Michael Peinkofer - Trece Runas

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Escocia, siglo XIX, un secreto y una oscura hermandad pueden cambiar la historia de Inglaterra.
Con la muerte en extrañas circunstancias de un ayudante del escritor Walter Scott arranca una serie de sucesos inquietantes. Pero las pesquisas que emprende sir Walter chocan repetidamente contra muros de silencio. ¿Qué esconde el inspector llegado ex profeso de Londres? ¿Qué secreto protegen desde hace siglos los monjes de la abadía de Kelso? ¿Qué presagios encierra la espada marcada con una runa a la que conducen las investigaciones de sir Walter y su sobrino Quentin?
Pronto culminará una maquinación por el poder cuyo origen se remonta a la Edad Media, una trama enraizada en oscuras tradiciones druídicas, en el antiguo enfrentamiento entre los héroes escoceses William Wallace -más conocido como Braveheart-y el rey Roberto I de Escocia, y en la lucha de dos sectas centenarias por evitar o provocar el nuevo advenimiento de la edad de la magia

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Dos de los atacantes cayeron inconscientes bajo los bastonazos, y un tercero acabó con el codo destrozado por el impacto de una vara. Un cuarto se adelantó de un salto y enarboló su sable, antes de ser igualmente alcanzado y barrido por el extremo de un bastón.

Lanzando gritos de espanto, los que quedaban en pie intentaron huir. Atropelladamente, se precipitaron de nuevo hacia la estancia del abad Andrew y escaparon por la ventana rota. Algunos de los monjes quisieron correr tras ellos, pero el abad los retuvo.

– Deteneos, hermanos -les gritó-. No es tarea nuestra castigar ni vengar. Solo el Señor puede hacerlo por nosotros.

– Pero, venerable abad -objetó el hermano Patrick, que formaba parte del grupo de arrojados defensores-, estos hombres solo han venido por un motivo, ¡para asesinarle! ¡Primero a usted, y luego a todos nosotros!

– A pesar de todo, la venganza no debe ser el sentimiento que guíe nuestra conducta -replicó su superior con una calma digna de admiración. El abad Andrew parecía haber superado por completo su miedo inicial-. No olvides, hermano Patrick, que nosotros no odiamos a nuestros enemigos. No queremos castigarles, ni tampoco causarles daño. Solo queremos proteger aquello que es justo.

– No lo olvido, venerable abad. Pero si los atrapamos, tal vez podamos descubrir quién los ha enviado.

– Nos contentaremos con los que han quedado aquí -replicó el abad, y señaló a los hombres que yacían inconscientes en el suelo-. Dudo que nos digan quién les ha enviado, pero es posible que tampoco sea necesario.

El abad indicó a sus hermanos de congregación que atendieran a los heridos. Los monjes curarían sus heridas y velarían por su restablecimiento tal como ordenaba el mandamiento del amor al prójimo. El hermano Patrick se inclinó hacia uno de los caídos, le echó la capucha hacia atrás y le retiró la máscara.

Debajo aparecieron unos rasgos pálidos, enmarcados por un cabello rubio y unas patillas, que pertenecían a un hombre joven. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando Patrick apartó la capa del intruso. Bajo la tela, de un negro profundo, apareció un rojo resplandeciente, el rojo del uniforme de los dragones británicos.

Los monjes de Kelso se quedaron petrificados de horror. Ninguno de ellos había contado con aquello, con excepción del abad Andrew.

– Ahora ya no hay vuelta atrás -murmuró el abad, y su mirada se ensombreció-. El enemigo ha vuelto y ha mostrado su rostro. El combate ha empezado, hermanos…

Tercer libro . La espada dela runa

1

Al día siguiente de su memorable hallazgo en la biblioteca y del siniestro combate en las calles, Walter Scott y Quentin se dirigieron de nuevo a visitar al profesor Gainswick. Confiaban en que el erudito pudiera decirles algo más sobre el círculo de piedras de que se hablaba en el antiguo fragmento.

Sir Walter había pasado la mañana en el puesto de la guardia local, donde había intentado descubrir algo más sobre la pelea de que había sido testigo con Quentin la noche anterior. Como miembro del Tribunal de Justicia fue tratado con el debido respeto, pero los agentes no pudieron proporcionarle ninguna ayuda; no les había llegado ninguna denuncia y los vigilantes de servicio de la guardia nocturna no sabían nada de lo sucedido en las oscuras callejas del barrio de la universidad. Por lo que parecía, sir Walter y su sobrino habían sido los únicos testigos del suceso, y a la luz del nuevo día incluso ellos empezaban a dudar de que realmente hubiera tenido lugar.

Mientras que sir Walter había pasado la noche sentado ante su escritorio, Quentin se había ido a dormir, aunque apenas había podido descansar.

Una y otra vez volvían a su memoria los excitantes acontecimientos que habían vivido, el descubrimiento que habían realizado y las oscuras sombras que les perseguían. En cuanto cerraba los ojos y conciliaba brevemente el sueño, se veía asaltado por imágenes malignas: pesadillas de runas y máscaras horribles, de círculos de piedras y hogueras que ardían en la noche y anunciaban el fin del mundo.

Quentin se sentía, pues, de un humor sombrío mientras el carruaje en el que viajaba con su tío ascendía por la cuesta en dirección a High Street. Por más que sir Walter cerrara los ojos y siguiera buscando una explicación racional, para él hacía tiempo que estaba claro que no se encontraban frente a una simple casualidad. Quentin no podía dejar de pensar en las advertencias que habían pronunciado tanto el inspector Dellard como el abad Andrew.

Sir Walter, que podía leer en los rasgos de Quentin como en un libro abierto, le miró fijamente.

– Mi querido sobrino -dijo-, valoro lo que haces por mí, pero leo el miedo en tus ojos.

– Confundes el miedo con la prudencia, tío -le corrigió Quentin muy digno-. Si no recuerdo mal, Cicerón la consideraba la mejor parte de la valentía.

Sir Walter no pudo evitar una sonrisa.

– Celebro que, a pesar de toda esta agitación, aún encuentres tiempo para el estudio de los clásicos, muchacho. Pero estoy hablando muy en serio. En el curso de estos turbadores acontecimientos he perdido ya a un estudiante, y no quiero tener que reprocharme la muerte de otro joven. De modo que si prefieres dejarlo y volver con tu familia, lo entenderé perfectamente. Tu casa no está muy lejos. Podría decirle al cochero que…

– No, tío -dijo Quentin con decisión-. Es cierto que no comparto todas tus opiniones en lo que se refiere a este misterioso caso, pero en las últimas semanas y meses has hecho demasiado por mí para que te deje en la estacada cuando me necesitas. Y con todos los respetos, tío, tengo la sensación de que nunca me has necesitado más que en estos días.

– Eres un buen muchacho, Quentin -replicó sir Walter, asintiendo con la cabeza-. Has aprendido a dominar tu miedo y a tratar con él. Pero no querría que arriesgaras tu vida por agradecimiento. Ya me has acompañado durante más tiempo del que es aconsejable para ti. La gente con la que tratamos es peligrosa, ya lo ha demostrado varias veces. Y no podría mirar a tu madre a los ojos para decirle que perdiste la vida por culpa de mi obstinación.

La voz de sir Walter había bajado de tono, y Quentin tuvo la impresión de que su tío no solo estaba cansado por la noche en vela, sino que se encontraba agotado también por la responsabilidad con que tenía que cargar. Tal vez, pensó, debería aliviarle de parte de esta carga.

– Entonces despídeme de tu servicio, tío -propuso inopinadamente.

– ¿Qué quieres decir, muchacho? ¿No quieres que siga siendo tu maestro?

– Ya he aprendido mucho de ti, tío, y estoy seguro de que tendrías mucho más que enseñarme. Pero con todo lo que tal vez nos espera todavía, no me gustaría acompañarte como tu alumno, sino como… -Se interrumpió al comprender que sus palabras podían parecer presuntuosas-. Sino como tu amigo -añadió bajando un poco la voz.

Sir Walter no respondió enseguida; miró por la ventana lateral, por la que desfilaban los estrechos edificios de High Street. Dentro de unos instantes llegarían a casa del profesor Gainswick.

– ¿Qué me dices, tío? -quiso saber Quentin, que ya se atormentaba preguntándose si no habría ido demasiado lejos.

– Nada, muchacho. -Sir Walter sacudió la cabeza-. Tan solo me planteo una pregunta.

– ¿Qué pregunta?

– Qué cabeza hueca ha podido llegar a convencerte de que no servías para nada y de que por tus venas no corría la sangre de un auténtico Scott. ¿Crees que no veo más allá de tus palabras? ¿Crees que no me doy cuenta de lo que pretendes?

– Perdona, tío, yo…

– Lo has notado, ¿verdad? Has percibido la carga que pesa sobre mis hombros, la responsabilidad que siento y que casi no me deja respirar. Y para aliviarme de esta carga, quieres librarme al menos de la responsabilidad sobre tu persona; quieres apoyarme como amigo, aunque no compartes mis opiniones en lo que se refiere a este caso ni mi firme determinación de investigar hasta el final.

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