Dos semanas después del incidente *, la policía había permitido al senador hacer reparar todas las huellas visibles del episodio, borrando así las últimas pruebas físicas. Un contratista de fuera de la isla, del que nadie había oído hablar jamás y cuyo nombre no parecía figurar en ninguna guía telefónica, se encargó del trabajo.
Por la isla circulaban toda suerte de rumores acerca de los cuantiosos daños ocasionados en la propiedad. Harry Carp, el propietario de tez enrojecida de la ferretería de los Heights, había oído decir que en las paredes del salón y la cocina había una docena de agujeros de bala. Patty McLean, la cajera del supermercado Mid-Island, tenía entendido que las manchas de sangre de la casa de invitados eran de tal magnitud que fue necesario cambiar todo el suelo y volver a pintar las paredes. Martha Creighton, la agente de la propiedad inmobiliaria más importante de la isla, auguró discretamente que Cannon Point saldría a la venta en un plazo de seis meses. A todas luces, murmuró Martha tomándose un capuchino en la cafetería del pueblo, el senador y su familia querrían empezar de nuevo en otro lugar.
Sin embargo, el senador, su hija Elizabeth y su yerno Michael decidieron quedarse. Cannon Point, antes tan abierta y accesible, adquirió el aire de una base militar en territorio ocupado. Otro misterioso contratista acudió a la finca para erigir un muro de piedra y hierro forjado de tres metros de altura con una caseta de madera en forma de pan de jengibre junto a la entrada para el guardia de seguridad que custodiaría el lugar a todas horas. Los vecinos se quejaban de que las medidas de seguridad del senador estropeaban la panorámica del puerto de Dering y el estrecho de Shelter Island. Se llegó a hablar de firmar una petición, hubo algunas quejas en la reunión del consistorio e incluso aparecieron un par de cartas en el Shelter Island Reporter, pero al llegar el verano todo el mundo se había acostumbrado al muro y nadie recordaba por qué la gente se había puesto tan nerviosa.
– No se le puede reprochar -comentó Martha Creighton-. Si quiere el puto muro, pues que lo tenga. La verdad, yo le dejaría cavar un foso si quisiera.
Poco se sabía de Michael Osbourne en la isla. Por lo visto se dedicaba a algún tipo de negocio, como el comercio internacional o el oscuro mundo de la consultoría. Por lo general se mostraba muy reservado cuando él y su mujer, Elizabeth, pasaban el fin de semana en la isla. Cuando iba a desayunar a la tienda de los Heights o paraba en el Dory a tomar una cerveza, siempre llevaba consigo unos cuantos periódicos para protegerse y eludía con delicadeza todo intento de entablar una conversación amistosa; siempre había algo de vital importancia que le obligaba a concentrarse de nuevo en los periódicos. La población femenina de la isla lo encontraba atractivo y le perdonaba su frialdad por considerarla una manifestación de timidez. Conocido por su afilada lengua, Harry Carp solía referirse a él como «ese hijo de puta grosero de la ciudad».
El tiroteo había suavizado las opiniones sobre Michael Osbourne, incluso la de Harry Carp. Según los rumores, había estado a punto de morir de una herida de bala varias veces aquella noche, primero en el embarcadero de Cannon Point, luego en el helicóptero y por fin en el quirófano del hospital de Stony Brook. En cuanto le dieron el alta, permaneció un tiempo en casa, pero pronto se le vio paseando con cierta dificultad por el jardín, el brazo derecho en cabestrillo bajo una raída cazadora de cuero. En ocasiones caminaba hasta el final del embarcadero y contemplaba el estrecho. A veces, por lo general al caer la tarde, parecía perder la noción del tiempo y se quedaba allí, como Gatsby, decía Martha Creighton, hasta que anochecía por completo.
– No entiendo por qué el tráfico está tan mal en enero -refunfuñó Elizabeth Osbourne, golpeteando el brazo central de cuero con la uña del dedo índice.
Avanzaban a paso de tortuga hacia el este por la autopista de Long Island, atravesando en ese momento la localidad de Islip a apenas cincuenta kilómetros por hora.
Michael llevaba un año retirado de la Agencia Central de Inteligencia, y el tiempo significaba poco para él, incluso el tiempo perdido en los atascos.
– Es viernes -le recordó-. El tráfico siempre está mal los viernes por la noche.
La circulación mejoró cuando dejaron atrás los suburbios residenciales del centro de la isla. Era una noche despejada y gélida; una luna creciente color blanco hueso brillaba en el cielo sobre el horizonte septentrional. Michael pisó el acelerador. El motor del coche rugía, y al cabo de unos segundos el cuentakilómetros ascendió de mala gana a cien kilómetros por hora. Las exigencias de la paternidad lo habían impulsado a sustituir su elegante Jaguar plateado por un monovolumen mastodóntico.
Envueltos en mantitas color rosa y azul, los gemelos dormitaban en sus sillitas de seguridad. Maggie, la niñera inglesa, dormía a pierna suelta en el tercer asiento. Elizabeth alargó la mano en la oscuridad y oprimió la de Michael. Había vuelto al trabajo tras tres meses de baja por maternidad. Durante su ausencia no había llevado más que camisas de franela, chándals y pantalones holgados, pero ahora lucía el uniforme de una cara abogada neoyorquina: traje chaqueta color carbón, un elegante reloj de oro y pendientes de perlas. Había eliminado el peso que había ganado durante el embarazo a base de muchas horas en la cinta atlética instalada en el dormitorio de su piso de la Quinta Avenida, y bajo las líneas bien definidas de su traje Calvin Klein, Elizabeth estaba delgada como una modelo. Sin embargo, la tensión y el cansancio que conllevaba verse convertida de repente en una madre trabajadora habían hecho mella en ella. Su corto cabello rubio ceniza aparecía despeinado, y tenía los ojos tan irritados que había decidido quitarse las lentillas y ponerse las gafas de montura de concha. Michael pensó que parecía una estudiante de derecho en plena época de exámenes.
– ¿Qué tal te sienta haber vuelto? -le preguntó.
– Es como si no me hubiera ido. Para un momento, que quiero fumarme un cigarrillo. No puedo fumar dentro del coche con los niños.
– No quiero parar si no es imprescindible.
– Venga, Michael.
– Tengo que poner gasolina en Riverhead; puedes fumar allí. Este trasto gasta unos cuatro litros a los ocho kilómetros. Lo más probable es que tenga que poner gasolina un par de veces más antes de llegar.
– Oh, no, no vas a ponerte a lloriquear otra vez por el Jaguar, ¿eh?
– Es que no entiendo por qué tú te has podido quedar con el Mercedes y yo en cambio tengo que conducir este monstruo. Me siento como una maruja.
– Necesitábamos un coche más grande, y tu mecánico pasaba más tiempo con tu Jaguar que tú.
– Sigue sin hacerme gracia.
– Ya lo superarás.
– Si me hablas así, esta noche duermes en la bañera.
– Nada de amenazas vacías, Michael.
La autopista acababa en la población de Riverhead. Michael paró en una estación de servicio abierta las veinticuatro horas y llenó el depósito. Elizabeth se alejó unos metros de los surtidores y encendió un cigarrillo, golpeando el suelo de hormigón con los pies para entrar en calor. Había dejado de fumar al quedarse embarazada, pero dos semanas después del nacimiento de los gemelos, las pesadillas habían vuelto, de modo que había empezado a fumar de nuevo para paliar la angustia.
Michael condujo hacia el este por el extremo norte de Long Island, pasando por interminables pastos y viñedos dormidos. De vez en cuando, las aguas del estrecho de Long Island aparecían a su izquierda, negras y relucientes a la luz de la luna. Entró en el pueblo de Greenport y atravesó las calles desiertas hasta llegar al embarcadero del transbordador del norte.
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