– … o bien -continuó sir Walter su reflexión- por alguna razón es necesario que sigamos con vida. Posiblemente los sectarios planean algo, y tal vez nosotros representemos, sin saberlo, un papel en este plan.
– ¿Tú crees? -preguntó Quentin. Esta suposición tal vez podía ser acertada en el caso de su tío, pero, en el suyo seguro que no. Al fin y al cabo, solo hacía unos minutos que uno de los sectarios había intentado que los sin nombre le asesinaran…
– Es una posibilidad -dijo sir Walter convencido-. Y en este caso deberíamos preguntarnos por la razón. ¿Qué pretenden los sectarios? ¿Son realmente solo rebeldes y agitadores, como el inspector Dellard quiere hacernos creer? ¿O se oculta algo más tras este asunto? ¿No perseguirán un plan de mayor envergadura en el que esto desempeña un papel? -Y señaló el dibujo que su sobrino todavía tenía en la mano.
– ¿Te refieres a la espada? -preguntó Quentin.
– Exacto. Al parecer, el profesor Gainswick descubrió que hay una relación entre la runa de la espada y esta famosa arma.
– ¿Famosa arma? -Quentin observó el dibujo levantando las cejas-. ¿Quieres decir que esta espada existe de verdad?
– Naturalmente, muchacho. O al menos existía. Aunque desde hace siglos nadie ha vuelto a verla. Es la espada real, Quentin. La hoja con la que Robert Bruce alcanzó la victoria sobre los ingleses en Bannockburn.
– ¿Robert Bruce? ¿Bannockburn?
Quentin abrió mucho los ojos. Naturalmente conocía las historias del rey Robert, que había unido a Escocía y la había defendido con éxito contra los invasores ingleses, pero nunca había oído nada sobre una espada real.
– No te aflijas, muchacho, solo unos pocos han oído hablar de ello -le consoló sir Walter-. La espada de Bruce apenas se menciona en los antiguos tratados, y por una buena razón, pues la tradición afirma que sobre ella pesaba una maldición.
– ¿Una maldición? -Los ojos de Quentin se abrieron aún más.
Sir Walter sonrió.
– Ya sabes que no creo en este tipo de cosas, pero la tradición dice que esta espada perteneció en un tiempo a William Wallace. La llevó en la batalla de Stirling, en la que por primera vez infligió una severa derrota a los ingleses. Pero como sabes, la fortuna no le fue propicia durante mucho tiempo. Después de la derrota de Falkirk, el hombre conocido como Braveheart fue traicionado por miembros de la alta nobleza escocesa y hecho prisionero por los ingleses. Lo llevaron a Londres, donde lo procesaron y lo ejecutaron públicamente. Su espada, sin embargo, según afirma la tradición, permaneció en Escocia y llegó a posesión de Bruce, que conquistó con ella la libertad de nuestro pueblo.
– Efectivamente nunca había oído hablar de esta historia -reconoció Quentin-. ¿Y qué ocurrió luego con la espada?
– Se dice que se perdió. Las fuentes históricas ni siquiera la mencionan. Pero la tradición afirma tozudamente que la espada de Bruce sigue existiendo y está guardada en un lugar secreto. Ha estado perdida durante siglos, y según dicen, solo de vez en cuando aparece para volver a desaparecer a continuación en la niebla de la historia.
Quentin asintió con la cabeza. Como siempre que oía hablar de esas cosas, sintió que el pelo se le erizaba en la nuca y un escalofrío le recorrió la espalda. Sin embargo, en los últimos tiempos había madurado lo bastante para seguir haciendo trabajar su razón.
– Hay una cosa que no entiendo, tío -objetó-. Si hace tanto tiempo que no se ha visto esta espada, ¿cómo puedes estar tan seguro de que el dibujo representa precisamente esa arma?
– Muy sencillo, muchacho: porque los contemporáneos del rey Robert fijaron su imagen para la posteridad. Se encuentra representada en la losa funeraria del sarcófago de Robert, en la abadía de Dunfermline. La representación muestra una espada con un pomo que tiene la forma de un león, exactamente igual que en el dibujo del profesor Gainswick.
– ¿Y la runa de la espada también aparece? -preguntó Quentin.
Sir Walter se encogió de hombros.
– No estoy seguro. Desde que hace cuatro años se descubrió la tumba del rey Robert he ido muy a menudo a Dunfermline, y nunca me llamó la atención esa runa de la espada. Pero tal vez fue porque no me fijé. Muchas cosas solo nos llaman la atención cuando hemos desarrollado una conciencia con respecto a ellas.
– Parece que al profesor Gainswick sí que le llamó la atención. La runa puede verse claramente en el dibujo.
– Cierto. Y me pregunto de dónde sacó el profesor este dato. Por lo que sé, no estuvo en la abadía en los últimos días para poder realizar investigaciones sobre el terreno.
– Tal vez lo sacara de un libro -observó Quentin, y señaló los estantes llenos a reventar de gruesos volúmenes encuadernados en cuero.
– También podría ser. Pero en lugar de orientarnos de nuevo hacia la árida teoría, propondría que investigáramos en el lugar de los hechos.
– ¿Te refieres a Dunfermline?
– Allí nos conduce el rastro, muchacho, tanto el del signo de la runa como el de los asesinos. Durante todo este tiempo hemos estado buscando una relación plausible entre ambas cosas, y tenemos muchos motivos para creer que esta conexión es la espada real. Probablemente eso fue lo que descubrió el profesor poco antes de morir.
– Pero en su último suspiro no mencionó la abadía, sino Abbotsford- señaló Quentin.
– Abbotsford y el rey Bruce -dijo asintiendo sir Walter-. No lo he olvidado. Pero también recuerdo que hablé al profesor del entablado que se encuentra en el vestíbulo de mi casa. En él descubrimos igualmente la runa de la espada, y el entablado procede de la abadía de Dunfermline. Aquí se cierra el círculo.
– Pero ¿no decías que la runa del entablado era el emblema de un artesano?
– Probablemente me equivoqué en eso, muchacho -confesó sir Walter con voz apagada-. En cualquier caso, no podremos solucionar el enigma del asesinato del profesor Gainswick ni aquí ni en Abbotsford, sino solo en el lugar de donde parece proceder el signo rúnico.
– En Dunfermline -dijo Quentin. Pero un instante después ya no estaban solos.
Se oyeron pasos en el corredor, y acto seguido apareció en el umbral un hombre con el uniforme oscuro de los agentes. Junto a él se encontraban varios ayudantes de la policía local, que inspeccionaron la casa y el patio trasero, mientras el agente examinaba personalmente el lugar de los hechos.
Como secretario del Tribunal de Justicia, sir Walter estaba por encima de toda sospecha, de manera que el agente renunció a incluirle, con Quentin, en la lista de posibles implicados. Ambos declararon simplemente lo que habían visto y vivido, y entonces Quentin describió también, para desconcierto de sir Walter, su siniestro encuentro en el oscuro patio interior; aunque naturalmente no pudo describir al asesino del profesor Gainswick, ya que el hombre iba enmascarado. De todos modos, el agente le hizo muchas preguntas, anotó todo lo que podía recordar, y finalmente despidió a Quentin y a su tío, tras recomendarles que volvieran a casa.
Por el camino apenas dijeron palabra. Los dos estaban demasiado ocupados en asimilar los acontecimientos que habían vivido.
No era solo que sir Walter hubiera perdido a un buen amigo, sino que ese amigo se había convertido en la siguiente víctima de los sectarios, y este hecho parecía atormentar aún más al tío de Quentin. Aunque Quentin podía leer en los rasgos de sir Walter una furiosa determinación, por primera vez esta iba acompañada también por un matiz de desesperación. Aún no habían conseguido desvelar el secreto del signo rúnico, y cuanto más tardaran en hacerlo, más personas parecía que podrían morir por ello.
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