– He hablado con los negociadores del conde de Bruce -intervino Duncan-. Dicen que está dispuesto a aceptar nuestras condiciones.
El druida asintió.
– No esperaba otra cosa. La estrella de Wallace caerá pronto. La fortuna en la guerra le abandonará, y su propia gente le traicionará. Pero su espada pasará a Robert Bruce, que proseguirá la obra de Wallace y terminará triunfalmente la guerra contra los ingleses. De este modo nos desharemos de un adversario indeseable y ganaremos al mismo tiempo a un valioso aliado.
– El conde se ha comprometido a quebrantar el poder de los monasterios. Quiere levantar la prohibición de las sociedades rúnicas y devolver su antiguo poder a los druidas.
– Así será. Wallace es viejo y testarudo; Robert, en cambio, es joven y fácilmente influenciable. En el próximo encuentro de la nobleza, lo propondremos como jefe. Luego todo ocurrirá como lo he planeado. En cuanto Robert se siente en el trono, le haremos gobernar conforme a nuestros propósitos. Nuestro poder será tan grande como lo fue en otro tiempo, e incluso más allá de las fronteras temblarán ante nosotros. Runas y sangre: así fue en otro tiempo y así volverá a ser.
– Runas y sangre -repitieron los encapuchados como un eco. Y luego volvieron a iniciar la monótona cantinela que habían entonado ya al principio de la ceremonia.
Asustada, Gwynn se retiró hacia el oscuro corredor. Lo que había escuchado la había llenado de espanto. Estos sectarios paganos -esta hermandad, como se llamaban a sí mismos- planeaban un complot demoníaco que tenía a Braveheart como víctima.
Gwynn no conocía a William Wallace, pero había oído hablar mucho de él, y la mayoría de lo que había oído le había gustado. Se decía que Wallace era un hombre con un elevado sentido de la justicia, al que importaba, por encima de todo, la libertad. Duro y despiadado con sus enemigos, se preocupaba, sin embargo, por aquellos que necesitaban su protección. El padre de Gwynneth había creído en él, en su visión de una Escocia libre y fuerte, que ya no tuviera que temer a los ingleses.
Al inicio de la guerra contra la Corona, la táctica de Braveheart había tenido éxito; después de las primeras victorias, cada vez más guerreros se habían agrupado bajo su bandera. Los clanes de las tierras altas, ferozmente enemistados desde siempre, habían enterrado sus diferencias y se habían unido a él para servir a una causa mayor y más honorable: la libertad del pueblo escocés. Luego había habido retrocesos, y después de los primeros éxitos en Inglaterra, Braveheart había tenido que retirarse de nuevo. Era un secreto a voces que sobre todo la joven nobleza se apartaba de Wallace y prefería a Robert Bruce como jefe, para coronarlo rey en Perth. Y ahora Gwynneth conocía también a la fuerza impulsora que se encontraba tras estos esfuerzos: la Hermandad de las Runas.
Nunca habría pensado que su hermano pudiera ser tan necio y estar tan ciego para pactar con esa clase de poderes siniestros. ¿No había insistido siempre su padre en que la época de los druidas había pasado y solo la nueva fe podía salvar al pueblo? ¿En que eran los monasterios los que extendían la cultura y la educación en el país, y en que la acumulación de conocimientos y el dominio de la escritura eran virtudes tan importantes, al menos, como la valentía y la destreza en el manejo de la espada? ¿Cómo había podido olvidar Duncan todo eso?
Trastornada, Gwynneth se disponía a dar media vuelta para deslizarse afuera de la sala, cuando oyó un ligero crujido tras de sí. Casi al mismo tiempo, una mano se posó sobre su hombro…
Mary lanzó un grito y volvió en sí sobresaltada.
Sorprendida, constató que todavía estaba sentada en el suelo de la habitación de la torre, con los pergaminos desenrollados sobre las rodillas. Su corazón palpitaba muy deprisa y le sudaban las manos. Sentía angustia y miedo, como si no hubiera sido Gwynneth Ruthven sino ella misma la que había espiado esa siniestra reunión en las catacumbas del castillo.
Mary jamás se había sentido tan fascinada por un texto hasta el punto de no encontrarse ya en situación de diferenciar lo escrito de lo vivido; ni siquiera con las novelas de sir Walter Scott, que normalmente sabía cautivarla como ningún otro escritor.
Lo que Mary había experimentado era tan directo, tan próximo a la realidad, que tenía la sensación de haber vivido ella misma esa hora sombría. ¿Se había dormido y solo había soñado todo aquello? Mary no podía recordarlo, pero debía de haber sido así. Concentrada en el estudio del antiguo escrito, no había sido consciente de su fatiga hasta que los ojos se le habían cerrado. Y una vez más el presente y el pasado se habían mezclado de forma inquietante en su sueño.
Mary pensó, estremeciéndose, en la mano que la había arrancado del sueño. La había sentido en su hombro. Si no hubiera estado sentada con la espalda contra la pared, se habría vuelto para estar segura de que no había nadie tras ella.
Solo un sueño… ¿o era algo más?
De nuevo Mary tuvo que pensar en las palabras de la sirvienta, y se preguntó si la extraña anciana no tendría razón. ¿Había efectivamente algo que la unía con Gwynneth Ruthven, algo que enlazaba sus destinos más allá de los siglos?
Su razón se negaba a creer algo así, pero ¿cómo podía explicarse, si no, todo aquello? ¿Cómo era posible que sufriera con Gwynneth como si fuera una amiga querida a quien conociera desde la infancia? ¿Por qué tenía la sensación de haber estado presente en aquellos días sombríos?
Debía averiguar más sobre Gwynneth Ruthven y sobre los acontecimientos que se habían desarrollado en aquella época en el castillo de Ruthven. Aunque parte de ella se sentía atemorizada ante la idea, Mary empezó a leer de nuevo, y al cabo de solo unas líneas el relato de Gwynneth la atrapó de nuevo en sus redes…
Con una brusca inspiración, Gwynneth Ruthven se volvió, y se encontró ante los rasgos arrugados de una anciana. Aliviada, constató que era Kala. La mujer de las runas se llevó un dedo a los labios para indicarle que callara. Luego cogió a Gwynneth de la mano y la arrastró escalera arriba, lejos de los sectarios, cuyo monótono murmullo resonaba a sus espaldas.
Llegaron al vestíbulo, y con una agilidad que nadie habría podido imaginar en ella, la anciana subió apresuradamente los escalones en dirección a la muralla. Gwynneth comprobó con estupefacción que Kala parecía conocer bien el castillo de Ruthven. No tenía ninguna dificultad para encontrar el camino a través de los pasillos débilmente iluminados, y por lo que se veía, conocía perfectamente su objetivo.
Al final llegaron a la empinada escalera que ascendía en espiral a la torre oeste, y Kala indicó a Gwynn que la siguiera. La joven miró furtivamente alrededor, antes de deslizarse por la puerta detrás de la vieja e iniciar la subida.
En la torre hacía frío. El viento penetraba a través de las alargadas hendiduras, y Gwynneth tiritaba mientras ascendía hacia lo alto, pisando la piedra húmeda con sus pies descalzos. A la pálida luz de la luna, podía ver a Kala, como una sombra oscura ante ella. Mientras que el pulso de Gwynn se aceleraba, no parecía que la anciana tuviera que hacer ningún esfuerzo para subir. Con impulso juvenil ascendía con rapidez, y poco después se encontraron ante la puerta de la cámara de la torre.
Para sorpresa de Gwynneth, Kala tenía la llave. La anciana abrió la puerta e hizo entrar a Gwynn en la polvorienta y oscura habitación, iluminada únicamente por la luz de la luna que penetraba por la baja ventana.
– Siéntate -pidió Kala a Gwynn, y como no había sillas ni bancos, la joven se sentó en el suelo. También Kala se dejó caer gimiendo, convertida de nuevo en una mujer anciana-. ¿Y bien? -preguntó, sin detenerse en explicaciones-. ¿Comprendes ahora de qué hablaba cuando nos encontramos en el barranco?
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