– La deseo, Mary -anunció Malcolm abiertamente, y en sus ojos brilló un fuego inquietante-. Esta unión que fue arreglada sin nuestro conocimiento ni nuestro acuerdo no es sencilla para ninguno de los dos. Pero podríamos olvidar todas las limitaciones que nuestra condición nos impone y dar rienda suelta a nuestro deseo. Tal vez los sentimientos lleguen entonces.
– No creo que esa sea la sucesión correcta -replicó Mary, mientras seguía retrocediendo ante él-. El amor, mi apreciado Malcolm, debe surgir del respeto mutuo. Y ya solo por eso, probablemente nunca lo sintamos el uno por el otro. Usted mismo ha dicho que no puede soportarme.
– Las cosas cambian -afirmó el laird con un gesto despectivo-. Vivimos en una época en la que todo está en movimiento, Mary. Una época de revoluciones y trastornos. Los poderosos pueden decir lo que quieran, pero su época llega al final. Quien no quiera comprenderlo es un necio. Yo, por mi parte, lo siento claramente. Todo cambia, Mary. Las barreras caerán. Y los cambios se impondrán.
Su voz había adoptado un tono inquietante, casi conspirativo, que atemorizó a Mary y por primera vez le hizo dudar de si Malcolm de Ruthven estaba realmente en posesión de sus facultades.
– No sé de qué habla -dijo, y se esforzó en que su voz sonara firme y decidida-, pero no conseguirá lo que ansía, Malcolm de Ruthven. No esta noche, ni tampoco ninguna otra, mientras no sea para mí más que un extraño cuya compañía me fue impuesta.
– ¿Un extraño? ¡Soy su prometido, Mary! ¡Debe respetarme y honrarme!
– Entonces deberá ganarse mi aprecio y mi respeto, querido Malcolm -replicó Mary-. Y por el momento está perdiendo tanto una cosa como la otra.
– ¡Usted no me respeta! -bufó el laird, y su cara, enrojecida ya por el alcohol, se tiñó de escarlata-. Me mira desde arriba, ¿no es cierto? Me tiene por un tonto, por un ignorante al que todo le ha venido dado y que nunca tuvo que hacer nada para merecer lo que posee. Un hombre que obedece a su madre sin replicar y se somete dócilmente a las coerciones que le impone su condición. ¿No es así, mi apreciada Mary? ¿No es así?
Mary se guardó de replicar a sus palabras. La voz de Malcolm había subido de tono, y era evidente que estaba a punto de estallar de rabia. Mary prefería no pensar en lo que podía llegar a hacer si se dejaba dominar por la cólera.
– ¡Usted no sabe nada sobre mí! -la increpó el laird-. ¡No sabe absolutamente nada y, sin embargo, me juzga! Si conociera la verdad y supiera hasta dónde se remonta la tradición y el honor de la casa de Ruthven, seguro que me respetaría, Mary de Egton, y no me negaría lo que me corresponde en virtud de nuestro compromiso.
– No sé de qué está hablando -afirmó Mary evasivamente-. Aún no estamos casados, Malcolm, y usted no tiene ningún derecho sobre mí. Yo no soy de su propiedad, y nunca lo seré.
De pronto su espalda tropezó contra algo duro. La puerta cerrada le cortaba la retirada.
– Es posible que legalmente esto sea cierto, Mary -objetó Malcolm, cuya cólera parecía haberse evaporado-, pero si se hubiera familiarizado un poco más con la historia de mi casa, sabría que los lairds de Ruthven siempre consiguen lo que reclaman. Y si no se lo dan voluntariamente, lo toman por la fuerza…
Sus ojos chispearon, y se precipitó hacia delante, la cogió en sus brazos y hundió su anguloso mentón en el delicado cabello de la joven para forzarla a aceptar sus besos.
– ¡No -exclamó Mary-, no haga eso!
Pero la joven no podía defenderse contra aquella fuerza brutal que la empujaba contra la puerta.
Malcolm jadeaba de lujuria. Mary se estremeció al sentir su lengua sobre su piel y trató de liberarse de su abrazo.
– Cogeré lo que me corresponde -murmuró él entre jadeos lascivos-. Me pertenece, Mary; es mía, solo mía.
Por un momento, Mary creyó que iba desmayarse de asco, miedo y vergüenza; pero luego se despertó su espíritu de rebeldía. Ella no pertenecía a ese monstruo con forma humana, no era una propiedad suya, y si Malcolm quería tomar a la fuerza lo que ella le había negado por buenas razones, no merecía nada más que su desprecio.
Durante toda su vida, Mary había sido educada para someterse y obedecer. En una sociedad dominada por los hombres, el camino más rápido y fácil para alcanzar el bienestar y una buena reputación consistía en atenerse a las reglas del juego, que establecían los hombres. Y aunque de vez en cuando Mary se había rebelado, siempre lo había hecho en un arranque momentáneo y poco decidido. Nunca había puesto realmente en duda todo el sistema.
Sin embargo, en el momento en que Malcolm de Ruthven se lanzó sobre ella jadeando, le palpó el pecho y apretó su cuerpo contra el suyo, todo aquello acabó. En ella despertó una voz que hasta entonces había callado y que le dijo que tenía que defenderse, y Mary actuó.
Más tarde, no habría sabido decir de dónde sacó el valor. Tal vez fuera pura desesperación; pero en cuanto Malcolm de Ruthven le soltó los brazos para abalanzarse, bufando como un caballo, sobre sus pechos, levantó la mano y le propinó dos sonoras bofetadas.
El laird se detuvo, estupefacto, no tanto por el dolor como porque ella se defendiera. Estaba acostumbrado a otra cosa con sus prostitutas.
Mary no esperó a que se desvaneciera el efecto de la sorpresa y se lanzara de nuevo sobre ella. Su rodilla derecha se levantó bruscamente y golpeó al señor del castillo en el bajo vientre, donde se encontraba la fuente de su apasionado deseo. A continuación dio media vuelta, abrió la puerta de la habitación y se precipitó al pasadizo iluminado por el resplandor de las antorchas.
Mary oyó a su espalda los gemidos y las maldiciones de Malcolm y escapó tan rápido como pudo. Perdió sus zapatillas de seda, y corrió con los pies descalzos sobre la fría piedra, mientras su camisón y su bata volaban en torno a ella flotando como velos. Azorada, como un ciervo perseguido por cazadores, miró hacia atrás, y vio al laird, como una sombra oscura al extremo del pasillo, que la cubría de salvajes maldiciones, antes de emprender con pasos torpes y pesados su persecución.
Con el corazón palpitante, Mary corrió a través del castillo en penumbra. Al extremo del pasadizo dobló por un estrecho y bajo corredor de techo semicircular. Siguió adelante agachada, pero se cortó las plantas de los pies con los cantos angulosos de las losas y dejó un rastro sangriento que Malcolm podía seguir con facilidad. Su única suerte era que el laird había bebido demasiado y se movía con torpeza, pues en otro caso haría tiempo que la habría alcanzado.
En su atolondrada huida, atravesó largos pasillos y escaleras que tan pronto conducían hacia arriba como hacia abajo. Al cabo de un rato ya no sabía dónde estaba. Aún no conocía, ni de lejos, todas las zonas del castillo, y en los últimos días tampoco había estado de humor para excursiones. Pero fuera hacia donde fuera, los pasos pesados y la respiración jadeante de su perseguidor seguían tras ella.
Mary tenía la sensación de que representaba el papel principal en la peor de sus pesadillas. Corrió sin objetivo por pasajes y corredores en penumbra, huyendo siempre de su perseguidor. Parecía que el corazón iba a estallarle en el pecho, y el miedo le oprimía la garganta. Una y otra vez volvía la cabeza para lanzar miradas furtivas a la larga sombra que proyectaba la silueta de Malcolm de Ruthven en el resplandor de las antorchas.
Aquí y allá trató de abrir las puertas que aparecían a ambos lados en los pasadizos; pero o bien estaban cerradas, o daban a otros corredores que se hundían aún más profundamente en el corazón de la sombría fortaleza.
Mary se detuvo en una encrucijada, respirando agitadamente. Sentía cómo el pulso palpitaba en sus sienes, mientras, desesperada, trataba de orientarse. Una dirección le parecía tan poco prometedora como la otra, y ya podía oír cómo los pasos de su perseguidor se acercaban. De pronto, Malcolm de Ruthven apareció en el extremo del pasillo. Sus ojos brillaban en la oscuridad como carbones ardientes.
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