Sir Walter trató de hacerle cambiar de opinión, pero después de algunos intentos infructuosos tuvo que darse por vencido -podía decirse que Scott había encontrado la horma de su zapato en la obstinación del encargado-. Finalmente, el hombre les recomendó que presentaran una solicitud oficial a la Oficina Real para la Investigación y la Ciencia, aunque su tramitación duraría semanas, si no meses, y tenía pocas posibilidades de éxito.
El encargado tampoco pudo proporcionarles ninguna información sobre los hombres que habían tratado también de acceder a la cámara.
Hacía unas seis semanas, dijo, dos hombres, cuya actitud y apariencia describió como «siniestras», habían tratado de conseguir la llave, pero naturalmente también a ellos había tenido que negarles la entrada. Como no habían dado ningún nombre y el encargado tampoco podía recordar su aspecto, a sir Walter le pareció que no tenía sentido seguir indagando.
Él y su sobrino emprendieron a continuación el camino de regreso a casa. Naturalmente habrían podido seguir registrando la colección de fragmentos con la esperanza de tropezar con el hallazgo del profesor Gainswick, pero esa actuación no les parecía ya tan prometedora ahora que sabían dónde se encontraban realmente los auténticos indicios que podían conducir al esclarecimiento del misterioso caso.
– Esperar un permiso oficial para abrir la cámara llevaría demasiado tiempo -constató sir Walter cuando se encontraron de nuevo sentados en el carruaje-. Lo mejor será que redacte una carta al ministro de Justicia. Como secretario del Tribunal de Justicia tengo derecho a ordenar registros si estos pueden contribuir a la resolución de un caso.
– Dime, tío, ¿por qué crees que el encargado no ha querido ayudarnos?-preguntó Quentin.
Sir Walter miró fijamente a su sobrino.
– No deberías olvidar que en nuestra familia soy yo quien plantea las preguntas pedantes -replicó sonriendo-. Conoces la respuesta; si no, no lo preguntarías.
– Pienso que el hombre tenía miedo. Y creo que el motivo debe buscarse en los hombres que le visitaron.
– Es posible.
– Si esos hombres pertenecían efectivamente a la Hermandad de las Runas, esto demostraría que el profesor Gainswick tenía razón al decir que aún existe esta secta y que sus partidarios siguen haciendo de las suyas en la actualidad.
– No -le contradijo sir Walter-. En principio solo demuestra que alguien se interesa por las mismas cosas que nosotros. Y que no habría debido llevarte a ver a Gainswick. Debes saber que el profesor es un hombre dotado de una gran fantasía.
– Pero no decías tú mismo antes que los hermanos de las runas…
– Tenemos que habérnoslas con unos lunáticos -le interrumpió sir Walter-, con unos fanáticos políticos que utilizan las antiguas supersticiones para camuflarse y asustar a espíritus débiles como el encargado. Pero me niego a creer que esos hermanos de las runas o como quieran llamarse estén aliados con fuerzas sobrenaturales. Los crímenes que han cometido ya son, en sí mismos, bastante espantosos: son culpables de asesinato, incendio y desórdenes públicos, lo que no les diferencia ni un ápice de los criminales corrientes. Me niego a creer en elementos sobrenaturales cuando pueden encontrarse explicaciones plausibles. Estos sectarios son individuos fuera de la ley que utilizan un viejo mito para rodearse de un aura siniestra. Eso es todo.
– ¿De modo que el inspector Dellard posiblemente tenía razón?
– Al menos parece que sus teorías no eran del todo erróneas. Sin embargo, en un aspecto se ha equivocado por completo.
– ¿En cuál?
– Nos ha enviado a Edimburgo para que esos sectarios nos dejen en paz, pero parece que esos individuos cometen sus fechorías aquí igual que lo hacían en Galashiels. Y eso es algo que efectivamente me inquieta, muchacho. Por eso quiero contribuir a que esa gente sea capturada lo más pronto posible y se les inflija el castigo que merecen antes de que puedan causar más daño.
Quentin pudo notar cómo el rostro de su tío se ensombrecía.
– Piensas en la visita del rey, ¿verdad? -preguntó con cautela.
Sir Walter no respondió; pero en las mandíbulas apretadas y los rasgos tensos de su tío, Quentin pudo reconocer que había dado en el clavo.
También sir Walter abrigaba temores en relación con aquel caso, aunque no por los mismos motivos que su sobrino. Mientras que a él le preocupaba exclusivamente el trasfondo político del asunto, a Quentin le angustiaban las circunstancias que lo rodeaban. Además, el joven no conseguía deshacerse de la sensación de que todo aquello les iba grande, y ni siquiera el recuerdo de Mary de Egton podía infundirle ánimo. No es que no confiara plenamente en su tío, pero sus esperanzas de resolver el caso por su cuenta no le merecían mucho crédito. ¿Cómo iban a poder solucionar el enigma de la Hermandad de las Runas con las pocas informaciones de que disponían? Además, al parecer los sectarios ya se encontraban en la ciudad, de modo que proseguir con la investigación no solo era poco prometedor, sino también extremadamente peligroso.
Esta vez Quentin se guardó sus pensamientos para sí; había prometido a su tío que le ayudaría en sus investigaciones, y nunca le dejaría en la estacada. Sin embargo, ahora sus esperanzas se centraban más bien en Charles Dellard, el inspector real.
Tal vez entretanto hubiera realizado algún progreso…
Honorables señores:
Desde hace ya algunas semanas estoy ocupándome del asunto ya conocido por ustedes, y están acostumbrados a recibir al principio de cada semana un despacho en el que les informo del actual estado de las investigaciones.
Por desgracia, también en esta ocasión debo poner en su conocimiento que las indagaciones sobre los rebeldes que han causado disturbios en Galashiels y en otros distritos siguen avanzando con dificultad. En todo lo que mis hombres y yo emprendemos, parece como si tropezáramos con un muro de silencio, y por desgracia no puedo excluir el presentimiento de que gran parte de la población simpatiza con los rebeldes.
Por eso me he tomado la libertad de realizar, con mis dragones, registros en los pueblos de los alrededores que eran sospechosos de dar cobijo a los rebeldes. Lamentablemente, en estas actuaciones pude constatar que la población no coopera en absoluto, de modo que tuve que dar algunos castigos ejemplares. Aunque de este modo he conseguido mantener el orden en el distrito, no por ello estamos más cerca de resolver el caso, y me temo que, teniendo en cuenta las circunstancias, se requerirán nuevas investigaciones para esclarecer definitivamente el enigma que envuelve a estos rebeldes. Sin embargo, quiero asegurarles, por mi honor como oficial de la Corona, que seguiré haciendo todo lo que esté en mi mano para capturar a los malhechores.
Con todos mis respetos,
CHARLES DELLARD
Inspector real
Charles Dellard echó de nuevo una rápida ojeada al escrito y sopló sobre su firma para que la tinta se secara más deprisa. Luego dobló el papel, lo introdujo en un sobre y lo selló. A continuación llamó a un mensajero que ya esperaba ante la puerta de su despacho.
– ¿Sir?
El joven, que llevaba la chaqueta roja de los dragones, se cuadró ante él.
– Cabo, esta nota debe llegar a Londres por el camino más rápido -dijo Dellard, entregándole la carta-. Deseo que la entregue personalmente, ¿me ha comprendido?
– Sí, señor -respondió el suboficial.
El mensajero giró sobre sus talones y abandonó el despacho.
Dellard oyó resonar sus pasos y no pudo contener una sonrisa irónica.
Eran tan fáciles de contentar esos cabezas huecas de Londres… Un despacho ocasional en el que daba algunas informaciones generales sobre el desarrollo de las investigaciones bastaba para que no plantearan preguntas superfluas. Mientras tanto podía hacer lo que le placía en el condado. Desde que ese maldito Scott y su temeroso pero no menos curioso sobrino habían desaparecido de Galashiels, Dellard tenía las manos libres, libres para desarrollar sus propios planes y hacer aquello para lo que realmente había venido.
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