Michael Peinkofer - Trece Runas

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Escocia, siglo XIX, un secreto y una oscura hermandad pueden cambiar la historia de Inglaterra.
Con la muerte en extrañas circunstancias de un ayudante del escritor Walter Scott arranca una serie de sucesos inquietantes. Pero las pesquisas que emprende sir Walter chocan repetidamente contra muros de silencio. ¿Qué esconde el inspector llegado ex profeso de Londres? ¿Qué secreto protegen desde hace siglos los monjes de la abadía de Kelso? ¿Qué presagios encierra la espada marcada con una runa a la que conducen las investigaciones de sir Walter y su sobrino Quentin?
Pronto culminará una maquinación por el poder cuyo origen se remonta a la Edad Media, una trama enraizada en oscuras tradiciones druídicas, en el antiguo enfrentamiento entre los héroes escoceses William Wallace -más conocido como Braveheart-y el rey Roberto I de Escocia, y en la lucha de dos sectas centenarias por evitar o provocar el nuevo advenimiento de la edad de la magia

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Finalmente, Quentin fue a coger un tomo que se encontraba en el estante más alto y cuyo grosor doblaba con creces el de los demás archivadores. Apenas lo tenía sujeto, cuando perdió el equilibrio y se inclinó hacia delante. Con un grito cayó de la silla a la que se había subido para alcanzarlo, y en la caída el archivador cargado de papeles se le escapó de las manos. Con un golpe sordo, los dos aterrizaron en el suelo entre una nube de polvo y un revuelo de hojas.

– ¡Quentin! -tronó sir Walter, que se había llevado un buen susto-. ¡Parece que atraes la desgracia! ¿Qué nuevo desaguisado has organizado?

– Yo… no sé -balbuceó Quentin aturullado, mientras se limpiaba el polvo de los ojos.

Cuando los abrió parpadeando, pudo comprobar el revuelo causado. Rodeado por innumerables hojas sueltas, Quentin permaneció agazapado en el suelo, como un mocoso al que han atrapado haciendo una travesura.

– Ordena todo esto -exigió sir Walter en tono severo-, ¡y ahora mismo! Recoge hasta la más pequeña hoja de papel y vuelve a colocarla donde estaba antes de que…

De pronto calló, y en un instante la indignación que se reflejaba en su rostro dio paso a una sorpresa inaudita. En pocas ocasiones había visto Quentin a su tío tan estupefacto.

– ¿Qué ocurre? -preguntó el joven, indeciso-. ¿He vuelto a hacer algo mal?

En lugar de responder, sir Walter se inclinó y levantó un escrito que había caído justo ante sus pies. Incrédulo, lo miró antes de mostrárselo a su sobrino.

– ¡Eureka! -gritó Quentin.

Era el signo de la runa de la espada.

El símbolo no era reconocible a primera vista. El calígrafo lo había incorporado a los ornamentos que adornaban el borde de la hoja. Solo cuando se giraba la página destacaba el trazo vertical con el arco que lo cruzaba.

– Esto no puede ser casual -dijo sir Walter, entusiasmado-. Coge la lámpara, muchacho, y tráela a la mesa. Y perdona que haya dicho que atraías la desgracia. Si esta es la información que buscamos, en el futuro podrás decir con toda razón que eres un hombre de suerte.

Quentin se incorporó de nuevo e hizo lo que le ordenaban. A la luz blanquecina de la lámpara, los dos hombres empezaron a leer.

Los signos del fragmento no eran fáciles de descifrar. Habían sido trazados con una caligrafía minúscula que, al menos a Quentin, le planteó algunos problemas. Sir Walter iba siguiendo cada signo con el dedo, mientras murmuraba en voz baja.

– Aquí hay algo -constató al cabo de un rato-. En el escrito se habla de «secreta fraternitatis».

– Del secreto de una hermandad -tradujo Quentin, y sintió cómo se le erizaba el pelo en la nuca.

– Sí -dijo sir Walter-, y un poco más abajo se describe con más detalle a esta hermandad. «Fraternitas signorum vetatorum», dice aquí: «la hermandad de los signos prohibidos».

– Los signos prohibidos podrían hacer referencia a las runas -opinó Quentin-. Esto significaría que en el escrito se trata de la Hermandad de las Runas.

– Eso parece, muchacho. Aquí abajo hay otros indicios que lo confirman. Por lo que puedo entender, aquí se habla de algo relacionado con encuentros secretos en noches de luna llena y de la invocación de espíritus oscuros y demonios «ex aetatibus obscuris».

– De las edades oscuras -dijo Quentin estremeciéndose.

– Es evidente que el redactor de este escrito conocía de cerca la hermandad y sus costumbres. Aquí menciona incluso dónde solían celebrar sus encuentros: «in circulo saxorum».

– En el círculo de piedras -tradujo Quentin.

– Con esto se hace referencia, sin duda, a las agrupaciones de menhires que se han conservado de épocas precristianas -explicó sir Walter-. Los eruditos siguen discutiendo sobre la función que debían de desempeñar en otros tiempos. Tal vez este fragmento encierre una respuesta a ello. Porque si el redactor de este escrito tiene razón, uno de estos círculos de piedras era el lugar de reunión de los sectarios. Allí se encontraban «ad artes obscuras et interdictas».

– Para artes oscuras y prohibidas -dijo Quentin con una voz que podía competir con la del viejo Max el Fantasma-. Y así ocurre todavía hoy -añadió con un estremecimiento.

– Espero que no creas realmente en ello, mi querido sobrino -dijo sir Walter ligeramente enojado-. Aunque en realidad no puedo discutírtelo… Hay muchos indicios de que los rebeldes que actuaron en Kelso y en Abbotsford se remiten a esta antigua charlatanería para inspirar miedo y aterrorizar a los espíritus simples. Pero supongo que no creerás que esta gente efectivamente adora ídolos y cree en antiguos hechizos rúnicos.

– El profesor Gainswick parece estar convencido de ello.

– Con todo el respeto que siento por mi antiguo maestro, debo decir que, tras pasar años ocupándose de libros y antiguos escritos, el profesor Gainswick se ha vuelto un poco excéntrico.

– ¿Y qué me dices del abad Andrew? ¿No afirmabas tú mismo, tío, que el abad callaba algo? Él nos advirtió expresamente del peligro que se oculta tras la runa de la espada. Posiblemente sabía algo de esto.

– Una sospecha fundada -reconoció sir Walter-, que transmitiremos al abad Andrew personalmente tan pronto como podamos.

– ¿Quieres volver a Kelso?

– Nuestro objetivo era encontrar en la biblioteca algún elemento en que apoyarnos, y sin duda lo hemos encontrado. Si permitimos ver este escrito al abad Andrew, tal vez se muestre un poco más generoso con nosotros en lo que hace a sus conocimientos sobre antiguos secretos. Transcribe esta página, muchacho, sin omitir nada; entretanto yo miraré si hay otros escritos que formen parte de este fragmento.

– Algo me dice que no será así -opinó Quentin.

– ¿Por qué no?

– En fin… Si este libro hubiera contenido efectivamente más informaciones sobre la hermandad prohibida, seguro que hace tiempo que habría sido destruido. O se habría perdido en las turbulencias de la Edad Media. O… -De pronto se interrumpió y su nariz se puso extrañamente pálida-. Tío -susurró en tono conspirativo-, posiblemente con esto es con lo que tropezó Jonathan en el archivo de Kelso. Tal vez el signo que encontré fuera una especie de marca. Una indicación oculta para señalar que en el estante había otro fragmento. Y el pobre Jonathan tropezó con él por casualidad; ya sabes cómo le gustaba hundir la nariz en antiguos escritos.

– No me parece muy plausible. -Sir Walter sacudió la cabeza-. ¿Por qué debería nadie esconder fragmentos de este volumen en Kelso?

– En Kelso almacenaban libros que habían podido rescatarse de Dryburgh, ¿no es cierto? Y en otro tiempo el monasterio de Dryburgh fue uno de los grandes centros de conocimiento de esta tierra, con una biblioteca tan famosa como la Biblioteca Real de Edimburgo.

– No sé adónde quieres ir a parar.

– ¿Y si las páginas del libro se hubieran repartido deliberadamente por diversas bibliotecas? ¿Y si la Hermandad de las Runas hubiera querido ocultarlas de este modo a los severos ojos de los censores conventuales? En este caso, en el curso de los siglos el conocimiento de la pervivencia de los fragmentos podría haberse perdido; hasta que infortunadamente el pobre Jonathan tropezó con uno de ellos.

– Tu historia suena tan descabellada que casi podría ser cierta, muchacho -reconoció sir Walter-. Sin embargo, hasta ahora no tenemos la menor prueba de que sea así. Seguiremos buscando y veremos si encontramos algo que pueda corroborar tu teoría.

– ¿Y qué me dices de este círculo de piedras del que se habla en el texto? -El brillo en los ojos de Quentin revelaba que la fiebre de la caza también se había apoderado ahora de él y era más fuerte que su miedo y su prudencia-. ¿No podríamos tratar de localizarlo?

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