Con la esperanza de escapar a las ansias asesinas de los sectarios, habían seguido el consejo del inspector Dellard y habían ido a Edimburgo; pero ahora habían podido constatar que el largo brazo de los sectarios llegaba también hasta allí.
Los acontecimientos adquirían cada vez mayor gravedad, y tanto Quentin como su tío tenían la sensación de que les quedaba poco tiempo. En las últimas semanas, los ataques de esos desalmados se habían hecho cada vez más audaces y brutales. Parecían trabajar con un objetivo determinado, para un acontecimiento que tendría lugar en un futuro próximo. Pero ¿de qué podía tratarse? ¿Cómo encajaban las piezas del rompecabezas? ¿Existía realmente un gran secreto, un misterio siniestro, que unía todos estos sucesos?
Hasta ese momento, Quentin y su tío habían tropezado siempre con el rechazo en sus investigaciones. Ya fuera el sheriff Slocombe, el inspector Dellard, el abad Andrew o el profesor Gainswick, todos les habían aconsejado de manera más o menos abierta que dejaran de investigar el asunto. Las razones que les movían podían ser de distinta naturaleza, pero a Quentin le daba la impresión de que todos querían disuadirles a cualquier precio de que investigaran a fondo el caso. Hasta aquel momento solo habían tropezado con maniobras de distracción, indicaciones arrancadas a regañadientes y alusiones vagas, mientras los sectarios seguían cometiendo sus fechorías y asesinando impunemente.
Hacía tiempo que la determinación de Quentin de llegar al fondo del enigma era tan grande como la de su tío. Sin embargo, para él, todos los crímenes de las últimas semanas no se habían desarrollado de forma inconexa, sino que tenía la sensación de que pertenecían a un todo, a una conjura secreta, y que tras todo aquello se ocultaba algo mucho más importante de lo que hasta entonces habían podido imaginar.
Tal vez, pensó Quentin, la espada de Bruce fuera la clave para solucionar el enigma…
Gwynneth Ruthven no conciliaba el sueño, como tan a menudo le ocurría en aquellos funestos días.
Desde que el poder de Wallace se había desvanecido, los clanes y la nobleza se encontraban en un estado de agitación permanente. Todo estaba en ebullición; la desgracia flotaba en el aire, y Gwynn podía percibirla claramente.
Tantas cosas habían cambiado desde la muerte de su padre… Tantas cosas en tan poco tiempo. No solo el alzamiento impulsado por la esperanza del pueblo escocés en un futuro de paz y libertad había acabado en un sangriento fracaso, sino que la nobleza estaba ahora fragmentada y enfrentada como nunca, dividida entre los que querían continuar siguiendo a Wallace y mantener su fidelidad hacia él, y los que le consideraban un peligroso advenedizo y querían aprovechar la oportunidad que les brindaba su derrota de Falkirk.
Como era una mujer, Gwynn no podía expresar su opinión sobre aquellos asuntos. Hacer la guerra e intervenir en la política era algo reservado a los hombres, y por eso solo su hermano Duncan dirigía en esos días el destino del clan de Ruthven.
Al inicio de su dominio, Duncan aún pedía con frecuencia a su hermana que le aconsejara en cuestiones complicadas, pero en los últimos tiempos había dejado de hacerlo. Bajo la influencia de los consejeros de que se había rodeado, Duncan había cambiado. Para mal, opinaba Gwynneth.
Una y otra vez volvía a su memoria el siniestro encuentro con la vieja Kala. La mujer de las runas la había prevenido de que su hermano se relacionaba con poderes que ni entendía ni podía controlar. Al principio Gwynneth había tratado de consolarse pensando que Kala era una vieja loca a cuyas palabras era mejor no prestar ninguna atención. Pero cuanto más tiempo transcurría, más claramente veía que Kala tenía razón en todo.
Al principio, Duncan solo se había mostrado reservado. Se había encerrado progresivamente en sí mismo y había dejado de compartir sus pensamientos con su hermana. Su corazón se encontraba afligido por la muerte de su padre, y en su duelo se había mezclado el odio; odio por el hombre a quien culpaba de la muerte del príncipe del clan y del fracaso de la insurrección: William Wallace.
Por lo que hacía a Wallace, Duncan no se encontraba de ningún modo solo entre los cabecillas de los clanes. Había muchos que desconfiaban de Braveheart, y no pocos le habían dado la espalda en la batalla de Falkirk. Que Wallace y sus fieles se hubieran vengado sangrientamente de ello no había mejorado la situación. Los nobles escoceses se despedazaban entre sí, y una vez más los ingleses triunfarían.
Gwynn había intentado, en vano, hacérselo comprender a Duncan, que se había limitado a reírse de ella y a decirle que las mujeres no entendían de esas cosas. Y naturalmente también había tratado, movida por las palabras de Kala, de prevenirle sobre sus nuevos consejeros. Entonces Duncan se había enojado, y por un momento Gwynn vio brillar algo en sus ojos que le inspiró miedo.
Desde entonces, Gwynneth no encontraba reposo.
Noche tras noche permanecía despierta en su alcoba dando vueltas en la cama. Y cuando finalmente la vencía el sueño, tenía pesadillas en las que aparecían su padre y su hermano y en las que se desencadenaba una pelea sangrienta entre ellos. Gwynneth siempre trataba de mediar, pero el sueño acababa invariablemente del mismo modo, sin que ella pudiera cambiarlo: padre e hijo desenvainaban sus espadas y se lanzaban el uno contra el otro. Al final, el antiguo señor del clan caía bajo los golpes de su propio vástago, que levantaba al cielo la hoja ensangrentada y decía algo en una lengua que Gwynneth no entendía.
Eran sonidos que nunca había oído, de una resonancia fría y maligna. Duncan murmuraba las palabras como si fueran la fórmula de un conjuro, una y otra vez, mientras Gwynneth permanecía inmóvil, petrificada de espanto. Su corazón palpitaba con fuerza, se aceleraba, y entonces despertaba de su sueño empapada en sudor…
Mary de Egton se estremeció.
Abrió los ojos bruscamente y durante un instante no supo dónde se encontraba. Su corazón palpitaba con violencia y un sudor frío le humedecía la frente. Tenía las manos y los pies helados, y tiritaba.
Mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, volvió también el recuerdo. Comprendió que seguía en la cámara de la torre, a la que había huido para escapar de la vergonzosa persecución de Malcolm de Ruthven. Cuando pensaba en la huida de pesadilla a través de los corredores del castillo y en el jadeo bestial de su perseguidor, temblaba de arriba abajo; para volver a encontrar la calma, tuvo que decirse a sí misma enérgicamente que ahora se encontraba segura.
No era extraño que estuviera helada. Vestida solo con su camisón y su bata, seguía acurrucada sobre la piedra desnuda, mientras el helado viento nocturno soplaba en torno a la torre oeste. En su regazo descansaban los documentos que había encontrado: las notas de Gwynneth Ruthven, que el caprichoso destino había hecho llegar a sus manos.
Mary recordó que había empezado a leer los escritos, que constituían una especie de crónica, un diario en el que Gwynneth -una joven de la edad de Mary, que había vivido hacía unos quinientos años- había dejado constancia de sus impresiones y vivencias, de sus esperanzas y miedos. Mary se había quedado totalmente fascinada por aquellas notas, y a pesar de las dificultades que comportaba la traducción del latín, no había podido dejar de leer. En algún momento debía de haberse quedado dormida sobre la emocionante lectura, y por lo que parecía, sus sueños y lo leído se habían fundido una vez más en una visión confusa.
Entretanto las tinieblas habían empezado a disiparse, y la pálida luz de la luna había dado paso a una luz grisácea que penetraba por la pequeña abertura de la ventana.
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