Ante la puerta se encontraba la vieja sirvienta, aquella mujer de aspecto siniestro, con su vestido negro y su cabello blanco como la nieve, que la había prevenido inmediatamente después de su llegada a Ruthven. Mary ya casi la había olvidado. Se dio cuenta de que durante ese tiempo no había vuelto a verla en el castillo.
– ¿Qué quieres? -le preguntó indecisa. Aquella anciana, pensó, le recordaba a alguien…
– ¿Puedo entrar, milady? Tengo que hablar con usted.
Mary dudó. No estaba de humor para tener compañía ni tenía ganas de mantener una conversación, pero algo en la forma en que la mujer le había pedido entrar le indicó que no aceptaría una negativa.
Mary asintió con la cabeza, y la anciana, con un andar enérgico y una mirada despierta que no parecían en absoluto propios de una sirvienta, entró en el aposento.
– Es difícil verla estos últimos días, milady -constató la vieja.
– Tenía cosas que hacer -explicó Mary fríamente-. Había algunas cosas en las que debía pensar.
– Siempre es bueno pensar en las cosas. -La anciana rió entre dientes-. Pero habría que preguntarse si piensa en las cosas correctas.
– ¿Qué quieres decir con eso?
– ¿Piensa aún en mis palabras? ¿En la advertencia que le hice?
– Dijiste que debía abandonar Ruthven tan pronto como pudiera. Que ocurrirían cosas terribles y que el pasado y el futuro se encontrarían.
– Esto ha ocurrido ya -afirmó la anciana, mirándola fijamente. De pronto, Mary descubrió a quién le recordaba la sirvienta.
En el extraño sueño que había tenido después de que Eleonore de Ruthven quemara sus libros, había aparecido una mujer de las runas, y esa mujer del sueño tenía exactamente el mismo aspecto que la anciana. ¿O era al revés? ¿Quizá la vieja sirvienta la había impresionado tanto en su primera visita que luego había vuelto a verla en sueños? Naturalmente, se dijo Mary, así ha debido de ser…
– ¿Qué le ocurre, señora? -preguntó la anciana.
– Nada. Es solo que… me recuerdas a alguien.
– ¿De verdad? -La sirvienta volvió a reír, con la risa del iniciado ante un necio incapaz de intuir nada-. Posiblemente, Mary de Egton, le recuerdo a alguien a quien vale la pena escuchar. Y debería hacerlo, porque tengo una noticia importante que darle. Ya se la transmití una vez, pero no quiso hacerme caso. Ahora han sucedido cosas siniestras, y el tiempo apremia aún más que antes. Debe abandonar este lugar, lady Mary, mejor hoy que mañana.
– ¿Por qué?
– No puedo explicarle los motivos, porque probablemente no podría entenderlos. Pero debo decirle que le aguardan cosas malas si se queda.
– ¿Cosas malas? -Mary rió sin alegría-. ¿Qué podría ser peor que lo que ya me ha ocurrido? Me han quitado todo lo que me importaba, y el hombre con quien voy a casarme es solo un ignorante sediento de poder.
– Todo esto -dijo la anciana sombríamente- no es nada en comparación con las cosas que le esperan. Se levanta una tormenta, Mary de Egton, y será arrastrada por ella si no toma precauciones. Hay un motivo para que usted esté aquí.
– ¿Un motivo? ¿A qué te refieres?
– No puedo decir más, porque tampoco yo lo sé todo. Pero se encuentra en grave peligro. Poderes oscuros le han otorgado un papel en sus planes.
– ¿Poderes oscuros? Estás diciendo disparates.
– Me gustaría que así fuera, pero en este país, milady, hay más cosas entre la tierra y el cielo de las que pueda llegar a imaginar. En muchos sentidos, las sagas y los mitos del pasado siguen vivos aquí, aunque sea solo en nuestro recuerdo.
Mary no pudo evitar que un estremecimiento le recorriera la espalda al escuchar a la anciana.
– ¿Y tú, cómo sabes todo esto? -preguntó.
– Lo sé porque todo sucedió ya una vez hace más de quinientos años, aquí, en este castillo. En otro tiempo hubo ya una joven como usted que padeció un triste destino. Era una extraña entre extraños, que fue traicionada por su familia.
– ¿Cuál era su nombre? -preguntó Mary, que enseguida pensó en sus sueños; aunque, naturalmente, aquello era una tontería, era imposible que se diera una casualidad como esa…
– Gwynneth Ruthven -dijo la anciana. El nombre golpeó a Mary como un martillazo.
– ¿Gwynneth Ruthven? -dijo levantando las cejas. ¿De modo que sí era posible?
– Pronuncia el nombre como si le resultara conocido, milady.
– Sé que debe de sonar raro -replicó Mary vacilando-, pero de hecho lo conozco. Ya me he tropezado con él, en mis sueños. -Se acercó de nuevo a la ventana y miró hacia fuera, tratando de recordar-. En el sueño vi a una joven. Tenía más o menos mi edad, y se llamaba Gwynneth. Gwynneth Ruthven. ¿No es extraño?
– Es extraño, sí -confirmó la vieja-, y al mismo tiempo no lo es. Pues los sueños, milady, son algo más que imágenes engañosas que nuestro espíritu cansado hace surgir ante nosotros. Son una mirada a lo más profundo de nuestra alma. Crean lazos que a menudo superan los límites del espacio y el tiempo.
– ¿Y eso qué significa? -Mary se volvió de nuevo hacia la misteriosa anciana y le dirigió una mirada interrogativa.
– Eso, milady, tendrá que descubrirlo por sí misma. De todos modos ya he dicho más de lo que debía. No debería estar aquí, ni tampoco debería hablar con usted. Mi tiempo hace mucho que acabó y solo he venido porque está a punto de cumplirse un antiguo, antiquísimo sino. Y usted, señora, está amenazada por un gran peligro.
– ¿Un peligro? ¿Qué sino? ¿De qué estás hablando?
– El mismo orgullo. La misma testarudez -dijo la anciana enigmáticamente-. El pasado conoce la respuesta. Búsquela, si no quiere creerme.
Dicho esto, la mujer se volvió y abandonó la habitación.
Mary no trató de detenerla. Pensó que la anciana no debía de estar muy bien de la cabeza. Había hablado de un montón de disparates que no tenían ningún sentido. Aunque, por otra parte, ¿de qué conocía el nombre de Gwynneth Ruthven? Mary no había hablado con nadie de sus sueños. ¿Tendría razón la vieja sirvienta? ¿Existía en efecto un lazo, una especie de parentesco de las almas, entre Mary y esa Gwynneth Ruthven? ¿Un lazo que había sobrevivido a los siglos?
Mary se estremeció. Sacudió enérgicamente la cabeza. Aquello era imposible. No existían esas cosas.
Pero ¿cómo se explicaba entonces que soñara con una joven que efectivamente había vivido, aunque no supiera nada en absoluto sobre su historia? Y ¿cómo era posible que la mujer de las runas del sueño fuera tan sorprendentemente parecida a la vieja sirvienta?
Mary había atribuido el primer sueño al libro de sir Walter Scott, que había estado leyendo la víspera. Pero ahora esa posibilidad ya no existía; Eleonore de Ruthven se había encargado de que no hubiera ningún libro que pudiera dar alas a la fantasía de Mary. ¿Cómo se explicaba entonces el segundo sueño? Y ¿cómo era posible que la anciana estuviera enterada de él?
Un escalofrío le recorrió la espalda. De pronto las oscuras torres y muros del castillo de Ruthven le parecieron aún más siniestros y amenazadores. ¿Eran solo imaginaciones suyas, o efectivamente estaba sucediendo algo en este lugar? Si era así, en el instante en que llegó a Ruthven se había convertido en parte de ello. De eso precisamente la había prevenido la peculiar sirvienta, cuando había hablado de un antiquísimo sino y del gran peligro que la amenazaba.
No es que a Mary la asustaran sus palabras, pero todo el asunto le parecía extraño, y la tristeza que sentía y la sorpresa por la visita de la anciana se fundieron en una vaga intuición de desgracia.
Ya era muy tarde.
La oscuridad había caído sobre el castillo de Ruthven y el frío de la noche se arrastraba por los pasadizos de la antigua construcción. Hacía rato que los señores del castillo se habían retirado a descansar a sus habitaciones; también la servidumbre se había ido a dormir.
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