mérito del asesinato de Eamonn Dillon era suyo. Rebecca había desarrollado con infinita paciencia una fuente en el cuartel general del Sinn Fein, una joven poco atractiva que trabajaba de administrativa y con la que Rebecca había trabado amistad, llevándola a tomar copas y presentándole a hombres. Al cabo de algunos meses, la relación empezó a arrojar frutos. Sin darse cuenta de ello, la chica proporcionó a Rebecca una corriente constante de información sobre el Sinn Fein y sus máximos dirigentes. Estrategias, disputas internas, hábitos personales, gustos sexuales, movimientos y seguridad. Rebecca transmitió la información a Gavin Spencer, quien a su vez planificó el asesinato de Dillon.

– La policía ha obtenido un retrato robot de él -explicó a sus compañeros-. Todos los agentes de la provincia lo llevan en el bolsillo. No podemos trasladarlo hasta que la cosa se calme.

– Nunca se calmará, Rebecca -sentenció Blake.

– Cuanto más tiempo permanezca escondido, mayores son las probabilidades de que lo encuentren -prosiguió Rebecca-. Y si lo encuentran estaremos en un aprieto.

Blake se volvió hacia Gavin Spencer.

– ¿Dónde está ahora?

Al hombre del granero de piedra situado a las afueras de Hillsborough lo habían trasladado media docena de veces desde el asesinato de Eamonn Dillon. No le permitían tener radio por miedo a que las unidades de escucha de la inteligencia militar captaran el sonido. Tampoco le permitían tener hornillo por temor a que los sensores de infrarrojos del ejército detectaran una fuente de calor inusual. Su cama era un camastro militar plegable y durísimo con una manta áspera como virutillas de acero; el chubasquero verde que había llevado durante el asesinato hacía las veces de almohada. Sobrevivía a base de galletas tanto saladas como dulces, frutos secos y carne enlatada. Le dejaban fumar, aunque debía procurar no prender fuego a la paja. Meaba y cagaba en un gran barreño. Al principio, el hedor resultaba insoportable, pero se había ido acostumbrando. Quería vaciarlo, pero sus supervisores le habían prohibido salir del granero bajo ningún pretexto, ni siquiera de noche.

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