En un instante, su determinación se desvaneció; se dijo que probablemente había sido una idea bastante estúpida bajar al pozo sin llevar un arma encima, o al menos, una lámpara. Obedeciendo a un impulso repentino, quiso girarse y sujetarse a la escalera para volver a trepar hasta arriba, pero en ese momento, justo ante él, brilló una llama. Alguien había encendido una cerilla y ahora prendía el pábilo de una vela. A su luz, Quentin distinguió una máscara horrible, tallada en madera.
¡Era el asesino, que había acechado su llegada!
Un pesado manto de lana negra caía sobre su gigantesca figura y una gran capucha enmarcaba su cara enmascarada. La amenaza que emanaba de él podía sentirse físicamente.
– ¿Me buscabas? -preguntó el encapuchado con sarcasmo-. Pues ya me has encontrado.
Durante un instante, Quentin se quedó mudo de terror, pero luego se impuso de nuevo su indignación por el espantoso crimen, e hizo todo lo posible por convencerse de que el siniestro fantasma que había surgido de la oscuridad era en realidad un ser de carne y hueso, un hombre como él.
– ¿Quién es usted? -quiso saber Quentin-. ¿Por qué ha matado al pobre profesor Gainswick?
– Porque se metía en cosas de las que debería haberse mantenido apartado -fue la respuesta-. Igual que tú. No es bueno correr por las calles a estas horas gritando a voz en cuello. Podrías llamar la atención de criaturas a las que sería mejor dejar en paz.
El encapuchado levantó la vela, de modo que su resplandor iluminó un espacio mayor del sótano; Quentin vio con horror que por todas partes, detrás de los barriles y las cajas, algo se agitaba.
Ante su vista aparecieron unas figuras que solo con esfuerzo podían reconocerse como humanas. Sus sucios vestidos, que colgaban en jirones de su cuerpo, apenas podían diferenciarse de la piel, coriácea y manchada. En sus caras mutiladas y deformadas por cicatrices, unos ojos inyectados en sangre le miraban fijamente, y las bocas de dientes amarillentos se entreabrían en una mueca feroz.
Quentin ya había oído hablar de aquellas personas. Los llamaban «los sin nombre». Eran desechos de la sociedad, gentes que no tenían familia ni hogar. Vivían en los rincones más oscuros de la ciudad, y quien caía en sus manos no podía esperar compasión. Quentin, que nunca se había topado antes con ninguna de aquellas criaturas, se encontraba ahora frente a más de una docena. Instintivamente se echó hacia atrás, hasta que su espalda chocó con la escalera.
Los sin nombre surgían de los oscuros rincones, arrastrándose y reptando más que caminando. Llevaban en las manos cuchillos y puñales herrumbrosos, estoques rotos cuyas hojas aún estaban manchadas con la sangre de las últimas gargantas que habían cortado. Y aquel sombrío enmascarado parecía tener autoridad sobre esos engendros de la noche.
– Es vuestro -les dijo, y entre sus filas se dejaron oír unas repugnantes risas apagadas.
Los pares de ojos brillaron, y uno de los tipos, con una larga cabellera negra y la nariz partida por una cuchillada, se dirigió con paso decidido hacia Quentin para clavarle su puñal.
Quentin reaccionó instantáneamente. Volverse y agarrar los peldaños de la escalera fue todo uno. Solo quería salir de allí, huir de aquel agujero y escapar a las hojas ensangrentadas de los asesinos.
Los sin nombre gritaron de indignación al ver que se disponía a huir, y con las armas en alto, se lanzaron hacia la escalera.
Quentin trepó hacia el exterior tan deprisa como pudo. Notó que le lanzaban una puñalada; sintió la corriente de aire, pero la hoja no acertó por un pelo. Unas manos esqueléticas, descarnadas, se tendieron hacia él, y una de ellas consiguió sujetarle el pie derecho.
Lanzó un grito y sacudió la pierna; se defendió con todas sus fuerzas, y un instante después volvía a estar libre. Frenéticamente se sujetó al siguiente escalón, siguió trepando tan rápido como pudo y salió por la abertura.
La banda de asesinos seguía pegada a sus talones, no quería dejar escapar aquella presa que creía segura. A sus ojos, una vida humana no tenía valor; ya habían matado por mucho menos. La chaqueta de Quentin y sus botas nuevas eran motivo suficiente para que se convirtieran en unas bestias asesinas. Quentin consiguió a duras penas escapar del pozo y se refugió en el patio.
– ¡Socorro! -gritó con todas sus fuerzas, pero o bien nadie le oyó, o los que le oyeron prefirieron mantenerse alejados.
Los sin nombre surgieron del agujero tras él, tan numerosos como ratas. Quentin corrió tan deprisa como pudo hacia la salida del callejón, pero constató, horrorizado, que el acceso al patio interior estaba cerrado. Ante él se encontraban otros dos tipos encorvados con ropas que colgaban en jirones. Iban armados con garrotes que habían atravesado con largos clavos, horribles herramientas asesinas de un mundo en el que no había derecho ni ley. Uno de los desarrapados, que llevaba un parche sobre el ojo derecho, aulló como un animal de presa y balanceó la maza para cerrar el paso a su víctima.
Quentin se detuvo. Desesperado, miró alrededor buscando una vía de escape, pero no había ninguna. Los sin nombre, que habían visto que estaba atrapado, se tomaron su tiempo para actuar. Primero se dispersaron y se desplegaron en torno a él, rodeándolo. Una sonrisa irónica y malvada se dibujaba en sus caras deformadas. El enmascarado no se veía por ningún lado, hacía tiempo que debía de haber puesto pies en polvorosa.
Quentin tragó saliva con esfuerzo. Por enésima vez tuvo que recordar el lema de su tío: el pánico raramente servía para nada y un entendimiento claro era siempre el mejor consejero en las situaciones críticas. Pero el caso era que ni el más agudo entendimiento servía para nada en aquella ocasión. No había ninguna salida visible, y Quentin no pudo evitar que un miedo cerval surgiera de las profundidades de su conciencia y le sacudiera hasta lo más hondo.
Atribulado, miraba a un lado y a otro, pero en todas partes veía solo hojas desnudas y caras macilentas que sonreían malignamente. Sabía que no podía esperar compasión ni piedad.
En torno a él se oían risitas y cuchicheos. Los sin nombre conversaban furtivamente entre ellos, sin que Quentin pudiera entender ni una palabra de lo que decían; aquellos hombres parecían tener su propio lenguaje. El círculo se iba estrechando, y el hierro herrumbrado de las hojas se acercaba cada vez más.
– Por favor -dijo Quentin en su desesperación-, dejadme marchar, no os he hecho nada. -Pero solo recibió en respuesta una carcajada maliciosa.
Uno de los tipos, el tuerto, balanceó ruidosamente su maza en el aire y dio un paso adelante para iniciar el ataque. Quentin levantó las manos para protegerse, y cerró los ojos esperando que el mortífero instrumento cayera sobre él con fuerza aniquiladora.
Pero la maza del atacante no le alcanzó. Se escuchó un golpe fuerte y seco, seguido por un grito estridente. Sorprendido, Quentin abrió los ojos y vio cuál era el motivo.
Los asesinos tenían compañía.
Silenciosamente, como ángeles salvadores, unas figuras encapuchadas envueltas en amplios mantos pardos habían saltado al patio desde los tejados de las casas circundantes. Por un instante, Quentin pensó, horrorizado, que eran miembros de la Hermandad de las Runas; pero entonces vio las varas de madera en sus manos y comprendió que eran los hombres que se habían enzarzado en un violento combate con los hermanos de las runas en el callejón. Fueran quienes fuesen, no parecían estar de parte de la hermandad.
El tuerto que había atacado a Quentin yacía sin sentido a sus pies. La vara de uno de los luchadores misteriosos le había alcanzado con fuerza y le había derribado. Los sin nombre, que estaban tan sorprendidos como Quentin por la aparición de los encapuchados, aullaron furiosos, como niños que han sido interrumpidos en medio de su juego favorito.
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