Dama permaneció inmóvil. La expresión levemente preocupada del inglés se trocó en el horror más absoluto cuando se dio cuenta de que la mujer había dejado adrede la maleta en el tren. El joven se abalanzó sobre la puerta e intentó abrirla con las manos, pero aun cuando hubiera logrado llamar la atención de alguien y detener el tren, nada podría haberse hecho en un minuto y quince segundos para evitar la explosión.
Dama siguió el tren con la mirada; al cabo de unos segundos, cuando ya se volvía para marcharse, una detonación descomunal sacudió el túnel. El tren se separó de la vía, y una ráfaga de aire ardiente barrió a Dama. Instintivamente, se llevó las manos al rostro. Sobre su cabeza, el techo empezó a agrietarse. La ola de expansión de la bomba la levantó por los aires. Por un instante lo vio todo con espantosa claridad. El fuego, el cemento desmigajado, los seres humanos como ella atrapados en el feroz remolino de la explosión.
Todo acabó enseguida. No sabía a ciencia cierta cuándo terminó su caída. Había perdido la noción de la dirección, como un submarinista que hubiera pasado demasiado tiempo bajo el agua.
Lo único que sabía era que yacía sepultada bajo los escombros y que no podía respirar ni sentir parte alguna de su cuerpo. Intentó hablar, pero de su boca no brotó ningún sonido. La boca empezó a llenársele de sangre.
Sus pensamientos seguían fluyendo con claridad; se preguntó cómo era posible que los fabricantes de la bomba hubieran cometido semejante error, pero entonces, en los segundos previos a su muerte, se preguntó si realmente había sido un error.
Londres
Una hora después de los ataques, los gobiernos de Londres y Dublín iniciaron una de las investigaciones criminales más espectaculares en la historia de las Islas Británicas. Las pesquisas británicas se coordinaban directamente desde Downing Street, donde el primer ministro, Tony Blair, se reunía de forma incesante con sus ministros clave y los jefes de la policía y los servicios de seguridad británicos. Poco antes de las nueve de la noche, el primer ministro salió del 10 de Downing Street y, bajo la lluvia, se situó ante los periodistas y las cámaras que lo esperaban para retransmitir sus comentarios al mundo entero. Un asistente intentó sostener un paraguas sobre la cabeza del primer ministro, pero Blair lo apartó con suavidad, y al cabo de unos instantes, su cabello y hombros quedaron empapados. Expresó su desesperación ante las sobrecogedoras consecuencias de los atentados, con sesenta y cuatro muertos en Heathrow, veintiocho en Dublín y dos en Belfast, y juró que su gobierno no descansaría hasta que los asesinos estuvieran en manos de la justicia.
En Belfast, los dirigentes de todos los partidos políticos importantes, tanto católicos como protestantes, tanto republicanos como lealistas, manifestaron su indignación. En público, los políticos se negaron a aventurar la afiliación de los terroristas hasta que se recabaran más datos; en privado, cada bando señalaba con el dedo al adversario. Todo el mundo llamaba a la calma, pero a medianoche numerosos jóvenes católicos se amotinaban a lo largo de Falls Road, y una patrulla del ejército británico se lió a tiros en la protestante Shankill Road.
A primera hora del día siguiente, los investigadores habían hecho grandes progresos. En Londres, los expertos forenses y especialistas en explosivos concluyeron que la bomba había sido colocada en el sexto vagón del tren que viajaba en dirección a Heathrow, y calculaban que el artefacto contenía entre veinte y cuarenta kilos de Semtex. Los fragmentos de material hallados en las inmediaciones del lugar de la detonación indujeron a los investigadores a suponer que la bomba había sido depositada en el interior de una maleta de nylon negro, probablemente un modelo con ruedas. Al alba, numerosos agentes se apostaron a lo largo de la línea de metro Piccadilly, que iba desde Heathrow, al este, hasta Cockfosters, al noreste, e interrogaron a los viajeros en cada estación. La policía obtuvo trescientos informes de pasajeros que llevaban maletas en un tren de última hora de la tarde, cien de ellas con ruedas.
Quiso la suerte que un turista holandés llamado Jacco Krajicek acudiera poco antes de mediodía para declarar que había ayudado a una mujer a llevar una gran maleta de nylon negro con ruedas en la estación de metro de Knightsbridge a última hora de la tarde. Proporcionó una descripción meticulosa de su aspecto y la ropa que llevaba, pero fueron otros dos detalles los que picaron la curiosidad de los investigadores. La mujer había utilizado la máquina expendedora de billetes con la rapidez y destreza de una londinense que viaja en metro a diario, pero por lo visto no sabía que en la estación de Knightsbridge había una escalera, ya que de lo contrario ¿por qué habría llevado una maleta tan pesada? Hablaba con acento americano, explicó Krajicek, pero era falso. El inspector que contestó la llamada del holandés le preguntó cómo había llegado a esa conclusión. Krajicek repuso que era logopeda y lingüista, y que hablaba varias lenguas con fluidez.
Con ayuda de Krajicek, los detectives lograron componer un retrato robot de la mujer del metro y lo enviaron a la Unidad Especial de la Real Jefatura de Policía del Ulster, así como a los cuarteles generales del MI5 y el MI6. Sus miembros revisaron los archivos en busca de todos los integrantes conocidos de grupos paramilitares, tanto republicanos como lealistas. Puesto que no encontraron ninguna fotografía que coincidiera con el retrato, ampliaron la difusión de éste. La policía expresó la teoría de que, tras el atentado, la mujer había subido a un avión en Heathrow para huir del país. Mostraron el retrato a los empleados de los mostradores de venta de billetes, maleteros y guardias de seguridad. Todas las líneas aéreas con salidas aquella noche recibieron una copia. Los investigadores visionaron una y otra vez cada centímetro de cinta grabada desde cada cámara de vigilancia del aeropuerto. Asimismo, hicieron llegar sendas copias a los servicios de inteligencia amigos de Europa Occidental, así como al Mossad de Israel.
A las siete de la tarde, la búsqueda de la mujer tocó a su fin con el hallazgo de otro cadáver sepultado entre los escombros del andén. Las facciones del rostro estaban sorprendentemente intactas y coincidían a grandes rasgos con el retrato robot. Llevaron al holandés a Heathrow para identificar el cadáver. El hombre asintió con semblante grave y desvió la mirada. Era la mujer a la que había ayudado en la estación de metro de Knightsbridge.
Al otro lado del mar de Irlanda, en Dublín, tenía lugar una sucesión de acontecimientos similar. Al menos una docena de testigos afirmaron haber visto a un hombre barbudo y cojo entrar en la biblioteca con un pesado maletín poco antes de la detonación de la bomba. El portero del hotel Shelbourne proporcionó una descripción detallada del sospechoso a una pareja de detectives de la Garda dos horas después del atentado.
El empleado de la biblioteca que había dado al hombre el pase para la sala de lectura sobrevivió con tan sólo unos cortes y magulladuras leves, y ayudó a la policía a identificar al sospechoso en el vídeo grabado por las cámaras de seguridad de la biblioteca. La Garda hizo públicos un retrato robot y una imagen borrosa obtenida de la cinta, que se enviaron por fax a Londres. Sin embargo, aquella noche, los equipos de rescate sacaron de los escombros un cadáver que por lo visto coincidía con la descripción del sospechoso. Al desvestir el cadáver, el patólogo descubrió un voluminoso aparato ortopédico en su rodilla derecha. La policía ordenó efectuar una radiografía. El patólogo no encontró lesión alguna en el hueso, el cartílago ni los ligamentos de la rodilla que requiriera el uso de semejante aparato.
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