– ¿Qué es esto? -preguntó a su marido.
– Diría, amor mío -replicó sir Walter con una sonrisa de inteligencia-, que es una invitación. Alguien parece estar muy interesado en que Quentin y yo continuemos con nuestras investigaciones. Y creo que le haremos este favor…
De nuevo habían acudido a reunirse junto al círculo de piedras, donde sus antepasados se habían congregado ya hacía miles de años, para invocar a los poderes oscuros.
Los hombres con capas oscuras y máscaras ennegrecidas con hollín miraban fijamente a su jefe, que, como siempre, se había adelantado hasta el centro del círculo. Su capa blanca brillaba pálidamente a la luz de la luna.
– Hermanos -exclamó con voz potente para que todos pudieran oírle-, de nuevo nos hemos congregado. El gran acontecimiento ya está próximo. La noche en que las profecías se harán realidad y los viejos juramentos encontrarán cumplimiento está muy cerca. Y hay novedades, hermanos. El augurio de las runas se está cumpliendo. ¡Los que creen luchar contra nosotros trabajan, en realidad, en nuestro beneficio! Su curiosidad es tan grande como su deseo de aniquilarnos; pero todo lo que hacen únicamente contribuirá a que consigamos lo que nos fue prometido hace muchos cientos de años y que ahora, después de tanto tiempo, finalmente tomaremos.
Los sectarios asintieron y expresaron su acuerdo con murmullos; el siniestro coro flotó fantasmalmente sobre el círculo de piedras para desvanecerse luego en la oscuridad de la noche.
– Pero no solo hay buenas noticias, hermanos. No quiero ocultaros que un nuevo peligro ha surgido. Un antiguo, antiquísimo enemigo, ha empezado a agitarse. Nuestros predecesores creyeron haberlo vencido hace mucho tiempo, pero solo dormía. A través de los milenios nos ha observado y ha esperado a que nos mostráramos. Parece, amigos míos, que en estos días no solo nuestro destino llegará a su cumplimiento. También el combate contra aquellos que defienden el nuevo orden deberá finalizar. El combate entre su fe y la nuestra llegará a su conclusión, hermanos. Pondremos fin a este conflicto y cosecharemos los frutos de la victoria. ¡Como en tiempos antiguos, las runas reinarán de nuevo!
– Las runas reinarán -replicaron los sectarios al unísono; su jefe pudo sentir casi físicamente aquella agresividad que le llegaba de todas direcciones.
Él era un maestro en manipular y dirigir a la gente. Sabía muy bien cómo podía jugar con los sentimientos de las personas, conocía las palabras de estímulo con las que se dejaban guiar y que les hacían olvidar cualquier pregunta.
Deliberadamente calló que la búsqueda del instrumento no había conducido aún a ningún resultado concreto. Era mucho más importante odiar al enemigo común. Pues el odio, hacía tiempo que lo había comprendido, era capaz de unir a un grupo con más fuerza que cualquier lazo de hierro.
Odio al nuevo orden.
Odio a los que lo representaban.
Odio a una época decadente y corrupta que reclamaba a gritos una renovación. La renovación que la Hermandad de las Runas traería consigo.
La llave encajaba.
Las mejillas de sir Walter estaban tan ruborizadas como las de un escolar que roba manzanas en el jardín del vecino. El cerrojo emitió un chasquido y el candado se abrió. Siguió un sonoro matraqueo cuando Quentin tiró de la herrumbrosa cadena y la dejó caer al suelo. El acceso a la cámara prohibida estaba libre.
Naturalmente ni sir Walter ni su sobrino habían malgastado una sola palabra para referirse el memorable regalo con que les habían obsequiado la víspera. Se habían limitado a decir al bibliotecario que querían volver a echar una ojeada a la colección de fragmentos. Una vez en la bóveda, se habían puesto enseguida a la tarea de abrir la puerta prohibida.
Con un gemido metálico, la puerta giró hacia delante, y el resplandor de la lámpara cayó sobre las estanterías que ocupaban las paredes de la cámara. Todas estaban llenas hasta el borde de rollos de escritura y carpetas de cuero con documentos y escritos fragmentarios. Y en algún lugar entre ellos -sir Walter estaba seguro-, encontrarían indicios sobre la hermandad secreta.
– Seguro que el profesor Gainswick daría cualquier cosa por estar ahora con nosotros -comentó Quentin cuando entraron en la cámara.
– Sin duda -le dio la razón sir Walter-. Posiblemente hallaremos algún escrito que podamos presentarle para que lo examine. Manos a la obra, muchacho. Tú te ocupas de la estantería del lado derecho, y yo me dedicaré al lado izquierdo.
– De acuerdo, tío. ¿Y qué buscamos exactamente?
– Cualquier cosa que tenga que ver con el tema de nuestra investigación, aunque sea solo aproximadamente. Si caen en tus manos escritos sobre costumbres paganas, runas o hermandades secretas, habrás encontrado lo que buscamos.
Quentin se encogió de hombros, y se puso enseguida al trabajo. Su sentido de la prudencia y su curiosidad se encontraban ahora equilibrados. El primer archivador que cogió estaba cubierto de gruesas telarañas. Se levantó una nube de polvo, que le hizo toser, pero al final colocó el volumen abierto sobre la mesa, y se dispuso a estudiarlo. La cubierta de cuero contenía un gran número de escritos, la mayoría en papel viejo e hinchado. La tinta estaba corrida en muchos lugares, de modo que tuvo algunos problemas para leerlos. La lectura de los pergaminos era mucho más fácil; pero en la mayoría de los casos Quentin se vio obligado a recurrir a sus conocimientos de latín y griego para arrancar un sentido a esos signos que se alineaban los unos junto a los otros sin un final aparente.
La mayoría de los documentos eran escrituras de transmisión de propiedades, que incluían derechos de feudo u otras cargas sucesorias ligadas a ellas. El motivo de que los tuvieran cerrados bajo llave, pensó Quentin, no debía de residir tanto en que el material fuera delicado como en el interés en hacerlos desaparecer para que no pudieran reclamarse derechos retroactivos.
Quentin cerró el archivador y pasó a ocuparse de la siguiente carpeta. Los documentos que contenía estaban casi exclusivamente escritos en pergamino e incluían sellos con dataciones que se remontaban hasta la época paleocristiana. Al pensar en la antigüedad de aquellos escritos, el sobrino de sir Walter sintió un enorme de respeto por aquel testimonio de un pasado remoto. Hacía cientos de años, monjes y escribanos de la corte los habían redactado, sin duda sin pensar que alguna vez serían leídos en un futuro lejano. Progresivamente, Quentin iba comprendiendo a qué se refería su tío cuando hablaba de la historia viva y de aprender de los hechos y los errores de las generaciones pasadas.
A continuación, Quentin tropezó con algunos palimpsestos, pergaminos en los que ya se había escrito y que posteriormente se reutilizaban por razones de ahorro. Bastante a menudo, sin embargo, esta operación se había hecho de forma poco cuidadosa, de manera que en algunos lugares todavía podía verse lo que se había inscrito antes.
Al principio, Quentin encontró apasionante descubrir, en una labor detectivesca, lo que había querido ocultarse a la posteridad; pero finalmente se dio cuenta de que los escritores del pasado sin duda habían tenido sus razones para eliminar la primera escritura de los pergaminos. Se trataba en general de contenidos mortalmente aburridos: anotaciones, apuntes y documentos que habían perdido su interés hacía tiempo y que no tenían nada que ver con lo que sir Walter y su sobrino buscaban.
Así transcurrieron unas horas.
A la luz de dos linternas de petróleo, que tuvieron que rellenar varias veces, sir Walter y su sobrino estudiaron un sinfín de escritos; inspeccionaron documentos y leyeron fragmentos de libros inacabados o que solo se habían transmitido parcialmente. Así dieron con un libro con detallados dibujos del cuerpo humano, y también con hojas que contenían poemas amorosos de Catulo, Ovidio y otros poetas del clasicismo romano; un rico fondo de escritos cuya sola existencia habría bastado para escandalizar a los guardianes de las buenas costumbres. Sin embargo, lo que realmente habían ido a buscar no aparecía por ningún lado.
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