– Yo no soy… había algo en mí que murió.
– Quieres…
– Me encontraron y me salvé, pero también estaba muerto. Murió algo dentro de mí. Algo que tenía antes. No sé exactamente lo que era. Mi hermano murió y creo que algo murió también en mí. Siempre pensé que era responsabilidad mía cuidarlo, y que le fallé. Así me he sentido siempre, desde entonces. He tenido sentimiento de culpa porque fui yo, y no él, quien sobrevivió. Desde entonces evité responsabilizarme de nadie. Y aunque no puedo afirmar que a mí me abandonaran, como hice yo con Sindri y contigo, era como si yo ya no tuviera ninguna importancia. No sé si es cierto, y nunca podré saberlo, pero es lo que empecé a sentir cuando me bajaron del páramo, y es lo que he sentido desde entonces.
– ¿Durante todos estos años?
– El tiempo no cuenta para los sentimientos.
– ¿Porque fuiste tú y no él quien sobrevivió?
– En lugar de intentar construir algo a partir de esa destrucción, como creo que intenté al conocer a vuestra madre, me enterré más y más profundamente en ella, porque es más cómodo, y porque uno se siente como protegido ahí dentro. Como cuando tú te drogas. Es más cómodo. Es tu refugio. Y como sabes, aunque uno se dé cuenta de que está dañando a otros, uno mismo es lo más importante. Por eso sigues drogándote. Por eso me entierro una y otra vez en la nieve del páramo.
Eva Lind miró fijamente a su padre, y aunque no comprendía plenamente lo que le decía, sí pudo entender que estaba intentando explicarle, con el corazón en la mano, algo que había sido siempre un misterio para ella y que un día la impulsó a buscarlo. Comprendía que había llegado a un lugar que nadie había alcanzado nunca, ni siquiera él mismo, salvo para asegurarse de que todo siguiera oculto.
– ¿Y esa mujer? ¿Qué tiene que ver con todo esto?
Erlendur se encogió de hombros, como si volviera a cerrar la puerta que se había abierto en él.
– No lo sé -dijo.
Los dos callaron un buen rato hasta que Eva Lind dijo que tenía que marcharse y salió al pasillo. No parecía muy segura de qué dirección debía seguir y escrutó la oscuridad del extremo del pasillo; de pronto Erlendur se dio cuenta de que se había puesto a olisquear como un perro.
– ¿Notas el olor? -dijo ella, levantando la nariz al aire.
– ¿Qué olor? -dijo sin comprender nada.
– Un olor como a hachís -dijo Eva.
– ¿Olor a hachís? -dijo Erlendur-. ¿De qué estás hablando?
– Hachís -dijo Eva Lind-. Estoy hablando de hachís. ¿Me estás diciendo que nunca has olido el hachís?
– ¿El hachís?
– ¿No notas el olor?
Erlendur avanzó por el pasillo y empezó también a olisquear el aire.
– ¿Eso es hachís? -dijo.
– Yo debería saberlo, creo -dijo Eva Lind mientras seguía olisqueando.
– Alguien ha estado fumando hachís aquí, y no hace mucho tiempo -añadió.
Erlendur sabía que habían iluminado el final del pasillo cuando estuvieron investigando el escenario del crimen, pero no estaba seguro de que lo hubiera registrado a fondo.
Miró a Eva Lind.
– ¿Hachís?
– El mismo olor -dijo ella.
Volvió a entrar en la habitación, cogió una silla y la puso debajo de una de las bombillas del pasillo que funcionaban, y la desenroscó. La bombilla quemaba, así que tuvo que usar la manga de la chaqueta para sacarla. Encontró una bombilla estropeada en la zona oscura del final del pasillo y la cambió. De pronto, la oscuridad se iluminó y Erlendur saltó de la silla.
Al principio no vieron nada que les llamara la atención, pero luego Eva Lind señaló a su padre lo cuidadosamente limpio que parecía aquel rincón en comparación con el resto del pasillo. Erlendur asintió. Era como si alguien se hubiera dedicado a limpiar hasta la más mínima mancha del suelo, e incluso hubiera fregado las paredes.
Erlendur se puso en cuclillas y examinó el suelo con detenimiento. Los tubos del agua caliente pasaban junto a la pared cerca del suelo, y se puso a cuatro patas para mirar bajo los tubos y entre ellos.
Eva Lind lo vio detenerse y pasar la mano bajo los tubos para coger algo que le había llamado la atención. Se puso en pie, se acercó a ella y le enseñó lo que había encontrado.
– Al principio creí que era una gran caca de rata -dijo sosteniendo un pequeño objeto marrón entre los dedos.
– ¿Qué es? -preguntó Eva Lind.
– Es una bolsita -dijo Erlendur.
– ¿Una bolsita?
– Sí, con tabaco de mascar, del que se pone por debajo del labio. Alguien ha tirado o escupido su tabaco en el pasillo.
– ¿Quién? ¿Quién ha estado en el pasillo?
Erlendur miró a Eva Lind.
– Alguien que es más puta que yo -dijo.
Le informaron de que Ösp estaba trabajando en la planta de encima de su habitación y subió por la escalera después de tomar café y pan con mantequilla en el bufé del desayuno.
Se puso en contacto con Sigurdur Óli para que averiguara cierta información que necesitaba y llamó a Elínborg para saber si se había acordado de hablar con la mujer con la que Stefanía dijo haber tenido una cita en el hotel el día que la grabaron con las cámaras de vigilancia. Elínborg no estaba en su casa y no contestó al móvil.
Erlendur se había pasado la noche despierto, metido en la cama, en total oscuridad. Cuando por fin se levantó, miró por la ventana del hotel. Este año sí que habría navidades blancas. Se había puesto a nevar en serio. Lo vio a la luz del alumbrado de la calle. La nieve, al caer, entraba en los conos de luz de las farolas y formaba una especie de telón muy apropiado para la víspera de Navidad.
Eva Lind se despidió en el pasillo del sótano. Iría a verlo a su casa esa misma noche, Nochebuena. Pensaban cocinar tasajo ahumado, y al despertar, Erlendur se puso a pensar en qué podría ofrecerle como regalo de Navidad. Siempre le había regalado chucherías sin importancia cuando iba a pasar las navidades a su casa, y ella le regalaba calcetines, que confesaba haber robado, y en una ocasión unos guantes, que dijo haber comprado, y que él no tardó mucho tiempo en perder. Ella nunca le preguntó por ellos. Quizá lo que más le gustaba de su hija era que nunca preguntaba nada que no fuera realmente importante.
Sigurdur Óli le devolvió la llamada con las informaciones solicitadas. No eran gran cosa, pero sí suficiente. Erlendur no sabía exactamente lo que estaba buscando, pero le pareció conveniente verificar su hipótesis.
Miró cómo trabajaba, igual que hizo la otra vez, hasta que ella se percató de su presencia. No le dio la impresión de que se sobresaltara lo más mínimo al verlo.
– ¿Ya estás levantado? -dijo la muchacha, como si fuera el huésped más dormilón de todo el hotel.
– No podía dormir -dijo Erlendur-. En realidad me pasé toda la noche pensando en ti.
– ¿En mí? -dijo Ösp, metiendo un montón de toallas en el cesto de ropa sucia-. Espero que no fueran guarrerías. Ya he cubierto mi cupo de guarrerías en este hotel.
– No -dijo Erlendur-. Nada de guarrerías.
– El Gordo me preguntó si te había estado metiendo gilipolleces en la cabeza. Y el cocinero me gritó como si estuviera robando de su bufé. Saben que hemos hablado tú y yo.
– De una forma u otra, en este hotel todo el mundo lo sabe todo sobre todo el mundo -dijo Erlendur-. Pero luego, en realidad, nadie dice nada sobre nadie. Es muy difícil tratar con gente así. Como tú, por ejemplo.
– ¿Como yo? -Ösp entró en la habitación que estaba arreglando y Erlendur la acompañó como la vez anterior.
– Tú le dices a uno todo lo que sabes y uno se cree hasta la última palabra porque pareces sincera y parece que dices la verdad, pero luego resulta que solo has contado una pequeña parte de lo que sabes, lo que también es una forma de mentira. Muy seria, sobre todo para nosotros. Para los maderos. Ese tipo de mentira. ¿Sabes de lo que te estoy hablando?
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