Ramsey colgó y se levantó.
– ¡Todo el mundo atento! -gritó. El bullicio de la redacción enmudeció.
– Acabamos de recibir una llamada al parecer auténtica para reivindicar los atentados de Belfast, Dublín y Heathrow; se trata de un grupo nuevo llamado Brigada de Liberación del Ulster. Abriremos el noticiario con eso. Colgaos del teléfono y conseguidme a todos los expertos en terrorismo irlandés que podáis, sobre todo expertos en terrorismo protestante. Tenemos cinco minutos, señoras y señores. Sacadme en antena a todo cabrón que respire.
Portadown, Irlanda del Norte
En aquellos instantes, uno de los objetos de la investigación estaba sentado en el salón de su casa de Portadown, mirando la televisión. Los residentes de la barriada de Brownstown no ocultan sus inclinaciones políticas. Sobre muchas casas ondean desvaídas banderas británicas, y los bordillos están pintados a rayas rojas, blancas y azules. A Kyle Blake no le iban semejantes demostraciones; tendía a reservarse sus opiniones políticas, al igual que cualquier otra cosa que considerase importante. No pertenecía a ninguna organización unionista, raras veces iba a la iglesia y nunca hablaba de política en público. Sin embargo, entre los muros de Brownstown se sabían o al menos se sospechaban bastantes cosas de él. Era un hombre duro que en el pasado había sido un alto dirigente de la Fuerza de Voluntarios del Ulster, un hombre que había cumplido condena en la penitenciaría de Maze por matar católicos.
Kyle Blake siguió con atención la primera noticia del noticiario de las nueve:
Hace unos instantes, la BBC ha recibido la llamada de un grupo protestante que se hace llamar Brigada de Liberación del Ulster. Dicha organización se opone al acuerdo de paz de Viernes Santo, reivindica la autoría de los atentados y jura proseguir con su campaña de terror hasta que el acuerdo quede sin vigencia.
No le hacía falta seguir escuchando, de modo que se dirigió hacia una puerta abierta que daba al desaliñado jardín y se fumó uno de los innumerables cigarrillos que consumía a diario. El aire olía a hierba húmeda. Blake arrojó la colilla a un parterre de flores conquistado por las malas hierbas y escuchó los comentarios de un experto en Irlanda del Norte de la Universidad de Londres. Acto seguido cerró la puerta y apagó el televisor.
Entró en la cocina e hizo algunas llamadas mientras su mujer, con la que llevaba casado veinte años, fregaba los platos de la cena. Rosemary sabía lo que hacía su marido, pues entre ellos no había más secretos que los detalles operativos de sus misiones, de modo que las conversaciones cifradas se le antojaban lo más normal del mundo.
– Voy a salir.
Rosemary descolgó una bufanda de un gancho y se la anudó al cuello mientras le escudriñaba el rostro como si lo viera por primera vez. Era un hombre menudo, apenas más alto que Rosemary, y el tabaquismo lo había dejado flaco como un corredor de fondo. Tenía los ojos grises, penetrantes y muy hundidos en un rostro de pómulos prominentes y cadavéricos. Su delgadez ocultaba un cuerpo de inmensa fuerza. Al abrazarlo, Rosemary percibió los músculos tensos en sus hombros y espalda.
– Ten cuidado -le susurró al oído.
Blake se puso un abrigo y la besó en la mejilla.
– Cierra con llave y no me esperes levantada.
Kyle Blake era impresor de profesión, y el único vehículo de la familia, una pequeña furgoneta Ford, llevaba escrito en el costado el nombre de su taller de Portadown. Movido por la costumbre examinó los bajos de la furgoneta para asegurarse de que no habían colocado explosivos antes de ponerse al volante y arrancar. Atravesó la barriada de Brownstown. El rostro gigantesco de Billy Wright, el fanático asesino protestante asesinado por tiradores católicos en la penitenciaría de Maze, lo miraba desde la fachada lateral de una casa. Blake mantuvo la mirada fija ante sí, dobló por Armagh Road y siguió a un camión blindado británico hacia el centro de Portadown.
Sintonizó Radio Ulster, que retransmitía un boletín especial sobre el comunicado de la Brigada de Liberación del Ulster. La Real Jefatura de Policía del Ulster había declarado el estado de alerta en los condados de Antrim y Down, y advertido a los conductores que se formarían atascos a causa de los controles de carretera. Otros lugares emiten boletines sobre el estado del tráfico, se dijo Kyle Blake. En el Ulster tenemos estados de alerta. Apagó la radio y escuchó el golpeteo rítmico de la lluvia sobre los parabrisas.
Kyle Blake no había ido a la universidad, pero era un estudioso de la historia de Irlanda del Norte. Le entraba la risa cuando leía que los disturbios en la provincia habían empezado en 1969; protestantes y católicos llevaban siglos matándose en el norte del condado de Armagh. Habían nacido y caído imperios, se habían librado dos guerras mundiales, el hombre había ido a la luna y regresado, pero poco había cambiado en los armoniosos valles y colinas que serpenteaban entre los ríos Bann y Callon.
Los orígenes de Kyle Blake se remontaban al siglo XVII en el condado de Armagh. Sus ancestros habían llegado de las tierras altas de Escocia durante la gran colonización del Ulster, que dio comienzo en 1609. Lucharon junto a Oliver Cromwell cuando éste cayó en el Ulster para sofocar los alzamientos católicos. Participaron en las matanzas de católicos en Drogheda y Wexford, y cuando Cromwell expropió las tierras de los católicos, los ancestros de Blake cultivaron la tierra y la hicieron suya. En los siglos XVIII y XIX, en pleno apogeo de la violencia sectaria en Armagh, el clan Blake se unió a los Peep O'Day Boys *, llamados así porque atacaron los hogares católicos justo antes de alba. En 1795, los Blake ayudaron a crear la Orden de Orange.
Durante casi dos siglos, los orangistas de Portadown habían desfilado hasta la parroquia de Drumcree el domingo anterior al 1 de julio, aniversario de la victoria de Guillermo de Orange sobre el rey católico Jacobo II en la batalla del Boyne en 1690. Pero el verano anterior, la primera temporada de los desfiles desde la firma de los acuerdos de paz, el gobierno había accedido a las exigencias de los católicos y prohibido a los orangistas volver a recorrer la Garvaghy Road de Portadown, avenida eminentemente católica. La prohibición intensificó la violencia a lo largo y ancho del Ulster en un proceso que culminó con la muerte de tres niños católicos cuando unos lealistas arrojaron un cóctel molotov por la ventana de su casa en Ballymoney.
Kyle Blake ya no era orangista; había abandonado la orden varios años antes, al empezar a formar parte de grupos paramilitares protestantes, pero la imagen del ejército británico cortando el paso a los manifestantes lealistas fue demasiado para él. Consideraba que los protestantes tenían derecho a desfilar a lo largo de las vías de la reina donde y cuando les viniera en gana, que los desfiles anuales eran una expresión legítima de la tradición y la cultura protestantes en Irlanda del Norte, y que cualquier violación del derecho a desfilar era otra concesión a los putos católicos.
En opinión de Blake, la prohibición de Drumcree delataba algo mucho más peligroso sobre el panorama político de Irlanda del Norte. La ascendencia protestante del Ulster se había resquebrajado, y los católicos estaban ganando.
Durante treinta años, Blake había asistido pasivamente a las numerosas concesiones que los británicos hacían a los católicos y al IRA, pero el acuerdo de paz de Viernes Santo fue la gota que colmó el vaso. Blake estaba convencido de que sólo podía acabar acarreando la retirada británica de Irlanda del Norte y la unión con la República de Irlanda. La intransigencia protestante había dado al traste con dos intentos de paz previos en el Ulster, el acuerdo de Sunningdale y el acuerdo angloirlandés. Kyle Blake había jurado torpedear también el acuerdo de Viernes Santo.
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